La oposición también la reelige a Cristina

Joaquín Morales Solá
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29 de mayo de 2011  

Nunca Hermes Binner será candidato a vicepresidente de Ricardo Alfonsín si éste fuera aliado de Francisco de Narváez en la provincia de Buenos Aires. También Roberto Lavagna le mandó decir a Alfonsín y a Eduardo Duhalde que no cuenten con él como candidato vicepresidencial. Alfonsín y Mauricio Macri le respondieron a Duhalde que no quieren por ahora acercarse a él, porque el ex presidente los comprometería ante sus respectivos votantes. De Narváez congeló las negociaciones con el radicalismo y prepara una alternativa de "boleta corta"; esto es, concurriría a las elecciones de octubre sin candidato presidencial si antes no es reconocido como un importante aliado nacional por el alfonsinismo.

La oposición parece ser la primera en haberse convencido de que Cristina Kirchner ya ganó. Sólo esa certeza explicaría tanta desorientación y, sobre todo, tantas deserciones cuando falta menos de un mes para que concluyan todos los plazos de inscripción de candidatos. Una mezcla inexplicable de egoísmos y de amateurismo, de escasa experiencia política y de exigua voluntad de poder, está conduciendo el proceso opositor. Son defectos expuestos ante la sociedad frente a un gobierno que ha hecho del marketing político su mejor producto. Embellece los errores, oculta los problemas.

Quizá la Presidenta habría dudado en presentarse a la reelección si hubiera tenido que enfrentar un desafío con el riesgo de una segunda vuelta. Ni su ánimo ni su fortaleza física están en condiciones de soportar el descomunal esfuerzo que significarían dos elecciones nacionales competitivas y muy cercanas entre ellas. Cristina Kirchner no sólo se quiebra en público; también lo hace, con más frecuencia aún, en reuniones privadas. Sus largos silencios y sus sollozos entrecortados suelen presentarse de improviso en cualquier encuentro del que participa. Todo eso es cierto, pero tiene vocación de poder y la verdad es que ahora la reelección se ha convertido en un paseo , aseguran a su lado.

El brinco de la Presidenta hacia su actual estado de placidez electoral sucedió cuando se extinguieron los tres tercios electorales que existían hasta principios de año. Luego cayó Macri entre los escombros del peronismo disidente y ahora se está diluyendo la oposición que lidera Ricardo Alfonsín, ahogada por los tironeos entre el socialismo y De Narváez . El principal problema, tanto de Macri como de los radicales, es que nunca tuvieron un buen candidato propio a gobernador de Buenos Aires.

La homérica provincia elegirá gobernador el mismo día en que se elegirá al presidente de la Nación; en su territorio habita casi el 40 por ciento del electorado nacional. ¿Cómo aspirar a conducir la Nación si ninguno de ellos tiene referentes propios y populares en la provincia más grande y poblada del país?

De Narváez se convirtió así en el socio más preciado para cualquiera de los opositores, no tanto por lo que es ahora, sino por lo que ha sido. Todas las encuestas bonaerenses colocan ahora a Daniel Scioli muy por encima de De Narváez, pero nadie olvida que éste fue el único político que le ganó una elección a Néstor Kirchner en el poder. ¿Podrá repetir su elección de 2009? La política siempre confía en que habrá una segunda oportunidad. Sea como sea, no hay otro candidato opositor bonaerense que convoque los votos que tiene De Narváez; el efecto de su arrastre podría ser decisivo para cualquier candidatura presidencial.

Macri se bajó cuando De Narváez lo notificó de que había iniciado conversaciones con Alfonsín. La relación entre ellos fue siempre extraña. Ni De Narváez aceptó el liderazgo de ese espacio que le planteaba Macri, ni Macri se resignó a ser rehén de las ambiciones y los modos de De Narváez. Cierta competencia por quién representaba mejor la novedad política influyó también en esa relación ya destruida.

Cuando coincidió que Carlos Reutemann se jubiló de hecho de la política, que De Narváez se hizo radical y que Duhalde entró en estado de desesperación, el peronismo disidente dejó de existir. Digan lo que digan, Kirchner le hizo un último favor a su esposa: se llevó a la tumba los restos de ese peronismo que había nacido a la sombra de su oposición. ¿Con qué apoyos contaría Macri entonces? ¿Por qué el líder capitalino se pavoneó tanto con su candidatura presidencial si antes no había tejido ninguna alianza segura?

En la otra vereda, Binner nunca fue notificado por el radicalismo de que había iniciado negociaciones con De Narváez. Si existiera la sinceridad intelectual, todos deberían aceptar que hay problemas de compatibilidad entre los socialistas y De Narváez. Alfonsín y Binner habían hablado de una fórmula conjunta, pero ni siquiera especificaron en qué lugar estaría cada uno. Así estaban las cosas cuando la sorpresiva noticia sobre la presencia de De Narváez le llegó a Binner junto con los diarios. Se hace política de otra manera.

Binner nunca estará en una misma alianza con De Narváez, aunque tampoco nunca lo debilitará a Alfonsín con una candidatura presidencial propia en nombre de una opción de centroizquierda. No irá como candidato de Pino Solanas y de Luis Juez. La vida ya me dio un beso con todos los cargos que tuve. No necesito otro lugar , le confió a sus íntimos.

Lavagna no cree, en cambio, en las adhesiones personales. Ya tuvimos esa experiencia con Cobos y no terminó bien , suele decir el ex ministro. Por eso les envió mensajes tanto a Duhalde como a Alfonsín: No insistan con mi candidatura vicepresidencial. No aceptaré ese lugar , les anticipó. ¿Para qué jugaron su nombre cuando ni siquiera habían tenido una conversación seria con él? ¿Por qué se sometieron al previsible no de un hombre que nunca tuvo el sí fácil?

Algo parecido sucedió con Graciela Ocaña, a la que el radicalismo sólo le ofreció ser candidata a diputada nacional en sus propias listas capitalinas. Le pidió algo más: que se acercara a De Narváez para barnizarlo a éste con cierto progresismo del que carece el candidato bonaerense. Nunca le dijeron que la necesitarían como candidata a vicepresidenta, pero su nombre y ese lugar ya se publicaron en todas partes. ¿Impericia? ¿Desesperación? No hay respuestas.

Alfonsín le mandó decir a Duhalde que es mejor que no se vean por ahora, porque aquel quiere consolidarse como progresista y no como duhaldista de última hora. Macri prefiere dilatar cualquier acercamiento con Duhalde porque éste no lo hace bien ante el receloso electorado porteño. Macri se juega su carrera política en las cruciales elecciones de la Capital del 10 de julio.

En ese contexto, las viejas intransigencias de Elisa Carrió cobran importancia: ¿para qué mezclarse en un fárrago inconducente de intentos fallidos? Carrió no había descartado una dura negociación final con el radicalismo hasta que cundió el desconcierto.

La candidatura de Cristina Kirchner ya ni siquiera despierta expectativas; está instalada en la política y en la opinión pública. Colaboradores cercanos desconfían, no obstante, de que su estado de ánimo termine arruinando la fiesta. Algunos de ellos han llegado, incluso, a explorar una fórmula entre Alicia Kirchner y Reutemann para el caso de que Cristina desistiera. Son reaseguros que se murmuran, pero que nadie sabe siquiera si cuentan con la aprobación presidencial.

¿Desistir? ¿Cómo haría la Presidenta para olvidarse de ese centelleo tan kirchnerista de que el Estado es una propiedad personal? ¿Cómo, cuando todas las encuestas le dicen que podría conservar ahora esa pasajera fantasía? ¿Cómo, cuando un reflejo extremadamente autoritario la llevó a confundir alegremente la fecha patria con un aniversario familiar? ¿Cómo, en fin, cuando se olvidó de que la historia empezó en 1810, dos siglos antes de que los Kirchner comenzaran a reescribirla?

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