La Navidad de Juanita

Por Tomás Eloy Martínez Para LA NACION
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26 de diciembre de 2009  

Hacía algún tiempo que no asomaba a mi memoria la imagen de Luigi Scotto, el extraordinario reportero gráfico cuyas imágenes fueron la carta de identidad de El Diario de Caracas durante al menos un par de años: los que van de 1979 a 1981. Scotto llegó a El Diario con una colección de las fotos que los jefes de redacción convencionales desechaban, arrojándolas a los cestos de desperdicios. La imaginación amazónica de Luigi debía de provocarles vértigo. Y en verdad, él había aprendido en las mismas selvas del Amazonas a desdeñar los lugares comunes y a registrar sólo aquellos donde la realidad se pliega. Luigi se había casado en el Amazonas con Irena, una india makiritare con la cual tuvo una hija bellísima de ojos azules y rasgados, por la ascendencia véneta del padre y por la belleza oscura de la madre. La niña se llamaba Juana y gracias a ella Luigi ha regresado a mí con uno de los cuentos de Navidad más conmovedores que conozco.

A mediados de diciembre llevó a Juana al Parque del Este y la hizo pasear en un poni del que la niña no quería bajarse. Días más tarde recibió una carta llena de dibujos de amor en la que Juanita le pedía un poni como regalo de Navidad. Luigi le preguntó a su mujer qué hacer. Irena era una india muy sensata, en cuyo juicio el fotógrafo confiaba ciegamente. Cuando averiguaron cuánto podía costarles el regalo, desecharon la idea de inmediato. La madre quiso saber si a Juanita le daba lo mismo una gran foto de un poni tomada por su padre, o al menos uno de esos ponis de madera que se venden en las jugueterías. La niña no aceptó sustitutos. Llorando sin consuelo se quejó de que sus padres la hubieran llevado a pasear por Parque del Este. "¿Para qué?", dijo. "Ahora que se dejó montar por mí, quiero ese poni. El ya sabe que es mío. No va a querer ser de nadie más".

La víspera de Navidad, Luigi no podía con su alma. La expresión de desconsuelo de la niña reaparecía en su memoria cuando veía a otros padres caminando de la mano con sus hijos ante las jugueterías de la ciudad tumultuosa. A media mañana del 24 apareció en la redacción de El Diario y pidió un préstamo de misericordia para pagar lo que le pedían por un poni. Era el equivalente de su sueldo de dos meses, pero estaba dispuesto a lo que fuera con tal de acallar en su corazón los sollozos de Juanita.

Antes del anochecer fue al Parque del Este en busca de un paseador que le dijera quién le podría vender un poni. Le dio una dirección en las afueras de Caracas, y hacia allí fue Luigi, pero el dueño del animal resistió sin la menor compasión todos sus intentos de regateo y sus declaraciones de pobreza. Le dijo, con razón, que el poni le daba de comer y que no sabría qué hacer si se desprendía de él.

Desolado, Luigi regresó al edificio de departamentos donde vivía, en un séptimo piso de Los Palos Altos, y distinguió una luz en la ventana de la que debía de ser su casa. Adivinó la cara de Juanita al otro lado, esperando con impaciencia la aparición de Papá Noel llevando al poni de las riendas, y no se creyó capaz de soportar la desolación de que lo viera llegar con las manos vacías.

Al día siguiente nos contó que estuvo a punto de echarse a llorar en la puerta del edificio. De la desesperación lo rescató un vendedor de raspados (esos refrescos de esencias dulces que se venden en Caracas, mezclados con agua gasificada y hielo rallado). Fue un encuentro de providencia, porque el carrito del vendedor estaba tirado por un jamelgo que, si bien exhibía una piel castigada por años de latigazos inclementes, tenía, en la penumbra, una remota semejanza con el poni de Parque del Este.

El fotógrafo ya no dudó. Volvió a levantar la cabeza y, esta vez sí, encontró en lo alto la esperanzada mirada de Juanita. Repitió todos los argumentos de la Navidad para ablandar al vendedor y convencerlo de que le cediera el poni.

La suma que le pidió era inalcanzable, aun con todos los préstamos que Luigi había contraído. Decidió entonces ofrecer su cámara para completar el precio, y tuvo la fortuna de cerrar el trato.

No bien se sintió libre de las varas del carrito, el poni se negó a obedecer las órdenes del fotógrafo, y cuando Luigi quiso obligarlo a trepar los siete pisos de su departamento, tropezó en cada peldaño con una inmovilidad de acero. A duras penas llegó a las puertas de su casa y por fin, en el primer minuto de felicidad del día, vio que Juanita le abría los brazos, con un ademán luminoso.

Aun entonces, el poni se negó a entrar, pero la esposa de Luigi le deslizó algunas órdenes en la oreja que lo amansaron de inmediato.

-Hay que pasarle un cepillo para limpiarlo y ponerle una cinta de regalo. No puede estar dentro de la casa hasta que no sepamos cómo se comporta. Podría darle a la niña una patada traicionera.

-¿Por qué haría eso? Es un animal dócil, tan manso como los bambis del Parque.

-No todos los bambis son mansos -le replicó la india, que tenía años de familiaridad con los animales silvestres.

Y luego dejó caer una frase que se abatió sobre Luigi como un latigazo:

-Además, lo que trajiste no es un poni. Es una mula.

El fotógrafo observó bien al jamelgo y al instante se dio cuenta de su error. Lo habían confundido la fuerza de su deseo, los esperanzados ojos de Juanita en la ventana y la penumbra de la ciudad enfebrecida por la inminencia de la Navidad.

Al día siguiente, cuando volvió a El Diario y nos contó la historia, lo abrazamos para tranquilizarlo y estuvimos a punto de pedirle que se olvidara de sus deudas. Pero él no dejaba de repetir:

- ¿Cómo pude confundir un poni con una mula? ¿Cómo pude ser tan idiota?

-Sos lo contrario de un idiota, Luigi -le dije-. Te pasan las cosas porque estás acostumbrado a ver antes que nada los dobleces de la realidad y una mula es justamente el animal donde la realidad se dobla. Tu hija es afortunada porque puede ver lo que nadie más ve. Y si ella también vio un poni es porque fuiste vos quien le enseñó a mirar.

© LA NACION

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