La receta errada de Bush

Daniel Della Costa
Daniel Della Costa LA NACION
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29 de junio de 2002  

La imagen del presidente George W. Bush de pantaloncitos cortos, chomba y zapatillas corriendo al frente de un pelotón de colaboradores de la Casa Blanca ha dado la vuelta al mundo. El mandatario norteamericano, temeroso tal vez de que la eficiencia de los miembros de su equipo opere en sentido inverso al crecimiento de sus barrigas o quizá porque haya observado, al cruzarse con una parejita en los pasillos, cierto relajamiento en las costumbres capaz de resucitar a los fantasmas ominosos del Salón Oval, ha querido imponerles las ventajas de la vida sana. Con la esperanza de que eso además los ayude a discernir mejor y que estén en condiciones, por ejemplo, de decidir la ayuda a un país sudamericano minutos antes de que éste vuelva a ser gobernado por los querandíes y no después.

Sin embargo, sería bueno advertirle al ocurrente presidente del gran país del Norte que no confíe en exceso en los méritos del ejercicio físico para mejorar la performance de su administración. La Argentina, durante diez años, desde mediados de la década del 40 hasta la del 50, tuvo en la Casa Rosada a alguien justamente reputado como "el primer deportista". Y durante otros diez, entre fines de los 80 y de los 90, a un verdadero fanático de los deportes, hasta el punto de convertir la quinta de Olivos en un polideportivo olímpico y de fijar el horario de las reuniones conforme al tiempo de que disponía entre un partido de golf y otro de tenis. Hoy mismo, el país lo gobierna quien ha conseguido enamorar a su media naranja gracias a sus dotes de nadador, tiene un campeón de la náutica en su staff y un as del automovilismo al frente de una importante provincia. No obstante ello, si se examina la decepcionante historia argentina de los últimos setenta años, se encontrará que no existieron grandes diferencias entre los gobiernos de los amigos del gimnasio y los de aquellos que el único ejercicio que hacían era agacharse dos veces por día, una para atarse y otra para desatarse los botines.

Pero si con esto no alcanzara para convencer a W. Bush, la Argentina de estos días vuelve a presentársele como una muestra de que este procedimiento no puede llevarlo sino a la ruina. La danza, salvo tal vez el bolero, que se presta más bien para descansar y apretar, es una suerte de ejercicio físico. Pues bien, la dirigencia argentina, luego de haber milongueado sin parar sobre la cubierta del Titanic hasta que éste se fue a pique, ¿qué hizo luego? Saltó sobre el iceberg y ahí continúa hasta hoy, dándole al side step , la cumbia, el rock y el gato con relaciones, mientras el país sigue haciéndose pedazos.

El reo de la cortada de San Ignacio, sentado a su mesa del Margot, sin dejar de revolver el café y luego de aseverar que la imagen de Bush corriendo lo había fatigado, preguntó: "Maestro, ¿para entretenerse, por qué este hombre no hace como Clinton?" "¿Qué sugiere? -le preguntaron-. ¿Qué él también tenga un affaire con Monica Lewinsky?" "No digo tanto -concluyó el reo-, pero si aquél soplaba el saxofón, ¿éste por qué no aprende a tocar el fuelle?"

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