La peor señal, un país sin ideas

Por Germán Sopeña
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21 de octubre de 2000  

Lo más grave de estos días no es que la economía no crezca ni que el riesgo país vuelva a aumentar, como sucedió esta semana. Lo peor es la sensación de falta de ideas, que parece expandirse gradualmente.

Sin ideas movilizadoras, no hay confianza, ni proyectos ni inversión. Apenas ajustes sobre ajustes en las proyecciones que ya miran al año 2001 como tan difícil o aun más que el actual, que mostrará un crecimiento prácticamente nulo.

Así lo prevé, por ejemplo, en el momento actual, el flamante presidente de la Asociación de Fabricantes de Automotores (Adefa), Cristiano Ratazzi, que asumió anteayer en un año de oscuras perspectivas para su sector.

"Lamentablemente, la previsión de hoy es que la producción automotriz argentina va a descender el año que viene por debajo de las 300.000 unidades; ni siquiera podremos alcanzar los 305.000 vehículos de este año, cifra a la que llegamos gracias al plan Canje", estima Ratazzi.

Las expectativas empresariales son de una dimensión comparable a la de la incertidumbre de los últimos días, dominadas por el interminable episodio Santibañes, que ya perjudica a todo el movimiento económico.

Las sensaciones de incertidumbre se hicieron oír esta semana en las rutas, donde mostraron su enojo los productores agropecuarios y los transportistas que viven del campo; o en las calles de la Capital, donde expresaron su preocupación los dueños y empleados de las pequeñas empresas y comercios que notan, día tras día, la caída de la actividad económica; o en ciudades del Sur, donde se protesta contra la eventual anulación de la exención impositiva a los combustibles.

En todos los casos, las quejas son previsibles: "Así no va; hacen falta medidas; en el Gobierno sólo hay peleas internas y nadie decide; la presión fiscal es insostenible", y otras frases por el estilo.

Sin embargo, la falta de ideas creativas que muchos reclaman al Gobierno, es un déficit que también puede detectarse en el sector privado productivo, que parece a menudo paralizado por la percepción generalizada de falta de alternativas.

Algunos ejemplos: no hubo peor idea, esta semana, que la de unos intolerantes productores agropecuarios y camioneros que, en Junín, produjeron el descarrilamiento de un tren luego de desmontar pedazos de vía para producir un grave accidente que pudo provocar víctimas, además de las considerables pérdidas económicas.

Si ésa es la mejor idea que pueden tener los llamados sectores productivos, cabe preguntarse sombríamente sobre el futuro del país.

Otro caso: mientras productores patagónicos protestan con indignación sobre los combustibles, los lamentos por la interminable crisis lanera pueden chocar con ciertos datos inapelables. Según nos informa un especialista indiscutido como el ex secretario de Comercio Alberto de las Carreras, la Argentina, que tanto necesita exportar, tiene atribuidas 23.000 toneladas anuales de carne ovina para vender en el ávido mercado europeo, que suele privilegiar al cordero sobre la carne vacuna. Sin embargo, apenas se exportan 1000 toneladas anuales, por falta de producción apta para exportar.

Al mismo tiempo, Nueva Zelanda exporta un millón de toneladas de carne por año, de las cuales 400.000 toneladas son de carne ovina.

¿Faltan ideas en la Argentina? Sin duda. ¿Falta trabajo? También.

Y volvemos a una frase esperanzada de Ratazzi: "Con sólo dos o tres señales positivas, la Argentina podría atraer otra vez un gran entusiasmo inversor internacional".

Esas señales se llaman ideas. Hay que buscarlas casi con desesperación.

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