La política del agua destilada

Por René Balestra Para LA NACION
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22 de junio de 2002  

"Por preocupación antipolítica he hecho yo mismo política, porque estar contra la política es también hacer política."

Eugene Ionesco

En la República Argentina de nuestros días se ha vuelto aleccionador seguir el pensamiento de mucha gente (demasiada) que, a través de cartas de lectores, manifiestos, solicitadas, intervenciones radiales y televisivas o artículos, sostiene la imperiosa necesidad de que nuestra política y nuestros políticos futuros sean químicamente puros, como el agua destilada. Marco Porcio Catón, el famoso censor romano, tiene hoy entre nosotros una avalancha de discípulos. Seguramente -y esto no es un ejercicio de infamia hacia nuestros compatriotas contemporáneos-, la mayoría no debe de tener en el ámbito privado de sus acciones cotidianas o en su comportamiento público el nivel de austeridad y honestidad del romano. Pero no es la paja en el ojo ajeno la preocupación principal de estas líneas, sino el análisis, lo más sereno posible, de la naturaleza de la política.

La verdad de Perogrullo, enorme como una casa pero casi siempre soslayada o ignorada, es que todos somos políticos y forzosa y necesariamente vivimos dentro de la política. Vivir dentro de la polis, en medio o junto a otros como nosotros, nos convierte en pasivos y en activos de la política. Incluso el anacoreta, siempre, ha estado involucrado en el tema. Estar aislado, separado, apartado lo convierte en parte de lo que rechaza. No es que sea una condena o un designio maléfico. Sencillamente es. Como lo enseñó para siempre Aristóteles cuando dijo que debajo de la sociedad están las bestias y encima de ella los dioses. Vivir en sociedad es vivir políticamente, como sinónimo de humanidad.

Hasta las lágrimas

Por el contrario, los apartados del mecanismo del sufragio, léase de la vida de los partidos, de sus centros, unidades básicas o comités y de los procesos electorales para postularse como candidatos y ser votados después por la ciudadanía proclaman una independencia, teñida o pretendida, de santidad. Una de nuestras dos abuelas solía decir que hay momentos en que uno tiene que ser sincero hasta las lágrimas. En ese intento y con esos límites debemos acordar que la historia de los independientes ha seguido entre nosotros un sendero que, gramaticalmente, tiene este itinerario: los independientes pierden primero el "in" y quedan "dependientes". Luego abandonan el "de" y entran o caen en la "pendiente", para terminar dejando de lado el "pen" y quedar reducidos y transformados en puros "dientes". No es la historia, desde luego, de todos los inicialmente independientes. Existen excepciones, pero, como en la gramática, sirven para confirmar la regla.

La vida política es como la vida. Cuando se tiene, aunque sea imperfecto, un margen de democracia, esa vida se vuelve expuesta, exhibida, conocida por todos. Los formidables medios de comunicación, por motivos santos y no tan santos, colocan al político en la vidriera para que todos lo vean. El comercio, la industria, la justicia, el gremialismo obrero, la vida educativa en sus tres niveles, los instrumentos mediáticos, también son sinuosos.

Sin querer lastimar sentimientos religiosos, que son, como todos los sentimientos, legítimos y respetables, ¿qué análisis de introspección hacen los Savonarolas argentinos antipolíticos de nuestros días y que militan o pertenecen a la iglesia mayoritaria con respecto a su propia iglesia? Cuando es implacable con la diversidad de posturas de ciertos jefes políticos partidarios o ciertos manejos indebidos e indeseables de sus unidades básicas o comités, ¿el católico apostólico romano argentino de nuestros días habla por uno de sus obispos que tiene acciones y omisiones típicamente nazis o por otro que coincide casi invariablemente con el extinguido comunismo? Eso, para no hacer referencia a uno que tenía una mesa de dinero en la provincia de Santa Fe o a otros que persiguen niños o adolescentes sin intenciones litúrgicas.

Expectativas desaforadas

Ni las fallas de los políticos ni las de los funcionarios de ningún tipo deben ser eximidas de responsabilidad. Máxime cuando alguien tiene miles de voluntades expresadas en el voto que lo convirtió en representante. La crisis de ejemplaridad se vuelve un escándalo porque el escándalo sobreviene a raíz de la defraudación de las expectativas. Pero estas expectativas tienen la obligación de ser razonables y no desaforadas. Si a un formidable orador se lo presenta como a Demóstenes o a un excelente poeta como Píndaro, seguramente se condenará a ambos a un fracaso, porque no estarán a la altura de esos dos paradigmas griegos de la oratoria y de la poesía.

El agua destilada es químicamente pura, no tiene vestigios de contaminación, pero es imposible de beber. El organismo humano no la asimila. Sólo sirve para las baterías y los motores. El agua podrida está llena, repleta, de gérmenes patógenos que la hacen imposible de ingerir bajo riesgo de muerte. El agua potable, cotidiana, de las canillas o surtidores domésticos, tiene un grado de contaminación que la hace asimilable por el organismo humano. Busquemos para la organización social argentina actual y futura políticos potables, aunque tengan algunos grados de contaminación. Desde luego, deben ser dejadas de lado las aguas servidas. Pero también los imposibles destilados, que además de no ser potables son inexistentes.

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