La ONU no tiene la culpa

Por Julio Barboza Para LA NACION
(0)
7 de mayo de 2003  

Hablar de la comunidad internacional no es sino referirse al género humano, sólo que estructurado en grupos territoriales de poder que a través del tiempo fueron consolidándose como actores principales de la escena y que al llegar a 1648, con la Paz de Westfalia, sentaron las bases de un sistema de Estados.

La historia de las relaciones internacionales es la historia del uso de la fuerza. El mejoramiento en la convivencia de las naciones ha corrido aparejado con su reglamentación y su mayor o menor respeto. En sus períodos de locura, el mundo se entregó a irracionales carnicerías. No otra cosa que locuras fueron las gigantescas revulsiones de la Guerra de Treinta Años en el siglo XVII, las guerras napoleónicas y las dos conflagraciones mundiales. A ellas sucedieron, como reacción ante el horror y la masacre, importantes tentativas de poner las relaciones internacionales sobre bases de alguna forma de orden. Luego de la Guerra de Treinta Años, el sistema de Estados westfaliano, con su frágil equilibrio de poder; tras las guerras napoleónicas, el Concierto de Europa, basado en el predominio de las grandes potencias, y después de las dos guerras mundiales, la Sociedad de Naciones y la Organización de las Naciones Unidas.

Surgió así la idea de la llamada "seguridad colectiva" en mentes esclarecidas, como las de dos presidentes de los Estados Unidos, Woodrow Wilson y Franklin D. Roosevelt, quienes condujeron sucesivamente a ese gran país en las dos guerras mundiales. Su resultado: la Sociedad de Naciones en la primera posguerra y las Naciones Unidas en la segunda. Nuestra organización mundial sobrevivió a la Guerra Fría y, en el campo de la cooperación y del derecho internacional, hizo la obra más importante de que haya memoria.

La ONU es el experimento de organización internacional más exitoso y más duradero que registra la historia de las relaciones internacionales. Hablar de inoperancia de las Naciones Unidas o considerarla un "sello de goma", como oí decir a algún liviano comentarista radial, no es una actitud responsable ni otra cosa que atribuirle culpas que no tiene. Las Naciones Unidas carecen de fuerza propia y su capacidad de decisión depende enteramente de que sus Estados miembros cumplan con las obligaciones que les corresponden. Estas obligaciones figuran en la carta, la Carta no es sino un tratado, y los tratados deben ser cumplidos. En la medida en que se cumplan, la Organización funciona. O sea que las Naciones Unidas son lo que sus Estados miembros, y en particular los miembros permanentes del Consejo de Seguridad, quieren que sea. Si éstos no están de acuerdo sobre las reglas básicas del juego internacional, pues no habrá juego limpio y sí ley de la selva.

Pienso que no debemos tirar por la borda instituciones cuyo establecimiento ha costado tanto trabajo y cuya ausencia ha traído tantos males a la humanidad; por el contrario, debemos cuidarlas y tratar de que funcionen apropiadamente.

Hoy se trata de la guerra preventiva, invocada por Washington como justificativo de su acción en Irak. Eso nos lleva a una antigua concepción de la Iglesia, la de la "guerra justa". Es que el Catecismo no abriga una posición pacifista "a priori"; de hecho, admite la posibilidad de una "guerra justa" por motivos de defensa. Pero establece una serie de condiciones muy estrictas: debe existir una proporción adecuada entre el mal por ser erradicado y los medios empleados para ello. En síntesis, si con el propósito de defender un valor (en este caso, la seguridad nacional) mayor daño es causado (víctimas civiles, desestabilización en Medio Oriente con los riesgos que trae aparejado el incremento en el terrorismo), entonces el recurso a la fuerza ya no es justificado.

Un papel "vital"

"No hay que vender la piel del oso antes de cazarlo", reza un antiguo proverbio ruso. Pues bien, tras la toma de Bagdad ya podemos venderla. Y como el hombre es un ser proyectado al futuro, las fuerzas se están moviendo para un mañana iraquí que es prácticamente el hoy.

El presidente Bush prometió un papel "vital" para las Naciones Unidas en la era post-Saddam, pero sin precisar demasiado qué entendía por "vital". El señor Rumsfeld y su seguidor en jerarquía, pero inspirador intelectual, Wolfowitz, quienes no están sometidos a las limitaciones diplomáticas del Presidente, aclararon su pensamiento: para la ONU, un papel humanitario, de ayuda, y hasta allí llegamos. Los aspectos políticos quedarán para Washington, más exactamente para el Salón Oval. Cambiar esto no parece fácil.

La divergencia con los amigos de Londres y Madrid no es baladí y su sombra llega a todo Medio Oriente, y quizá más lejos. Veamos:

Tony Blair y Aznar están en favor de darle a la ONU el papel principal. Acaso esa posición no sea enteramente desinteresada ni completamente de principio. Ambos líderes remaron contra la corriente de una opinión pública abrumadoramente adversa y quieren ahora remendar en parte la ilicitud cometida al usar la fuerza sin autorización del Consejo de Seguridad. En alguna medida, la reasunción por la ONU de su papel central, juntamente con la benéfica acción del triunfo militar -en el fondo, razón suprema- legitima, si no legaliza, la acción de fuerza, siendo legalidad lo que consiente la ley y legitimación un concepto más afín con lo aceptable por la opinión pública. Finalmente, no era sino una legitimación no legalizadora la que buscaba Washington cuando sondeó las posibilidades de una resolución del Consejo que, aun anulada por el veto francés, reuniera una mayoría, legalmente inválida, para superarlo.

Desde luego, esta diferencia entre los aliados es demasiado seria para ser disimulada. Obviamente, si el objetivo norteamericano es reformular Medio Oriente, no sería muy aceptable para los "reformuladores" dejar libradas las decisiones políticas a un consejo de seguridad cuya opinión diferiría, en más de un rubro, de la de los Estados Unidos. Al fin y al cabo, pueden ellos argüir, fue este país el que puso la mayor decisión y el más grande esfuerzo militar para la aventura iraquí, y el que dirigió a la coalición en el terreno. Ahora París, Berlín y Moscú pretenden, después de haberse opuesto frontalmente a la medida norteamericana, nada menos que intervenir en el proceso de cambio de Medio Oriente, salvaguardar importantes intereses contractuales con Irak y aun salir airosos de algún modo en un desarrollo que, de otra manera, podría volverse en su contra. Ya hay críticos de Chirac -Vargas Llosa entre ellos- que le reprochan una actitud tan extrema como la que tomó, que habría empujado a Washington a salirse del corral que creaba el régimen de la Carta respecto del uso de la fuerza. Y mantener a Washington adentro era lo indicado, sostienen esos críticos, para que su alejamiento no destruyera tan visiblemente la normativa internacional.

Oportunidad de oro

La decisión sobre el papel de las Naciones Unidas en la reconstrucción de Irak es de primera importancia. Amén de razones de legalidad y eficiencia, si éstas ocupan un lugar central de algún modo se habrían reinstalado, aun con graves deterioros, no sólo el sistema de uso de la fuerza preconizado por la Carta de las Naciones Unidas sino, en alguna medida, todo el orden jurídico que en ella se basa. La posición angloespañola parece asumir que esta violación del uso de la fuerza fue una excepción y que en el futuro todo, o casi todo, volverá a su cauce. Un poco lo que pasó con la violación anterior, esto es, la de la OTAN en Serbia, de la que las memorias fieles al derecho no quieren conservar rastro.

Obviamente, darle a la ONU el papel central aventaría toda sospecha de neocolonialismo -candente convicción social en el islam-, contendría la hemorragia del uso de la fuerza sin acuerdo del Consejo de Seguridad -difícil de parar de lo contrario- y daría al maltrecho derecho internacional una oportunidad de levantarse tras el golpe que le asestó la guerra preventiva. Una guerra que, por su parte, aún debe explicar qué previno con las pruebas eventuales de existencias de armas de destrucción en masa que se encuentren en Irak.

La coyuntura está preñada de una trascendencia difícil de igualar. Estamos en momentos de decisiones vitales que sólo nos dejan a los espectadores rogar por la sensatez de los protagonistas en el tablado internacional.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.