La obediencia querida

Enrique Valiente Noailles
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20 de mayo de 2012  

"Si es cierto que desde un principio, desde que existen hombres, han existido asimismo reban?os humanos (hermandades sexuales, comunidades, tribus, naciones, iglesias, Estados) y siempre la mayori?a de los hombres ha obedecido a un pequen?o nu?mero de jefes; si, por consiguiente, la obediencia ha sido durante mucho tiempo ejercida y cultivada entre los hombres, puede presumirse como regla que cada uno de nosotros posee en si? mismo la necesidad innata de obedecer; como una especie de conciencia formal que ordena: «Tu? hara?s esto sin discutir»", dice Nietzsche. No es malo este fragmento para describir a la Argentina contemporánea, que exhibe en los hechos una impresionante voluntad de obediencia, ya no siquiera a un grupo pequeño de jefes, sino a una sola jefa. Una jefa que ha aprendido a explotar esta necesidad innata hasta el extremo. Sigue habiendo en nuestra sociedad una necesidad de obedecer, materializada en otras épocas en la búsqueda colectiva de golpes de Estado, y transmutada en esta época en la delegación sin condiciones del poder a una sola persona, a la que en los hechos se le permite llevarse todo por delante, facultad que además no se detiene en ella, sino que por carácter transitivo se derrama sobre sus adláteres.

Pero hay una ambigüedad en nuestra obediencia y una distribución curiosa de aquella inclinación a obedecer (y a desobedecer). Porque mientras depositamos toda la suma de la conducción del país en una única persona, cosa que es un disparate desde cualquier ángulo que se lo mire, asignamos, en cambio, toda nuestra desobediencia al cotidiano micro incumplimiento de la ley. Es decir, se trata de un desplazamiento de nuestra rebeldía a las transacciones diarias de la vida, y de la concentración de nuestra obediencia en el vértice del Estado. Pero la permisividad hacia afuera generalmente está fundada en una permisividad para con nosotros mismos, y la falta de exigencia de una conducta ética hacia nuestros políticos proviene largamente de una sociedad que siente que no tiene la autoridad moral para exigirla. Cristina ha explotado como nadie, además del temor, esta culpa colectiva latente, que le da vía libre para su operación. Y que podría culminar en una reforma constitucional para habilitar un nuevo mandato, cosa que no sería ya una violación de la ley, sino su metástasis.

En cualquier caso, seguimos habitando, después de años, en un modelo que no produce alteridad. Para ello hay dos hipótesis: o no hay una oposición que despierte el deseo de la gente, o no hay deseo de la gente de que cobre cuerpo una oposición. La primera hipótesis adscribe a una visión de que se quiere un cambio pero que hay impedimentos para ello, la idea de un hartazgo que no ha encontrado un vehículo para exteriorizarse. Es la versión más tranquilizadora. La segunda versión es la de una sociedad sin máscaras que está a gusto con su destino de obediencia querida. Versión menos cómoda, pero acaso más verosímil.

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