La música que escuchamos

Dolores Caviglia
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15 de febrero de 2020  

En la foto veo a una chica con el pelo oscuro de raíces verdes, o quizá amarillas, y me sorprende. Tiene la piel recién lustrada, los ojos claros, los labios de una muñeca antigua y los dientes blancos, prolijos, como si hubiesen sido acomodados a propósito por la persona más obsesiva del mundo. Viste un saco oscuro inmenso, con algo de dorado, y unos pantalones que combinan y son aún más anchos. Por debajo asoma de su cuello una polera del color de la cáscara de un plátano. Está contenta. Posa ante las cámaras y se muestra. Con los brazos sostiene cinco premios Grammy y yo sigo sorprendida porque no tengo idea de quién es.

No es la primera vez que me pasa. Hace unos días, en la sala de espera del consultorio de una de mis médicas, pasé más de media hora viendo un canal de música que diez años atrás estaba entre mis favoritos y que en ese momento pasaba los videos de artistas que ni siquiera me suenan de nombre. No sé cómo pasó esto, no sé cuándo dejé de mirar este canal y no sé bien qué miro en su reemplazo porque tampoco es que no miro televisión ni escucho música pero ahora ya no lo miro y me pregunto por qué, por qué me dejaron de gustar los temas y las bandas que ahí pasan. Qué vínculos hay entre el tiempo, la edad, la época y los gustos.

Yo tengo 36 años y escucho The Beatles por culpa de mis padres. Más de mi madre. También a Diego Torres porque lo descubrí en séptimo grado durante los recreos que pasaba sentada en uno de los patios del colegio con mi walkman y sintonizaba a Fonito en FM Hit. También a Oasis, porque en el 1995 sacaron "Wonderwall" y nunca más los pude dejar. Porque la voz de Liam Gallagher es el hilo con que se cosen los trajes de la realeza justo antes del corte de tijera. Porque Noel Gallagher canta y me hace sentir en casa. De viaje. En casa de nuevo. Después escucho más, sin tanta frecuencia, pero casi todo de ese mismo momento, un poco más, un poco menos. The Verve, Alejandro Sanz, Sandro, Los Rodríguez, Calle 13. No estoy al tanto de los nuevos artistas. No conozco las canciones de Billie Eilish o Dua Lipa o Wos. A veces escucho cosas nuevas y me encantan, como Cazzu, a veces les doy una chance y las odio. A mi novio le pasa algo bastante parecido. Y a mis amigas también. Ni que hablar a mi hermano, que es apenas cuatro años más grande que yo.

Por eso el otro día, en medio de estos premios y la fascinación por esta chica de raíces fluorescentes, me puse a analizar si lo que me gusta, en verdad, me gusta porque me gusta o solo me gusta porque así lo determinó el tiempo. Mi tiempo. Y cómo no, una cosa me llevó a la otra y me colgué debatiendo conmigo misma si las personas somos libres, cuán libres somos, qué poco libres somos. Cuánto elegimos. Cuándo.

A veces pienso mucho en el amor. No en lo que es, eso no lo sé, pero sí en cómo surge. En la variedad y en la elección. Somos millones de millones de personas en el planeta y yo tuve la suerte de conocerlo a Ezequiel esa noche de abril en el bar que quedaba a cuatro cuadras de mi casa de la adolescencia. Justo cuando sonaba un tema de Oasis. Me encanta, lo quiero, qué romance, no lo entiendo. Mi amiga Cecilia se fue a vivir a Estados Unidos antes de que cumpliéramos los 20. Acá había tenido algún que otro novio pero nada serio. Hoy está casada y tiene un hijo hermoso, con cara de trencito de madera y unos rulos medio vagos y castaños que aún no conozco. ¿Qué hubiera pasado con ella si no se hubiera mudado? ¿Se hubiera quedado sola? ¿Hay solo una persona para cada cual? ¿Hay muchas? ¿Las llegamos a cruzar a todas? ¿Soportamos la idea de saber que existen y no conocerlas? ¿El amor es cierto o es lo que toca? ¿Cuántos destinos existen? ¿Yo soy conformista? ¿Y la música? ¿Escucho lo que quiero o lo que mi época me dijo que tenía que escuchar?

Hay temas que nunca sé bien cómo cerrar. Hay respuestas que necesito y que son filosóficas y como no soy filósofa no consigo entender. Hay sábados en que las hablo en terapia y ahí las desarmo un poco y me saco el peso. Vivir es también eso. Es estar siempre condicionado por la familia, el colegio, el barrio, la facultad, el trabajo y sin embargo y al mismo tiempo sentirse libre, cada vez más libre, eternamente libre. Abierto a todo. Capaz de todo.

Pero algo queda. En algún lugar queda.

En dos semanas tengo que volver a esa sala de espera y me voy a sentar en ese mismo lugar y cuando vea en la televisión ese canal de música voy a pensar que no conozco a ninguno de los que cantan y que no me gustan para nada.

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