La ONU en la lucha contra el terrorismo

Por Marta Maurás Pérez Para LA NACION
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20 de diciembre de 2001  

NACIONES UNIDAS.- Los ataques terroristas del 11 de septiembre nos han afectado a todos de una u otra manera. ¿Cuál es el papel de Naciones Unidas en esta coyuntura tan crítica? Múltiple y situado en cuatro grandes planos: el normativo, el político, el humanitario y el de desarrollo. El primer plano se refiere a los acuerdos internacionales para erradicar el terrorismo. El mismo día 11 de septiembre, el secretario general, Kofi Annan, y el Consejo de Seguridad emitieron declaraciones que condenaban inequívocamente los ataques a las Torres Gemelas y al Pentágono. La Asamblea General y el Consejo de Seguridad adoptaron al día siguiente resoluciones fuertes que calificaban los actos terroristas como amenazas para la paz y la seguridad internacionales. Luego, el Consejo emitió una segunda resolución, mucho más específica, que impone obligaciones tajantes para los Estados miembros respecto a la erradicación del financiamiento a las organizaciones terroristas, y a la cooperación en las investigaciones criminales. Estas resoluciones son enormemente importantes, no sólo por el mensaje que envían, sino porque proveen las herramientas políticas para actuar en los niveles nacional e internacional.

El plano político presenta un desafío aún mayor. Éste no sólo tiene que ver con Afganistán, el ojo de la tormenta, sino con la gravísima situación del Medio Oriente. La labor fundamental de las Naciones Unidas en Afganistán es y debe ser la de facilitar el proceso de diálogo para crear instituciones legítimas que representen, en su totalidad, al pueblo afgano. En palabras de Kofi Annan, en ocasión de la reunión histórica de Bonn a la que concurrieron representantes de varias facciones étnico-políticas, “el papel de las Naciones Unidas no es imponer un sistema particular sobre el pueblo afgano. Ésta es una decisión que los afganos mismos deberán tomar y las Naciones Unidas estarán allí para asistirlos en el proceso”. Es claro que el papel de las Naciones Unidas no es el de actuar como “gobierno”, al estilo de Timor Oriental o Kosovo. Los que conocen Afganistán saben que soluciones impuestas desde afuera no prosperan. Una vez encontrada la solución política, sin duda las Naciones Unidas prestarán el apoyo técnico para los servicios básicos y de rehabilitación.

El tercer plano de acción de Naciones Unidas es el de la indispensable ayuda humanitaria. Ya el año pasado las agencias humanitarias describían la situación afgana como catastrófica y cada vez peor. Hoy 7,5 millones de personas en Afganistán y los campos de refugiados están al borde del desastre. El Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas ha logrado recolectar su meta mensual de 52.000 toneladas. Sin embargo, la preocupación fundamental continúa siendo la distribución interna de provisiones. Más de tres millones de personas han logrado sobrevivir gracias al esfuerzo del personal local de las agencias de la ONU y a las organizaciones no gubernamentales, que se enfrentan a la inminencia del arduo invierno y a los peligros de una sociedad devastada por el fanatismo, la pobreza y la guerra.

Palabras y acciones

Sin embargo, la labor humanitaria de las Naciones Unidas no solamente se concentra en la crisis afgana, sino también en la compleja situación de otros países, como Angola, Somalia, Sudán, la República Democrática del Congo y Burundi, que permanecen “detrás de las cámaras” pero que requieren urgente atención. Recientemente, Kofi Annan hizo un llamado a la comunidad internacional para recolectar 2,5 miles de millones de dólares en cooperación internacional, cifra inferior al gasto militar diario en el mundo, para socorrer a más de 33 millones de personas que necesitan ayuda humanitaria y protección.

El cuarto plano de acción es el del desarrollo económico y social. La reconstrucción de Afganistán, sin duda una de las prioridades de las Naciones Unidas, es el principal objetivo de la reciente reunión del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el Banco Mundial y el Banco de Desarrollo Asiático, en Islamabad, y la que se desarrolló hace unos días en Berlín.

Pero también está el resto del mundo y la necesidad imperiosa de reducir la pobreza. Es escandaloso que en una era de prosperidad sin precedentes sea también sin precedentes la baja de la cooperación para el desarrollo (menos del 0,2 por ciento del producto bruto global en el año 2000), la que está principalmente destinada a los países más pobres. Por otra parte, barreras arancelarias y no arancelarias siguen impidiendo el comercio en los sectores críticos para los países en desarrollo, particularmente en la agricultura y los textiles. La deuda sigue siendo insostenible para muchos y el combate contra el sida necesita recursos importantes y medidas drásticas, como la reducción del precio de los medicamentos.

Por estas y otras justas razones, la Conferencia Internacional de Naciones Unidas para el Financiamiento para el Desarrollo, que se celebrará en Monterrey, México, del 18 al 22 de marzo del año próximo, tiene singular importancia para sostener las buenas palabras con acciones concretas que beneficien a los países en desarrollo. En el mundo globalizado en el que vivimos, la pobreza del otro simplemente se convierte en el problema de uno y las Naciones Unidas tienen un papel fundamental que cumplir.

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