La Plata y su teatro

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31 de octubre de 2000  

EL renacimiento del teatro Argentino de La Plata -que esta noche volverá a funcionar como sala de ópera, con sede propia, después de un paréntesis obligado de 23 años- es un acontecimiento cultural que merece ser celebrado.

El enorme complejo edilicio construido por el gobierno de la provincia de Buenos Aires en el mismo estratégico terreno en el que funcionó durante 87 años el antiguo teatro lírico del mismo nombre (inaugurado en 1890 y destruido por un incendio en 1977) viene funcionando ya desde hace algún tiempo como escenario de espectáculos de diverso carácter, pero esta noche, con la reposición de "Tosca", volverá a ser asiento del género que le dio, en el pasado, gloria y nombradía: la ópera.

Considerado durante muchas décadas como el segundo gran teatro lírico de nuestro país -el primero, obviamente, era y es el Colón-, el Argentino soportó una durísima prueba cuando las llamas arrasaron su espléndido edificio histórico en una velada fatídica de 1977.

Durante 23 años, los elencos artísticos del teatro oficial bonaerense deambularon con suerte diversa por distintos escenarios de La Plata y de otras ciudades de la provincia, mientras la construcción de su nueva sala se demoraba en el tiempo como resultado de las discontinuidades administrativas propias de un país que estaba sumido en la incertidumbre política e institucional.

El azar ha querido que el Argentino renazca como sala de ópera en momentos poco gratos para el Colón, que está tratando de salir de la circunstancial parálisis a que lo condenó un lamentable entredicho de origen gremial.La oportunidad es propicia para que la sociedad en su conjunto reflexione sobre el alto sentido de responsabilidad con que deben gobernarse estos complejos centros de cultura y formule votos para que todos los sectores involucrados -funcionarios, artistas y delegados gremiales- se comprometan a considerar con el máximo respeto los intereses del público usuario, evitando la utilización de metodologías extorsivas o intimidatorias como las que condujeron, días atrás, al cierre del Colón. La cultura no debe ser rehén, en ningún caso, de negociaciones con trasfondo político o sindical.

El momento es adecuado, también, para que se reflexione sobre los alcances de la misión subsidiaria del Estado -nacional, provincial o municipal- en el campo de la cultura. La construcción y el funcionamiento de un teatro de ópera son tareas que el sector privado no está generalmente en condiciones de asumir.

Por eso los teatros líricos son, en casi todo el mundo, instituciones de carácter público. Se cumple, así, el postulado de la subsidiariedad del rol del Estado, que no debe rehuir su parte en el sostenimiento de aquellas empresas culturales que, por su naturaleza, no suelen estar al alcance de la iniciativa de los particulares.

El Estado debe tratar de mostrarse como un productor artístico eficiente y riguroso, lo que no significa -por supuesto- renunciar a un manejo austero y celoso de los recursos públicos movilizados con ese fin.

Cuando esta noche se inaugure la sala Alberto Ginastera del Teatro Argentino, dotada de modernos equipos y con capacidad para 2200 personas, la ciudad de Dardo Rocha habrá recuperado su principal templo de arte, emplazado -no por casualidad- en el prolongado eje cívico, institucional y religioso que enmarcan las avenidas 51 y 53.

La Plata cierra hoy una vieja herida, que provocó consternación y no pocas controversias. Cuando el incendió destruyó la sala muchos platenses se inclinaron en favor de la idea de reconstruir el antiguo teatro, respetando hasta en los más mínimos detalles el trazado de su entrañable arquitectura original. Otros, en cambio, consideraron que no era posible ni conveniente volver al pasado y propusieron que se levantara, en el histórico solar, un complejo teatral de líneas arquitectónicas modernas. Este último criterio fue el que finalmente se adoptó y eso explica que La Plata tenga, hoy, un centro artístico de avanzada.

El Colón y el Argentino son dos baluartes fundamentales del teatro musical. La sociedad espera que sean conducidos con la eficacia y la dignidad profesional que merecen.

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