La mujer actual

Rolando Hanglin
Rolando Hanglin PARA LA NACION
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8 de diciembre de 2009  • 02:35

Cierta mujer actual tiene algo muy feo en el alma, que guarda relación con el dinero.

Digamos que esta mujer actual figura en el DNI como María Angélica, pero ya dejó atrás los juegos con la Marilú y la Mariquita Pérez, ahora devenidas Barbie. Ya no espera anhelante el sonido de la campanilla del teléfono para escuchar la voz de su príncipe azul. Ya no baila el rock and roll de Bill Haley y sus Cometas tomándose del picaporte. Ahora es otra persona, y la llaman... Angie.

Trataré de delinear el perfil de Angie.

No le interesa ser abnegada, fiel, generosa, protectora, maternal, solidaria, consecuente, bondadosa, dulce, buena cocinera, planchadora y lavadora, una señora con su escoba y su plumero... ¡Sólo quiere ser flaca!

O mejor digamos: sólo quiere ser rica. Una cosa acarrea la otra.

Tal vez no sea la expresión exacta, porque si le tocó casarse con un hombre pobre, no podrá ser rica. Pero eso sí: una vez divorciada, su gran hazaña será quedarse con todo el dinero que hubiera podido ganar en su vida ese pobre hombre: tal vez una casita, un auto viejo, una bicicleta... ¡Lo que sea! Y, naturalmente, la tenencia de los hijos que hubiera engendrado en su vientre ese hombre pobre: cada uno de ellos significará una cuota mensual de "alimentos", a variar cada vez que la inflación lo permita. ¡Muy importante, atención magistrados, psicólogos y fiscales! Los hijos y la mujer del pobre hombre deben conservar el nivel de vida que tenían cuando vivían con él: no tiene ninguna importancia el hecho de que los hijos lo vean, lo amen, lo respeten, lo frecuenten. Lo único que la ley establece (¿O no establecerá?) es que deben vivir con la madre, y el padre suministrar "las cuotas alimentarias" correspondientes. Tal vez sea sólo una rutina jurídica, pero a los efectos prácticos funciona igual. No importa, tampoco, si el hombre es más pobre que antes. ¡Que se embrome!

Debe suministrar el dinero necesario para que su ex -mujer y sus ex -hijos (ya no le hablan) vivan como vivían cuando lo amaban. No importa si antes él tenía un miravolante kiosco de revistas en la calle Florida y ahora -en cambio- reparte diarios a domicilio. ¡No importa, nada importa!

La casa donde vivía la familia quedará para la mujer y los hijos: luego será habitada por otros hijos y otros hombres. ¡No importa! Lo único que importa es que el ex hombre ha sido excluido de esa casa, que todavía sigue pagando en cómodas cuotas.

Aquí entra un concepto de gran elasticidad denominado "bienes gananciales". Son los efectos adquiridos por el matrimonio después de haberse constituido, excluyendo algunos casos muy específicos como herencia de los padres, etc. Funciona de la siguiente manera: si Angie estaba casada con un genio productor de millones como Salvador Dalí, Diego Maradona, Elvis Presley o Jorge Luis Borges, le corresponde la mitad del patrimonio acumulado. Por ejemplo: 500 millones de dólares. Ahora bien, si Angie estaba casada con un honrado y prolijo Pérez, pintor de brocha gorda que trabajó 25 años para comprarse una casita de 30.000 dólares en Lanús, provincia de Buenos Aires, le corresponde la mitad de esa casita, que se convierte en casita entera para alojar a los hijos.

¡Cosa curiosa! El trabajo que efectúa Angie de Dalí es igual al que realiza Angie de Pérez: parir a los niños, acompañar al marido, cocinarle y obedecerle. Limpiarle los mocos a los críos, mandarlos al cole y vigilar que hagan sus tareas. Cocinar, cepillar, barrer, coser, lavar, secar, iluminar un hogar, hacerlo habitable. En el caso de Angie de Dalí, dispondrá además de ropas espléndidas, viajes en crucero, cosmetólogas, masajistas y saraos en la Casa Real. Digamos: placer. En el caso de Pérez, dispondrá sólo de una siesta los domingos: el resto será carencia, esfuerzo y lucha. Pero las dos Angies generan la misma riqueza: los 1000 dólares que cobrarían una buena mucama, una cocinera y una baby-sitter. Al margen está, por supuesto, el amor que le brinda a su marido, porque el amor no se cobra: además es recíproco, pues él le otorga su amor a ella. Mientras que Dalí (por su mente privilegiada) produce los susodichos 500 millones de dólares o 10.000 millones de euros, o más si es Bill Gates. Pero todo hombre gana un dinero proporcional a su esfuerzo-talento-genio. En cambio, toda Angie es acreedora a un emolumento fijo: la mitad de lo que gane él. Independientemente de su dulzura, laboriosidad, eficiencia o ángel.

Para ella, siempre el 50, aunque no haya hecho más que meterle los cuernos y rascarse en la cama. Lo merece y lo obtiene "como mujer". De eso se aseguran las legisladoras, escribanas, juezas, secretarias de juzgado, camaristas, psicólogas, asistentes sociales, fiscales, peritas médicas, legistas... casi todas mujeres, especialistas en el "tema familia". En la Justicia tambien están los varones -cada vez menos- pero ya en un papel mayestático, como el honorable doctor Carlos Fayt, de la Corte, tal vez ocupando un rol menos operativo, al menos en el tráfago diario de los tribunales.

Con un detalle: los bienes (que casi siempre ha generado el hombre, salvo el caso de mujeres excepcionales como Susana Giménez o Madonna, que se resisten enérgicamente, y no es para menos, a la hora de soltar aquel dichoso 50%) cuando se trata de estipular la mitad de la mujer, habitualmente no abarca un 50 sino un 70 o más. Primero, porque la mujer se cobra por adelantado lo que generará en el futuro su ex esposo. Angie sospecha que el hombre comprará casas, autos, aviones, ranchitos, motocicletas, juegos de comedor, sillones y licuadoras. Es cierto que ahora mismo (por el divorcio) está deprimido, improductivo y echado en la cama como una marsopa. Que los acreedores laman a su puerta. Pero muy pronto (¡demasiado!) conseguirá una mocosa bastante ligera de cascos, que lo reanimará para que produzca el doble. ¡Que se embrome ella, por cuidar viejos!

Es común acusar al ex-hombre de las peores atrocidades: golpeaba y violaba a la mujer, a las propias hijas, sometía a los hijos, se emborrachaba, se drogaba, no era capaz de trabajar. ¡Sacárselo de encima resultó una bendición! Siempre que pague.

Angie ha realizado una gran pirueta histórica para transformarse de la buena mamá que antes era (como su propia madre) en esto que hoy es, entre la prostituta, la mercenaria, la chantajista, la difamadora y la víctima profesional. ¡Lo logró! En pocos años, los que van de 1950 al 2000, consiguió hablar con el lenguaje antes exclusivo de los estafadores. ¡Sacale la plata! ¡Que se ponga! ¡Averiguá si tiene una amante! ¡Anotá los bienes, los cheques, las compras y las ventas!

La princesita soñadora ya no espera a su príncipe azul. Qué va.

Ahora espera a un incauto: futbolista, boxeador, cantante, empresario, roquero, estanciero, armador de buques, lobbista, diputado, vendedor a domicilio. ¡Pero con plata! Y si no tiene plata: ¡Que trabaje más!

Angie tiene experiencia en la vida y por eso ha abandonado el sueño igualitario del feminismo. Ya no quiere ser igual que los hombres. Quiere chantajearlos con sus pechos, su vagina, su útero y sus hormonas. ¡Que paguen! Aunque más no sea, para recompensar a la pobre abuela, que tuvo que soportar en silencio las infidelidades del abuelo. Que era un bandido.

La mujer actual está psicológicamente destrozada -con secuelas irreversibles en su auto-estima- por las infidelidades de su ex.

¿Que Angie también fue infiel? Cierto. Pero sólo porque se sentía abandonada, sola y golpeada. Además, no se acuerda bien: fue una sola vez, o dos... o tres. Pocas. ¿Que accedió a ciertas prestaciones sexuales con un desconocido, las cuales no había aceptado de ninguna manera, cuando las solicitaba su legítimo esposo? Cierto. Pero se encontraba deprimida. Además, no hay pruebas.

Angie tiene las virtudes del buen estafador o el killer profesional: no deja huellas. No confiesa nunca. Sabe perfectamente que no hay pruebas, nunca las habrá. Como los sicarios de la Cosa Nostra, su latiguillo es: "Yo no sé nada. Yo no vi nada. Yo no hice nada". Insiste hasta que le creen, por cansancio.

Antes, la mujer tenía como virtud principal el ser honesta: ahora, Angie se precia de ser astuta.

Antes, y por sobre todas las cosas, era una buena madre: ahora cuchichea con los hijos para que no dialoguen con su papá.

Antes, se mantenía encerrada en su inocente mundo de ollas y sartenes, tortas y budines, cuentos y moralejas, mohines y sonrisas, vestidos y chismes. Las grandes cuentas (el precio de la casa, la cotización por barrio y superficie, el modelo del auto, los créditos y préstamos, las libretas de banco) las dejaba en manos de su marido, que era ducho en esas cosas y velaba por el bienestar de la familia. Responsabilidad y terreno exclusivo del hombre: la plata grande. Ahora, Angie estudia cuidadosamente los cheques que pasan por sus manos. Manotea todo lo que se parezca al dinero (euros, dólares, pesos, oro, joyas, las llaves de un auto o una casa o una caja) y lo esconde entre bombachas. Analiza, saca cuentas, planifica movidas, suma y resta. Mientras el marido trabaja, Angie organiza conspiraciones por teléfono. Va alineando a los cómplices que necesitará cuando decida "excluir al tirano". Principalmente, estos cómplices deben estar convencidos de que el tirano es un verdadero diablo: y ahí se anotan la mamá decadente, la cuñada envidiosa, la sobrina fea, el festejante frustrado, el amigo franelero con segundas intenciones. ¡Todos!

Hoy día se ve a muchas chicas elegantes, por lo general divorciadas como Angie, en los locales donde venden sushi. Concurren en grupos grandes (seis, ocho, diez, hasta veinte) a probar refinados manjares. Los chicos están en casa, donde los cuida la abuela. Es decir: la mamá de ella. El ex-marido sigue trabajando como un burro (tiene una nueva mujer, más joven) y apenas alcanza a comer en una cantina. Ravioles con estofado. Los muchachos de la oficina. En confianza. Baratito.

El ex-marido viste humildemente. Un traje con quince años de antigüedad, los zapatos raídos, los codos rozados, la camisa entreabierta en la panza, el pelo cortado a la moda 1950. Está viejo. Y pobre. No es fácil mantener dos hogares, a pesar de que alienta la ilusión de que esta nueva pareja le será leal, y le dará una vida feliz. Ella es joven, espontánea, inocente, idealista, desinteresada... ¡Otra generación!

Ay, ay, ay.

En esas mesas de sushi donde Angie prueba los delicados sashimi, vestida con un espléndido conjunto de 500 dólares pagado por el ex con los alimentos de los hijos, se escuchan los consejos de mujeres actuales mayores (50 años, aproximadamente) para las mujeres actuales menores, que tienen cerca de 30.

- ¡Plata, sacale plata! ¡A los hombres hay que sacarles plata! ¡O hacerles hijos, porque los hijos representan poder! Es que los padres, pobres infelices, aman a los hijos, o por lo menos necesitan simular que los aman, porque eso les enseñaron sus madres idiotas y malcriadoras! Entonces, hay que tomarles a los hijos de rehenes y hacer que ellos odien a su papá. Los pobres papás infelices, por fin humillados, se pasarán la vida dando plata (en nuestras manos) para que dejen de odiarlos. Imposible, papitos... Pero vos no te preocupes, querida. Lo esencial es que te den plata.

La mujer actual se desvió -hace décadas- del camino señalado por las feministas clásicas como Simone De Beauvoir, Betty Friedan o Gloria Steinem. Aquella antigua cantinela, un poco moralista, aconsejaba independizarse del hombre. Ganar el propio dinero, no aceptar regalos ni limosnas, criar a los hijos en igualdad de términos, rechazar los piropos y las propuestas indecentes, obedecer al instinto de hembra respetando la misma potestad en el macho, en fin. Ser libres.

Ahora es otra historia. Ser libres está muy bien, mientras se tengan suficientes esclavos para financiar viajes, ropas, fiestas, autos y paseos.

Lo ideal es ser libre, rica y flaca.

El sueño de las paisanas descalzas con sus chilabas de hilo, sin corpiño y sin bombacha, y con los ojos fumados, dio lugar a una neo-mujer que no sólo no es naturalista, cultora de los vegetales crudos, la guitarra, los collares de mostacilla y el parto en el agua, sino que está totalmente hecha de plástico. Tiene pechos de siliconas, labios de botox, piel bronceada en cama solar, músculos pilates, muslos fortalecidos en el baile del caño y un signo titilante en los ojos: $$$.

Además, la estratégica Angie cuenta con una ventaja. El hombre es potente y altanero cuando joven. Se sabe seductor a los 25 años. Pero después, a los 30 ó 40 ó 50, empieza a debilitarse. Ya se pone bueno y hasta tonto. Este es el momento que aprovecha Angie para castigarlo. En nombre de Eva y contra el miserable Adán, ha llegado la hora de quitarle su casa, sus hijos y sus bienes futuros.

Así las cosas, la institución del matrimonio ha concluido.

Sólo quedan algunas mujeres solas, bebiendo en buenos bares su JB, algunos hombres recluidos en sus departamentos desolados, y muchos hijos que no saben qué hacer de sus vidas.

En general los varones no quieren ser hombres, quieren ser nenes. O nenas.

"La culpa la tiene el hombre, por su insoportable combinación de machismo, autoritarismo y pereza. Puesto que no nos ha permitido trabajar y evolucionar como seres pensantes -aduce Angie- es él quien debe financiar nuestro crecimiento espiritual y económico. Instaladas en un buen departamento, con los hijos que él nos hizo, manejando el auto que él compró, escuchando sus CD ´s y hojeando (sin leer) sus libros, meditaremos sobre el futuro. Tal vez concurramos a una clase de yoga, un curso de Osho, una serie de meditaciones, una sesión de gimnasia jazz, un crucero por el Caribe. Pero sin dejar de vigilarlo: ¡la Bestia debe trabajar más y más, hasta morir, arrepentido de todo lo que no pudo amarnos!"

Y si no se comporta como es debido: ¡marche una carta documento! La jueza lo pondrá en vereda, asistida por la fiscal, la asistente social y la psicóloga.

Este cuadro es la consecuencia de la falta de machismo. No la revancha inevitable, fruto del machismo opresor, no, sino el fruto de su desaparición. Nosotros, los varones actuales, no hemos estado a la altura de las circunstancias. No tuvimos el coraje suicida de Charles Bukowsky, ni el espíritu indomable de Cristóbal Colón, el almirante alucinado, ni la valiente obstinación de José de San Martín, que escupía sangre en su camilla mientras cruzaba los Andes para librar una guerra feroz. No hemos bebido tantos daiquiris, ni hemos escrito tantas novelas, como Ernest Hemingway. No hemos sido dignos un arquetipo: el hombre solo que viaja, escribe, combate o sueña. Ni siquiera tuvimos la violencia descontrolada de Carlos Monzón.

Somos solamente semi-varones del año 2000.

Nuestro amor... se llama Angie.

No interpreten los lectores que esta columna contiene un enfoque pesimista. En un mundo superpoblado de Angies, hay también muchas mujeres buenas. Yo tengo una, así que doy fe.

Digamos que son solamente nostalgias de otra época. Un tiempo mejor, cuando ellas y nosotros nos amábamos, con los ojos cerrados y el corazón latiendo a todo ritmo. El tiempo que aún respira mientras estás a mi lado.

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