La pantalla de la libertad

Hugo Beccacece
Hugo Beccacece PARA LA NACION
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23 de agosto de 2020  • 11:08

Desde que comenzó la cuarentena, me comporto como Tom Wingfield, el personaje de El zoo de cristal, de Tennessee Williams, mato el tiempo, y me mato, mirando películas. Tom tenía que salir de su casa para ir al cine a distraerse y liberarse de su familia. Yo, en cambio, pertenezco por mi edad a los grupos de riesgo, eso significa que se me recomienda no salir, pero hoy ya no necesito cruzar el umbral de mi hogar para ver historias ajenas en una pantalla.

Era muy chico, cuando descubrí el hechizo cinematográfico. Mis padres eran cinéfilos. Como gran parte del público de ese período (décadas de 1940 y 1950), no iban a ver cine nacional. Para mí, esa preferencia era un problema porque todavía no sabía leer y ya había visto ¿cien? películas, por lo menos, todas subtituladas. En los cines de barrio, se pasaban en continuado tres largometrajes ya sea en el programa de la tarde o en de la noche. Mi padre había convenido conmigo un código: cuando yo no entendía lo que pasaba en la trama, le tiraba repetidamente de la manga del saco. Él se inclinaba hasta mi oreja vecina y me resumía lo que sucedía. A la décima vez, se oían los bufidos de los espectadores cercanos.

Una tarde, el trío familiar fue a ver un programa de dos películas y, por una rareza que me desconcertó, una de ellas era argentina. Llegamos cuando estaban proyectando precisamente la nacional. ¡Qué deleite! Por primera vez, me sentí independizado de mi padre. No necesitaba explicaciones. Entendía todo. La película era El tango vuelve a París, con Alberto Castillo, el cantor de tangos; Elvira Ríos, la cantante mexicana de boleros; y el galán Fernando Lamas. Lo único para lo que no encontraba explicación era el hecho de que Lamas era más buen mozo que Castillo y, según mi experiencia de novel espectador, el buen mozo siempre era el protagonista bueno. Y Lamas, en esa película, era el villano.

Cuando terminó El tango vuelve a París, vimos la siguiente película, la que querían ver mis padres. Y, con ella, terminó el programa de la tarde. Pero como el espectáculo era continuado, le pedí a mi padre que nos quedáramos a ver lo que no habíamos visto de la película argentina. Él aceptó. Todo fue bien hasta que la nueva proyección llegó al punto en el que nosotros habíamos ingresado en la sala. Mis padres se levantaron y ni madre me indicó por señas que los imitara. Me negué. Me quedaría solo. A mi lado, había un señor, al que miré apenas un segundo. Sabía de memoria la dirección de mi casa. No tenía nada que temer. Seguramente mi vecino de butaca o la policía podrían acompañarme después hasta mi domicilio. Mis padres ya estaban en el pasillo central de la sala encaminándose hacia la salida. No iba a dar el brazo a torcer. Me di vuelta. Mis padres habían salido. Sentí despecho, pero un tango de Castillo y una de sus bromas, me hizo olvidar a los dos desertores. El señor que estaba a mi lado empezó a mirarme con extrañeza; yo, le sonreí. Del temor, había pasado a la felicidad. El cine me había convertido en un adulto, libre. Tenía el timón de mi vida en las manos. De pronto, una ola gigantesca se abatió sobre mi embarcación. Esa fuerza diabólica me levantó en un segundo de mi butaca y me arrastró hacia el pasillo, entre los espectadores sentados. Esa garra impiadosa era la mano izquierda de mi madre que se había apoderado de mi oreja derecha y, con ese solo apoyo, remolcaba mi nave con furor de Erinia. Y así, de la oreja retorcida, esa Medea porteña me llevó esclavizado hasta la calle. ¡La odié!

Ahora, a solas con Hollywood y Cinecittà, encerrado en mi casa, pero libre en el espacio de una pantalla, me pregunto: ¿para qué protegerse, si el virus más temible está afuera y dentro de los hogares argentinos desde hace noventa años?

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