La paranoia, política de Estado

Martín Dinatale
Martín Dinatale LA NACION
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23 de agosto de 2011  

Visiste a Néstor Kirchner en Río Gallegos en el verano de 1995. Nos habíamos conocido por intermedio de la entonces diputada Cristina Kirchner durante la Convención Constituyente en Santa Fe. Me recibió con mucho entusiasmo y, tras un escaso protocolo, dijo: "¡Estás de vacaciones! Con razón. Hace rato que no te leía". Entre sorprendido y descolocado, le pregunté por qué leía a un novel e ignoto periodista que en ese momento escribía en el diario El Cronista Comercial. La respuesta del entonces gobernador de Santa Cruz fue automática, directa y dicha entre risas: "Sigo a cada uno de los periodistas que conozco todos los días. Es pura diversión. Acá en el Sur nos sobra el tiempo y no hay mucho por hacer".

Una década después, la noche del 7 de julio de 2006, la senadora Cristina Kirchner, que ya era la candidata presidencial que aseguraba la continuidad del poder K, lanzó una dura crítica a los medios en el recinto de la Cámara alta. Apoyó sobre su banca una abultada carpeta de la que empezó a sacar recortes periodísticos marcados con resaltadores verdes y celestes. Embistió contra varios periodistas por cuestionar el mecanismo de creación de la comisión bicameral encargada de controlar los decretos de necesidad y urgencia presidenciales. Lanzó diatribas con nombre y apellido contra varios colegas de Clarín y de La Nacion. Cada vez que citaba un artículo de la carpeta, embestía contra el autor. El señalamiento público y el seguimiento exhaustivo de los Kirchner a mis colegas siguió siendo moneda cotidiana: es un componente del ADN del poder actual.

Hoy, cuando el tiempo y el poder la han alejado de muchos periodistas por el simple hecho de ser críticos, Cristina Kirchner mantiene una lógica similar en su relación con la prensa. El seguimiento y el amedrentamiento se disfrazaron de las más diversas formas, sutiles y no tanto. La compra de medios y de colegas funcionó como antídoto.

Por "pura diversión", como dijera Néstor Kirchner en 1995, o por el simple placer de hostigar en público, el esquema de seguimiento a la prensa se acentuó con los años. Sin embargo, en los últimos meses, se advierte un quiebre en la conducta de los funcionarios que rodean a la Presidenta y en aquellos dirigentes que suscriben a la causa "nacional y popular". La paranoia oficial se convirtió así en una verdadera política de Estado.

Quizá la muerte de Kirchner dejó de lado aquel esquema de perseguir por "pura diversión", y Cristina Kirchner ingresó en el campo del hostigamiento mordaz que caracteriza a los poderes con aristas autoritarias. No es que un estilo sea más suave que otro y que uno resulte menos justificable que el otro. Simplemente, son diferentes. Hay algunos casos que se acentuaron en los últimos tiempos y que marcarían esta diferencia de estilos. Por razones obvias, los nombres propios incluidos en estos ejemplos se mantienen en reserva. Veamos algunos ejemplos:

1) Un destacado dirigente kirchnerista del conurbano profundo llega a un bar de la avenida Corrientes para reunirse con un periodista de La Nacion. Antes de hablar, propone apagar los celulares de ambos y retirarles las baterías. "Ya no se puede hablar tranquilo como antes", dice, a modo de justificación. Tras una hora de diálogo, antes de despedirse, aclara: "Muchos sentimos que hay un Estado que lo espía todo. Pero nadie se anima a decirlo públicamente".

2) El secretario de un ministro clave en el armado electoral kirchnerista le exigió hace unos meses a un periodista que lo frecuentaba que en la mesa de entradas del edificio se hiciera pasar por un amigo personal del funcionario, por temor a que quedara asentado en el libro de ingresos que lo visitaba un periodista.

3) Un destacado ministro de Cristina Kirchner pone la radio a todo volumen o el aire acondicionado en pleno invierno cada vez que lo visita un periodista. Entre la resignación y la sorpresa del hombre de prensa, el funcionario hace gestos desesperados y muecas como si hubiera interferencias de posibles micrófonos ocultos en el lugar. ¿Cómo comprobarlo?

4) Un diplomático de carrera de la Cancillería cita a un periodista en un bar cercano al Palacio San Martín. Tras diez minutos de espera, llega un secretario y avisa que la reunión cambió de lugar y acompaña al periodista a un restaurante situado a diez cuadras. Finalmente, el funcionario se disculpa por tanta "desinteligencia". Luego admite, entre molesto y resignado: "Los que estamos en el Gobierno vivimos en permanente paranoia. Esto ya casi es una enfermedad".

5) "Los teléfonos fijos ya no son fiables, los celulares mucho menos. Hay que buscar una casilla de correo alternativo que diga sólo "puntocom", porque si dicen "puntocom" - " puntoar" es más factible que lo chupe la SIDE", advierte un dirigente peronista que trabaja en el Gobierno y que compara la situación con tiempos más oscuros. ¿Sobreactuación?

6) Ya son dos los funcionarios que aseguran en reserva que cuando ven en un acto partidario al jefe de la SIDE, Carlos Icazuriaga, se le pegan al lado para que sus hombres sepan que lo conocen y así confían en que no serán espiados. ¿Ilusión o deseo?

7) Hace tres semanas, un intendente del conurbano se reía de los tiempos en que Eduardo Duhalde se jactaba de tener un teléfono satelital que no sufría interferencias cuando llamaba a ministros de Néstor Kirchner. Hace tiempo que el ex presidente no dialoga con ningún ministro.

8) Una página web de dudosa procedencia como es LeakyMails publicó recientemente un amplio listado de mails de funcionarios, periodistas, empresarios y jueces. Cuando La Nacion preguntó a varios voceros de los ministros involucrados en el asunto sobre la autenticidad de estos mails, hubo un silencio oficial más que llamativo. Unos días más tarde, la ministra de Seguridad, Nilda Garré, pidió a la Justicia que se cerrara ese sitio y la Comisión Nacional de Comunicaciones bloqueó la página. En épocas de Néstor Kirchner se asentaron denuncias judiciales por un hackeo masivo de mails similar al de LeakyMails. Involucraba, entre otros, a jueces de la Corte y al presidente provisional del Senado, José Pampuro. Pero nunca se supo qué pasó con esas denuncias.

¿Será que desde lo más empinado del poder la regla es emular al extremo el 1984, de George Orwell? A estas alturas, el Gran Hermano parece apenas un cuento de hadas en comparación con los tiempos que corren. Hace unos días, el ex jefe de Gabinete Alberto Fernández se refirió también al fantasma orwelliano que rodea hoy al kirchnerismo en una carta abierta a la Presidenta que publicó este diario.

Desde siempre, el poder está lleno de grises y los críticos suelen molestar al régimen instaurado. Algo de esto comenta el escritor español Manuel Vicent cuando recuerda el teorema de la realidad inalámbrica. "Basta con que un político crea que el micrófono está apagado para que deje de ser previsible, falso y relamido, y llame hijoputa a un correligionario. Esa es la verdad inalámbrica, la única que merece ser atendida y respetada, porque es realmente lo que siente o piensa quien la emite", reflexiona Vicent.

Sin embargo, el temor (¿será muy fuerte decir terror?) a las reprimendas de la Casa Rosada caló tan profundo entre los funcionarios kirchneristas en los últimos tiempos que ya no hay siquiera realidad inalámbrica posible para los periodistas. La realpolitik se divide, así, entre la vida "perfecta" que muestra el poder y las verdades ocultas que se cuelan por algunas pequeñas rendijas.

Lo más grave de todo esto no es que los periodistas dejemos de ser recibidos por funcionarios, que los teléfonos del poder ya no contesten a la prensa crítica y que en las redacciones haya que conformarse con el mensaje de 140 caracteres redactado en Twitter por un ministro cibernético. A muchos periodistas este esquema ya les resulta normal y hasta aceptable. Yo me sigo negando a que el presente sea considerado un estado ideal.

Lo peor de todo, en rigor, es que si seguimos a este ritmo la democracia pierde en calidad o por lo menos carecerá de una parte importante del relato verdadero de los hechos. Los primeros borradores de la historia, como son considerados los textos de un periodista, estarán llenos de agujeros negros y baches inadmisibles.

Por otra parte, si revelar la verdad de un hecho significara atentar contra el poder, como presuponen los amanuenses del kirchnerismo, bien vale la pena preguntarse entonces: ¿cuántos secretos de Estado puede encerrar la opinión crítica o una visión aguda de un funcionario de turno? La respuesta en una sociedad moderna es sencilla: muy pocos. El propio Orwell comentó, poco después de escribir 1984 , que "el objetivo tácito de esa argumentación es un mundo de pesadilla en el que el jefe, o la camarilla gobernante, controla no sólo el futuro, sino también el pasado".

¿Será pura coincidencia con el esquema actual de paranoia que impera en el poder? ¿O se tratará de una diversión más del aparato de control kirchnerista? En este último caso, la jugada ya no resulta tan divertida. © La Nacion

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