La quimera de volver a un sentimiento

Héctor M. Guyot
Héctor M. Guyot LA NACION
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28 de febrero de 2015  

Siempre es difícil volver a casa. Lo dijo Antonio Dal Masetto desde el título de una de sus novelas. Thomas Wolfe, afiebrado y prolífico escritor que conmovió a Faulkner y a Kerouac, había ido todavía más lejos: You Can't Go Home Again, tituló el último volumen de la tetralogía en la que repasa su vida en clave de ficción. No es posible volver a casa. Conviene recordarlo. Una parte de nosotros siempre anda queriendo volver.

En la última semana de mis vacaciones me propuse volver a un sentimiento. Fue un gesto desesperado. Había pasado las dos primeras semanas de descanso siguiendo las noticias sobre la muerte del fiscal Nisman, atado a los diarios, la radio, las conversaciones con colegas. Obviamente, me resultó imposible tomar distancia y quedé en una especie de limbo: cerca de la trágica actualidad pero lejos de la Redacción del diario donde trabajo, y más lejos todavía de esa necesaria desconexión estival que cada año resulta más difícil de alcanzar.

Al entrar en la tercera semana advertí que mis vacaciones se acababan antes de haber empezado. Ante semejante vértigo, quise aferrarme a lo que antes había funcionado. Traté entonces de recuperar la sensación de viaje y libertad que el verano anterior me había procurado la lectura de una novela de Henning Mankell a la que cada tarde le dedicaba un par de horas en el jardín, en una cita puntual con el detective Wallander, su hija Linda y el caso que debían resolver.

Había descubierto las virtudes de los policiales hacía unos años y desde entonces leía uno o dos por verano. Dejaba de lado mis grandes deudas con la literatura universal y acudía a Camilleri, a Benjamin Black o a Márkaris por el exclusivo placer de leer sin buscar rédito alguno, y eso pagaba muy bien. Mankell había obrado maravillas hacía justo un año y por eso me dije que todavía estaba a tiempo de que un buen policial salvara las vacaciones. Ya había devorado el trepidante thriller político de Jorge Fernández Díaz: fue como leer en la actualidad más caliente y lo que yo necesitaba ahora era escapar.

Quise recuperar aquel sentimiento como quien vuelve a la probada receta de un cóctel: un dedo de esto, otro de aquello, una cucharada de azúcar y una rodaja de limón. Así que a esa hora en la que el sol se encamina sin apuro hacia el ocaso me iba a mi sombra preferida con el mate y el libro bajo el brazo. Probé primero con una novela de John Connolly. Estaba bien escrita, pero el efecto se demoraba. En la página 60 acepté que la cosa no tenía remedio. Cambié el Connolly por un Harlan Coben. Tampoco funcionó. Tuve que aceptar que el problema era yo cuando ni siquiera Chandler fue capaz de devolverme a ese lugar mágico de libertad y despreocupación.

¿Me faltaba acaso la lejanía del paisaje escandinavo junto con la áspera humanidad de Wallander y su hija? No, no era eso. La clave la tenía Thomas Wolfe: no es posible volver al verano pasado. Todo intento de recuperar aquel sentimiento estaba destinado al fracaso.

Resignado, abandoné mi impulso retrospectivo y me dediqué a vivir las vacaciones que me habían tocado. Acabé ocupado en actividades menos solitarias: llevar y traer a mis hijas, por ejemplo, o iniciarme junto a mi mujer en la serie The Good Wife. Y eso, extrañamente, funcionó. Sin embargo, pocos días antes de volver al trabajo ocurrió algo todavía más extraño.

Una noche, mientras esperaba a mi mujer para ver otro capítulo de The Good Wife, abrí YouTube en la televisión inteligente. Es lo que hago para matar el tiempo: buscar actuaciones de músicos que me gustan o me han gustado. Esta vez, al azar, puse el nombre de un viejo cantante folk inglés. Primero vi una versión en vivo de uno de sus temas más conocidos. Mi mujer se demoraba y abrí un segundo video. Anunciaba un tema cuyo título no me decía nada. Cuando lo empezó a cantar, en un show de fines de los años 70, me corrió un frío por la espalda. Era un tema que yo había sacado en la guitarra a los 16 o 17 años. Lo había olvidado por completo desde entonces. Cuando terminó, casi en trance, fui a buscar la viola. El tema, muy simple, salió enterito. Y recuperé por un instante el sentimiento de aquellos días. Pero me visitaba ahora para decirme otra cosa. Que no es posible volver a casa. Que el nuestro es un camino de ida. Que un viejo sentimiento vuelve con significados nuevos. Y está muy bien que así sea.

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