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La patria intelectual ¿Qué es hoy el pensamiento nacional?

Raquel San Martín
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22 de junio de 2014  

Crédito: Ilustración: Martín Balcala

El problema, en el fondo, estuvo en el nombre. Si a Ricardo Forster le hubieran encomendado coordinar estratégicamente el "pensamiento argentino" es probable que la polémica -que alcanzó hasta a los intelectuales K- no hubiera sido tal. Pero al hablar de "pensamiento nacional", la Secretaría creada por decreto presidencial en la órbita del Ministerio de Cultura a comienzos de este mes tocó uno de los nervios más sensibles del heterogéneo y plural campo intelectual argentino. Mientras el Mundial de fútbol y la negociación obligada con los fondos buitre han hecho emerger sentimientos nacionales de toda especie, las preguntas se vuelven pertinentes: ¿a qué se puede llamar hoy pensamiento nacional? ¿Qué sentido tiene hacerlo en la era de las redes académicas y la construcción cooperativa del conocimiento? ¿Por qué lo "nacional" sigue condensando significados controvertidos en la Argentina, más vinculados con lo autoritario que con lo común?

Mientras para algunos hablar de pensamiento nacional condensa una mirada limitada y arcaica -cuando no interesada- o al menos desinformada de cómo son las cosas en la vida cotidiana de la investigación social, para otros la expresión es, por el contrario, un rasgo de época en los países emergentes, como el nuestro. En cualquier caso, la polarización que en esta década también atravesó a los intelectuales y académicos tiene sus particularidades, entre ellas, que quizá resulte más persistente entre ellos que en el campo más volátil de la política.

"El nombre de la Secretaría invoca una concepción anticuada del «pensamiento» como el trabajo de una elite letrada al servicio del Estado. En la era de bloggers y manifiestos en YouTube, esa visión resulta arcaica y descorazonadora -apunta el politólogo argentino Aníbal Pérez-Liñán, profesor en la Universidad de Pittsburgh-. El segundo problema es que la idea del pensamiento nacional se contrapone a un supuesto «pensamiento internacional» generado en el extranjero, del que nos tenemos que defender y frente al que, implícitamente, nos colocamos en una postura subalterna. La realidad es que los intelectuales argentinos hoy son parte de las redes internacionales que definen el debate globalizado. Ricardo Forster, que ha sido profesor visitante en mi universidad, es un buen ejemplo de eso."

Que las fronteras geográficas definan modos de pensar parece tan caprichoso hace siglos como en el planeta globalizado -imperfecta y desigualmente- en que vivimos. "Hablar de pensamiento nacional es problemático hoy y hace un siglo. Somos parte de una cultura periférica que se formó en contacto con culturas metropolitanas. No hay originalidad absoluta del pensamiento, pero sí tradiciones nacionales, definidas, entre otros aspectos, por la lengua y las experiencias sociales. Todos estamos globalizados, pero no todos a través de las mismas experiencias, ni con los mismos recursos ni en las mismas posiciones", apunta Alejandro Blanco, profesor de la Universidad Nacional de Quilmes y de la Universidad Nacional de La Matanza e investigador del Conicet.

Esas maneras particulares de construir lo nacional se ponen en juego también cuando un académico se enfrenta al "bazar de teorías" hoy disponible. "Cuando uno hace historia intelectual se nutre de teorías y presupuestos que son de origen metropolitano, va adaptando esos préstamos que toma y mezcla con las tradiciones nacionales. Una nación no piensa, sino que lo hacen grupos sociales, que luchan por hacer conocer y prevalecer su pensamiento", explica Blanco.

En el libro Provincializing Europe, el historiador indio Dipesh Chakrabarty lo pone bien claro: las categorías cruciales del pensamiento europeo son a la vez indispensables e inadecuadas para pensar otras regiones del mundo. Lo cita el antropólogo Alejandro Grimson, profesor de la Universidad Nacional de San Martín (Unsam) e investigador del Conicet, y con eso abre la puerta a todo un activo campo de estudios sociales -los llamados "subalternos" o "poscoloniales"- que la mención al "pensamiento nacional" desde el Estado argentino desconoció redondamente. "Hay tres vertientes: el pensamiento eurocéntrico, el pensamiento autóctono y otra que refleja la tensión entre el pensamiento localizado y la producción global de ideas -dice Grimson-. Si por pensamiento nacional se entiende un pensar autóctono y divorciado de otros pensamientos, es una reacción al eurocentrismo que empobrece. Ahora, si los pensamientos situados, a nivel latinoamericano, nacional o local, son considerados en plural, en sus heterogeneidades constitutivas y en sus diálogos no sólo con Europa, sino con África, la India, China, puede ser un pensamiento cosmopolita efectivamente situado. Lo que se pretende cosmopolita no tiene por qué ser eurocéntrico", señala.

Pero esta forma de mirar el mosaico global habilita también otras conclusiones, más cercanas a las que parte del campo intelectual oficialista viene sosteniendo, con sofisticación diversa. "La mayor parte de las naciones periféricas o emergentes están cruzadas por una polémica central respecto de cómo darse su modernización, si a través de una absorción mayúscula de los valores de los países centrales o de factores propios que, a veces, hay que conservar y en otros casos revitalizar", describe Ernesto Villanueva, sociólogo y rector de la Universidad Nacional Arturo Jauretche, en Florencio Varela, creada en 2009, con el nombre de uno de los intelectuales centrales del panteón peronista. "El pensamiento nacional tenía en el pasado menor espacio a raíz del predominio total de las naciones centrales pero ahora, con el resurgir de nacionalismos periféricos, la búsqueda de propios intereses, de temas de investigación acordes con las necesidades de cada país, son moneda corriente", afirma.

Ideas en plural

La escena intelectual argentina nunca pudo describirse en singular, coinciden los expertos, sino mucho más como un campo de tensiones y disputas entre grupos para hacerse escuchar. Como ahora.

"El «pensamiento nacional» surgió varias décadas atrás como un movimiento doble. Por un lado, buscó mostrar que las ideas de aquellos intelectuales locales que retomaban sin más ciertos modos del pensar, particularmente los de la tradición liberal, colocaban lo europeo (y lo «blanco») en una situación de superioridad respecto de lo nativo. Algunos avanzaron un poco más para hacer visible la conexión entre esa jerarquía implícita y la que otorgaba a la burguesía pampeana una misión directriz -afirma el historiador e investigador del Conicet Ezequiel Adamovsky-. El segundo movimiento proponía un supuesto «interés nacional» como foco organizador alternativo para las nuevas ideas. El «pensamiento nacional» tuvo la virtud de iluminar el sesgo étnico y de clase de las ideas supuestamente «universales», pero la alternativa que ofreció a cambio me parece que está política e intelectualmente agotada hace ya tiempo. Lo que hoy se nombra como «pensamiento nacional» retoma una discusión de otras épocas de manera instrumental, sin valor para el momento actual. No me parece casual que el propio Forster esté tan poco cómodo con ese rótulo."

Será el peronismo el gran tamizador del "pensamiento nacional", con comillas. "Lo nacional entendido en singular es un paradigma central en la historia ideológica del peronismo, en el que históricamente se confunden nacionalismos de derecha y de izquierda y atributos de la llamada cultura popular para dar forma a una idea única de cultura y de política -dice el historiador Federico Finchelstein, profesor de la New School for Social Research en Nueva York-. Todas las formas del peronismo, de izquierda y de derecha, en toda su historia, coinciden en sostener una idea exclusiva de país y de cultura que identifica a la tropa propia con la nación argentina en su conjunto."

Es clásico referirse al "antiintelectualismo" del movimiento peronista, pero en un sentido, al menos, es discutible. "Hay una tradición peronista que identifica a los intelectuales con un cosmopolitismo que trasciende las fronteras y pone en duda la singularidad nacional. Y otras tradiciones inscriben al pensamiento en un provincialismo que tiende a convertirlo en razón instrumental a los intereses políticos del poder de turno. Estos intelectuales instrumentales, que elogian, interpretan e incluso reflexionan sobre el alcance de la palabra y los deseos del líder son ampliamente reconocidos por el Estado", afirma Finchelstein.

Dentro y fuera del peronismo, el rótulo "nacional" es problemático para los oídos argentinos, y acabó por resonar muy parecido a autoritario. "La palabra nacional molesta porque fue usada para fines de lo más diversos y contradictorios. Uno de los capítulos menos explorados de su utilización es el nacionalismo de la última dictadura y la guerra de Malvinas, que asoció lo nacional a lo autoritario y lo democrático a lo no nacional -apunta Grimson-. Tendríamos que aspirar a una democracia que recupere la idea de lo nacional, como forma de abrirse al mundo, y que considere que lo nacional no puede ser viable sin estar construido democráticamente."

Menos provincianos

Será por todos estos argumentos que a los académicos profesionales, acostumbrados a las redes, la investigación conjunta con colegas extranjeros, la formación en el exterior y los viajes -que, paradójicamente, el Gobierno del "pensamiento nacional" promovió- les resulte entre arcaico e incómodo hablar de un pensar exclusivamente autóctono. Aunque seguramente puedan dar cuenta de formas de embanderamiento oficialista bien visibles -cátedras, proyectos de investigación, declaraciones públicas de autoridades y profesores- y más sutiles también, sobre todo en algunas universidades estatales.

"En la universidad argentina circulan las teorías, los conocimientos y las personas como no lo hacían hace 20 años. La gente está más expuesta a experiencias de tradiciones distintas, y el conocimiento se construye mucho más internacionalmente -apunta Blanco-. Esa internacionalización tiene su costo: se uniformiza el lenguaje, se pierde un poco de particularismo, los espacios se vuelven más neutros porque van perdiendo el espesor de lo local. Pero de la posguerra en adelante la circulación de académicos cambió el perfil de las universidades y la percepción que tienen los académicos de lo que hacen. Nos volvimos menos provincianos para pensar lo nacional."

Para los más escépticos, sin embargo, esta controversia se explica sólo como un capítulo del ocaso de la "batalla cultural" que llevó la polarización K-anti K al campo intelectual. "Es una impostura para el kirchnerismo suponerse representante del pensamiento nacional de las primeras décadas del siglo XX, que se enfrentaba al nacionalismo oligárquico y criticaba la dependencia del país con respecto al Reino Unido. El acuerdo con Chevron con cláusulas secretas, con el Club de París y las concesiones a las corporaciones de la megaminería lo niegan. Más allá de lo que pase en 2015, el kirchnerismo dejará marcas culturales en este intento de llevar la polarización política a la arena cultural", apunta Lucila Edelman, psicoanalista y miembro de Plataforma 2012, un colectivo de intelectuales que se pronunció en rechazo a la Secretaría, cuyo nombre y funciones, sostienen, "remiten a la idea de pensamiento único y disciplinamiento".

Para otros, sin embargo, la polarización cultural no es una innovación kirchnerista. "Lejos de ser una anomalía, es un patrón de funcionamiento de la cultura argentina, desde el siglo XIX y durante el XX", describe Blanco.

El propio polo oficialista de la cultura podría desmentir las pretensiones de un pensamiento autóctono. Algunas actividades que se organizan en la Biblioteca Nacional -alrededor de Borges, Cortázar o Martínez Estrada- serían impensables en el Instituto Dorrego. Y el propio director de la Biblioteca, Horacio González, objetó por "desafortunado" el nombre de la Secretaría que conduce Forster en una columna publicada en Página 12. En esa línea, no todos están de acuerdo con cerrar el canon de la ideas a la adscripción a una causa. Como dijo hace poco un miembro de Carta Abierta, para provocar a sus propios compañeros de militancia intelectual, "finalmente, el matrimonio igualitario es más liberal que nacional y popular".

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