La peligrosa agenda social que se cocina a fuego lento

Jorge Fernández Díaz
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9 de marzo de 2014  

Si el gobierno de la Alianza hubiera contado con los precios internacionales que empujaron al kirchnerismo, hoy De la Rúa sería De Gaulle, y si los precios de las commodities que obtenía aquel país escuálido se aplicaran a la performance actual, Cristina sería Isabelita. Esta irónica conclusión, que también es una ucronía, surge de cálculos fríos que elaboró el ensayista Martín Tetaz, experto en comportamiento económico y autor del interesante libro Psychonomics . Las matemáticas son contundentes y ponen negro sobre blanco el fenómeno de la "década ganada", pero es un cuadro necesariamente incompleto, puesto que la soja alta no hubiera salvado las contradicciones de la convertibilidad como tampoco salvará ahora lo poco que queda del modelo kirchnerista, y luego está el factor político, que influye de manera decisiva sobre las finanzas públicas: el movimiento de Perón, que a pesar de masivas deserciones hoy garantiza la gobernabilidad de Cristina, hace doce años le quitó el apoyo a la coalición no peronista y nos hundió a todos en el abismo.

Una encuesta secreta que está en manos de la oposición muestra que la Presidenta perdió casi diez puntos de imagen positiva durante este largo verano. También, que el 79 por ciento de los argentinos tiene una visión negativa sobre la economía, el 65% cree que mantenemos un rumbo equivocado y el 58% espera un año de crisis. Lo verdaderamente interesante es que un alto porcentaje de ciudadanos está a la vez de acuerdo con el control de precios, el rol activo del Estado, el mantenimiento de la Asignación Universal por Hijo, la estatización de YPF, la reducción de impuestos y la necesidad de que Cristina cumpla su mandato en tiempo y en forma. Una primera lectura de estos datos demostraría que sin una catástrofe macroeconómica e institucional, la pendular sociedad argentina no regresaría a los conceptos neoliberales. Más allá de detalles, y de desear políticas un tanto contradictorias, lo cierto es que la mayoría silenciosa reivindica los postulados generales del Gobierno, pero reprueba fuertemente la gestión efectiva. Algo se aclara con otro sondeo, que también está en manos de referentes de la oposición y que se realizó sólo en el área metropolitana. A la pregunta sobre cuál fue el mejor presidente de los últimos treinta años, para porteños y bonaerenses Raúl Alfonsín y Néstor Kirchner marchan a la cabeza con cerca del 30% cada uno, mientras que Cristina sólo cosecha el 13%. La competencia entre la jefa del Estado y su propio marido es hipotética e injusta: también se les podría aplicar a las distintas administraciones del matrimonio Kirchner las condiciones macroeconómicas que les tocaron en suerte. Uno está tentado de pensar que si Cristina hubiera protagonizado el primer período y no los dos últimos, otro gallo cantaría. Pero de nuevo entra en cuestión el factor político: ¿habría logrado ella, con su inflexibilidad de legisladora aislada y su falta de experiencia administrativa, lo mismo que logró él? Esta pregunta no es meramente retórica, puesto que la verdadera capacidad del piloto de tormentas sigue siendo un interrogante crucial. Quizá lo sea incluso hoy más que nunca.

Es que sólo los ingenuos pueden pensar que las alquimias cambiarias del Banco Central nos han conducido a una beatífica primavera. Debajo de ese paisaje confortable se combinan dos peligrosas corrientes térmicas: el enfriamiento general de la economía y el recalentamiento feroz del déficit fiscal. Está cada vez más claro que si la única política antiinflacionaria consiste en congelar las tasas y recoger los encajes bancarios (verdadera bala de plata del sistema, que ya se perdió), si la inflación se espiraliza comiéndose el colchón producido por la devaluación de Kicillof (se calcula un índice real del 6% para febrero y un crecimiento aún mayor para marzo), si en lugar de ahorrar estamos dilapidando cada vez más (el gasto público subió 44% en enero) y si la estrategia con Washington consiste en pedirle ayuda y después sacudirle algún bofetón (como hizo Timerman esta semana con el tema del narcotráfico), más temprano que tarde la primavera se transformará en un cruel invierno. Y todavía faltan las secuelas de la quita de subsidios, que posiblemente impactarán en la clase media del mismo modo en que lo hizo aquel impuestazo de José Luis Machinea, con efecto recesivo y baja del consumo: no sólo se perjudican en estos casos los pequeñoburgueses, sino las clases más bajas que trabajan en servicios pasibles de ser cancelados.

Es justamente en esos segmentos desprotegidos donde más pega la estampida de precios y la recesión que la acompaña. Dos datos indicativos: las naftas acumulan una suba del 60% en un año. Y el 16% de las automotrices y los frigoríficos ya decidieron reducir puestos de trabajo. Los trabajadores en blanco tienen un problema (la inflación), una amenaza (los despidos) y una esperanza (las paritarias). Pero más del 35% de los argentinos trabaja en negro y no tiene quién le defienda el salario: allí el daño será directo, sin amortiguaciones posibles.

Este panorama hace pensar que mientras la política habla de bicicletas financieras, relatos, contrarrelatos y códigos penales, una turbia y larvada agenda social se cocina a fuego lento en la Argentina. Cuentapropistas, tercerizados, cesanteados, cooperativistas, manteros, ocupantes ilegales, desempleados, punteros y habitantes de las villas miseria protagonizaron una temporada estival de cortes, piquetes y copamientos. La conflictividad social tuvo picos históricos en diciembre, y durante los dos meses posteriores mantuvo niveles altísimos: en marzo se suman los paros de los principales gremios, jugados a suerte y verdad por mantener los sueldos a flote en este mar encrespado. Pero es la marginalidad, cruzada por el delito y la desesperación, el caldo de cultivo más preocupante. No sólo porque el ajuste suele multiplicar la inseguridad y la violencia callejera, sino también porque los actores más vulnerables son proclives a la turba y hasta el vandalismo cuando el Estado está ausente y el agua les llega al cuello. Los episodios de Villa Lugano y de Saavedra de hace una semana sugieren un clima enrarecido. Pese a que en ambos casos hubo razones y manipulaciones locales y específicas, fue relativamente sencillo para los cabecillas conseguir que muchos desesperados se plegaran primero a la usurpación masiva y el domingo a los destrozos barriales. Los testigos aseguran que sesenta personas salieron como pirañas de Villa Mitre, quemaron automóviles, incendiaron casillas de seguridad, atacaron casas particulares y robaron motos. Fue una noche de terror. Encuadrar estos asuntos en la eterna crisis de la vivienda y en el simple barrabravismo impide reconocer los olores del polvorín.

Cristina Kirchner puede y debe sortear este momento delicado. Su proyecto ideológico y operativo está herido de gravedad. Y hoy el problema crucial es que el herido no se deja ayudar, y que incluso de vez en cuando se flagela a sí mismo con lastimaduras de chambón. Pero para ordenar la economía, recortar lo superfluo, redireccionar el presupuesto, atemperar la inflación, conseguir que la temida recesión no llegue al hueso y poner algodones y analgésicos a los que más sufren es necesario un piloto que adopte las ropas de estadista y abandone en este tramo final su uniforme de militante. Porque cuando se acaba el oro de las arcas, no queda otra opción que hacer política. Política de verdad. Algo que este gobierno jamás hizo.

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