La OTAN, ahora sin fronteras

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27 de noviembre de 2002  

LA Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) fue creada en 1949, como fruto del desengaño de Europa occidental y de los Estados Unidos tras las promesas pacifistas de la Unión Soviética expresadas en Yalta, pero ignoradas por el avance comunista sobre el centro de Europa. Cuatro años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, el presidente Truman impulsó una alianza de la que formaron parte su país, Canadá y nueve naciones europeas, a las que luego se sumaron otras. El pacto político-militar de defensa mutua prescribe la defensa colectiva en caso de ataque armado a cualquiera de ellas. La invasión nazi, nación por nación, a partir de 1939 y las agresiones soviéticas en Europa central habían sido ejemplos grabados a fuego en la memoria colectiva de Occidente.

Con la caída del Muro de Berlín, en 1989, y el posterior desmembramiento de la Unión Soviética, cundieron dudas acerca del futuro de la OTAN. Europa se había recuperado y fortalecido con la formación de la Comunidad Europea, los partidos comunistas del Viejo Continente estaban debilitados y el Pacto de Varsovia, simétrico opositor y su correlato económico, el Comecon, se habían desvanecido. ¿Tenía sentido, entonces, empeñarse en la continuidad de la alianza?

En ese contexto, los Estados Unidos impulsaron una propuesta dirigida a las naciones de Europa central, conocida como la Asociación para la Paz, que sin implicar una adhesión formal a la alianza ofrecía la perspectiva de un claro acercamiento a Occidente. Poco más tarde, otro hecho habría, asimismo, de gravitar: la intervención de la OTAN en la guerra desatada entre las naciones de la ex Yugoslavia, que no fue precisamente un ataque a una nación de la alianza, aunque sí un grave peligro para la seguridad europea. Finalmente, al cumplirse el 50° aniversario de la OTAN se incorporaron Polonia, la República Checa y Hungría y era ya un hecho la decisión de concurrir a cualquier lugar donde se incubaran armas atómicas, químicas o biológicas que entrañaran peligros para la seguridad europea. Mas recientemente, con la destrucción de las Torres Gemelas, tanto la guerra como el terrorismo quedaron globalizados.

Ahora, en Praga, se incorporaron a la OTAN otras siete naciones, con lo que la asociación abarca a veintiséis, con una frontera oriental que va desde el Báltico hasta el Caspio. Pero lo más trascendente ha sido la confirmación de que las acciones político-militares se extenderán hasta allí donde haya peligro de acciones terroristas y amenazas de ataques con armas de destrucción masiva. En consonancia, se decidió la formación de una fuerza de acción rápida y alta tecnología compuesta por 20.000 hombres. Como componente adicional de esta transformación hay que añadir la férrea actitud rusa en la lucha contra el terrorismo checheno, probable fuente de otras agresiones provenientes de la porción musulmana de naciones.

Pero, en tanto, es poco clara la relación entre las Naciones Unidas y la alianza atlántica. Si las previstas acciones militares contra Irak o cualquier otro objetivo tuvieran el aval del Consejo de Seguridad, el orden legal internacional se consolidaría. De no ocurrir así -y el poder de veto puede impedirlo- sobrevendría una fisura en esa armazón jurídica. Todos los esfuerzos que se hagan para lograr esa complementación serán, pues, bienvenidos.

La noción de intervención preventiva permite a la OTAN actuar en cualquier lugar del planeta en que se ejerzan acciones potencialmente destructivas que pongan en peligro la seguridad colectiva. Esta extensión universal del brazo armado de la OTAN se justifica en la medida en que las naciones líderes mantengan su posición favorable a los derechos humanos, a la soberanía racionalmente limitada de las naciones y a la defensa de las libertades esenciales. En otros términos, si persisten en sustentar los valores de Occidente.

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