La reapertura de la Argentina al mundo no está garantizada

Pablo Mendelevich
Pablo Mendelevich PARA LA NACION
Los históricos vaivenes de nuestra política pendular, que afectan también a las relaciones internacionales, abren un interrogante sobre los logros alcanzados en el G-20
Los históricos vaivenes de nuestra política pendular, que afectan también a las relaciones internacionales, abren un interrogante sobre los logros alcanzados en el G-20 Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat
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12 de diciembre de 2018  

Pocos recuerdan que en 1958, un día antes de asumir la presidencia, Arturo Frondizi se entrevistó con Richard Nixon. El entonces vicepresidente norteamericano, algo inédito, había sido enviado a Buenos Aires por Dwight Eisenhower, quien a su vez vino a la Argentina en 1960 luego de que Frondizi se convirtiera en el primer presidente argentino que visitaba Estados Unidos en forma oficial. Varios historiadores consideran que en aquel momento quedó sepultada la política de neutralidad frente a la Segunda Guerra impuesta hasta último momento por la Revolución del 43 y se liquidó el aislamiento que el país había tenido durante diez años con Perón, apenas modificado por la Revolución Libertadora.

Al volver a Washington, Nixon se sumó a quienes decían que Frondizi tenía una mentalidad marxista, opinión de impronta castrense que no compartían ni la izquierda ni el peronismo, quienes lo acicateaban al grito de proyanqui. Aquella apertura al exterior en plena Guerra Fría hizo alarde de una atrevida cabeza amplia. Frondizi tuvo alojado en el Hotel Alvear (el mismo donde hace unos días pararon Vladimir Putin y Angela Merkel) a un Fidel Castro recién bajado de Sierra Maestra, visitó dos veces al presidente Kennedy, viajó a Canadá, Grecia, Filipinas y Tailandia, en la India fue recibido por el primer ministro Jawarharlal Nehru, e invitó a Olivos, bajo un secreto rajado que tardó poco en irritar la delicada piel castrense, al Che Guevara.

En la reciente reunión bilateral con el primer ministro Shenzo Abe, nuevo presidente del G-20, Macri hizo alusión a aquel (anterior) fin del aislamiento argentino que encarnó su admirado Frondizi. Evocó la histórica visita de Frondizi a Japón y se acordó de la primera visita de un primer ministro japonés a Buenos Aires. Era Nobusuke Kishi, el abuelo materno de Abe. Por cierto, a Abe ya no hizo falta mostrarle el Parque Japonés ni deslumbrarlo con un bife de chorizo, porque había venido en visita oficial hacía solo dos años.

Cualquiera que sea la forma en que se calcule la envergadura del G-20 porteño, por el producto bruto que se concentró en la Costanera (85% del planeta), por la cantidad de almas que gobierna esta veintena variopinta de líderes (dos tercios de la humanidad), por la frecuencia con la que sus nombres animan las primeras planas del mundo entero (todos los días) o por la importación a Barrio Norte de la paz provisoria entre las dos mayores superpotencias comerciales y también del mayor acuerdo continental de la era (T-MEC o Usmca, ex-Nafta), podría decirse que Macri ya no sepultó como Frondizi el aislamiento internacional de la Argentina tras otro decenio de autarquía peronista (en rigor, docena): lo hizo trizas. El presidente ingeniero multiplicó por veinte (es verdad, son otros tiempos) la hazaña de Frondizi. Pero una mala noticia se cuela en lo que no debería llamarse apertura sino reapertura al mundo: el aislamiento argentino fue y vino. ¿Quedó sepultado ahora por el G-20? Su capacidad de resurrección no depende del peso de la lápida.

La falta de continuidad de la política exterior está originada en la inexistencia de consensos partidarios sostenidos. Eso alimenta el péndulo que ahuyenta la previsibilidad. La declamada tercera posición de Perón, el fervoroso capítulo doctrinario de los no alineados, las relaciones carnales de Menem, el país aliado extra-OTAN que se encolumnó de manera excluyente con el eje bolivariano, las clases magistrales sobre capitalismo de Cristina Kirchner en anteriores cumbres del G-20 son solo algunas postales -sin contar los vaivenes respecto de Londres por Malvinas- de nuestra escarpada política exterior. Rubro algo menos abstracto, quizá, desde que los más poderosos del mundo vinieron a discutir los problemas globales en la otra cuadra.

Al péndulo argento los nativos lo sentimos natural porque nos hamaca desde la lactancia en asuntos tan cercanos como la economía. O la seguridad. Pero del otro lado de la frontera desconcierta. Cuentan que se repetía una broma en el Departamento de Estado norteamericano cuando preparaban alguna visita presidencial a la Argentina. "Cada vez que vamos -decían- hay un presidente peronista, lo que varía es la hospitalidad: o nos proponen relaciones carnales o nos maltratan con una contracumbre de repudio". En 2016, cien días después de la asunción de Macri, Obama fue el primer presidente estadounidense que vino al país sin ser recibido por un presidente peronista, ni subordinado ni antinorteamericano, desde que Frondizi paseó a Eisenhower.

Los aplausos que tras el maravilloso espectáculo Argentum cosechó Donald Trump en el Teatro Colón no habrán sido como los que en esa misma sala premiaron en su momento a Toscanini, Victoria de los Ángeles o Nureyev (y 20 minutos antes de a Trump, a Julio Bocca), pero un poco de cortesía nunca está de más en el país reputado como políticamente (no confundir con turísticamente) más antiestadounidense de América Latina. Trump también se llevó un firme desmentido -cortés y valiente- de su amigo Macri respecto de la supuesta calificación de depredadora para la economía china. Del difícil equilibrio entre Estados Unidos y China (no solo estaba en juego el G-20, también las inversiones de ambos en la Argentina), Macri salió airoso. El G-20 encima relució sacar del menú a la violencia.

Sin embargo, para adentro está el defecto de origen. La carencia de un sistema de partidos políticos, la frágil institucionalidad argentina, impide consagrar políticas de Estado en cuestiones como las relaciones exteriores, terreno fértil en otras democracias para garantizar estabilidad. La Cumbre del G-20 tenía un importante riesgo; pocos esperaban que terminara saliendo como salió, cálculo que probablemente disuadió a la mayoría de los políticos opositores, ausentes en los eventos protocolares y las actividades paralelas a las que estaban invitados. Podría pensarse que a ellos el mundo les interesa tan poco como a los candidatos en campaña la política exterior o a nuestra TV las noticias internacionales. Pero lo desmienten cada vez que arman aparatosas giras con dineros públicos de las provincias y del Congreso por todos los continentes, donde persiguen encuentros con funcionarios políticos y técnicos como los que ahora estaban a mano. Algunos opositores, como Daniel Scioli, participaron de un cóctel en el Museo del Bicentenario con el italiano Giuseppe Conte. Después se fueron a dormir la siesta. De los gobernadores solo se quedó en las actividades del G-20 el tucumano Juan Manzur, disgustado, dicen, con la apatía de sus compañeros.

De algún modo, la falta de brillo de líderes partidarios representativos en el G-20 está justificada: no los hay. En nuestros "espacios" lo que abunda son las individualidades. ¿O acaso puede pensarse, por ejemplo, que José Luis Gioja, presidente nominal del PJ, es quien dirige el peronismo? Por suerte no se les sumó confusión sobre la inorgánica política argentina a los visitantes. Nadie se atrevió a explicarles que también Jorge Faurie, el eficiente canciller de Macri, es peronista. De Cristina Kirchner no podía esperarse algo mucho más educado que un desplante (nunca respondió a la invitación protocolar del Colón), pero que los opositores, en general, se perdieran el G-20 no es una anécdota social. Pone en evidencia que la más intensa acción aperturista de la Argentina al mundo y de paso el mayor lucimiento del país en un suceso internacional que haya habido incumbe a una parcialidad. No quedó refrendada.

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