
Un hallazgo inesperado: La naranja mecánica continúa
Anthony Burgess (1917-1993) no quería demasiado La naranja mecánica, aunque siguió sacándole jugo hasta el final. Le molestaba que su fama autoral tuviera como clave de bóveda ese libro que él consideraba menor, escrito a las apuradas. No le faltaba razón: al fin de cuentas el corpus de su obra incluye proezas cómicas (la tetralogía dedicada al desastrado poeta Enderby), técnicas (Sinfonía napoleónica), verbales (Abba Abba) y formidables novelas masivas como Poderes terrenales.
La naranja mecánica, publicada en 1962, le debe gran parte de su renombre, como se sabe, a la adaptación cinematográfica que hizo de ella Stanley Kubrick en 1971. Burgess no se llevó del todo bien con el excéntrico cineasta y es seguro que esas fricciones fueron lo que lo instó a emprender, un año después de la película, una secuela de la novela, proyecto del que habló al pasar alguna vez, pero del que nunca hubo noticias editoriales.
Días atrás, Andrew Biswell, uno de los biógrafos del escritor inglés, anunció que entre los papeles que Burgess había dejado atrás en su casa italiana de Bracciano, antes de mudarse a Montecarlo (Burgess le huía como un rockero a los excesos impositivos británicos), acaba de hallarse el manuscrito de esa Naranja... revisitada. La pieza, cuenta Biswell, alcanza las 200 páginas y amplifica la mirada del escritor sobre "el crimen, el castigo y los posibles efectos corruptores de la cultura visual".
La violencia, desde la épica, es uno de los temas inaugurales y continuos de la literatura. La originalidad de La Naranja mecánica reside en haber detectado en el momento justo su versión más contemporánea, esa pulsión de "ultraviolencia" que ejemplifican Alex y sus secuaces, "los drugos", antes de que explotara definitivamente.
Burgess se inspiró para la trama de su distopía en el ataque sexual que años antes había sufrido Lynne, su primera mujer, a manos de una pandilla de marines. Para el título, por su parte, hizo uso de una expresión cockney que, con su perfecto oído joyceano, recolectó en sus rondas callejeras. El Nasdat -el idioma que hablan "los drugos", entreverado de palabras rusas que Burgess conocía de alguna visita a la URSS- adelanta las jergas juveniles que se volverían moneda corriente y el sonido beethoveniano (el autor era también compositor) preanuncia la estruendosa banda sonora que asomaba en el horizonte.
Biswell confirmó que la continuación de La naranja mecánica será publicada más pronto que tarde. ¿Qué novedad puede esconder esa versión abandonada? Burgess fue en los años setenta un agudo y radical polemista que apuntó contra las libertades más dudosas promovidas por la hoy llamada cultura mediática. Cuando se sentó a escribir la secuela, la violencia de la realidad ya superaba la de su ficción. No sería extraño que, a pesar del tiempo pasado, pueda aportar una memorable interpretación en germen de algunos de los dilemas que todavía nos acosan.







