La reina está en jaque por dos crisis previsibles

Jorge Fernández Díaz
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29 de junio de 2014  

El día más importante de todos, en medio de una evitable y bochornosa crisis financiera y horas antes de desatarse una previsible crisis política e institucional derivada del procesamiento del vicepresidente de la Nación, la Casa Rosada estaba vacía, Boudou reía en Cuba y Cristina descansaba en el Sur para aprovechar su feriado: celebraban el día del empleado estatal. Al Gobierno, según hicieron saber sus principales figuras, no le sorprendieron los fallos de Griesa ni de Lijo. Por lo tanto, los dejaron venir y ahora los sufren en carne viva. Extraño modus operandi según el cual diviso al león, sé que avanza para devorarme, y cuando lo hace salgo en muletas y suero a desacreditarlo. Qué malo es el león. Ya que hay tanto fervor popular, vamos a ponerlo en términos mundialistas: al Gobierno se le escapa todo el tiempo la tortuga, y recurre siempre a la táctica de los mordiscos, que como comprobó el 9 de Uruguay no tiene otro resultado que el de dañarse a sí mismo, a su equipo y a su bandera.

Amén de su inconveniencia política y económica crece ahora, en el frente externo, la idea de que el fallo de Griesa es altamente cuestionable desde la pura lógica jurídica. Pero tampoco se explica en el mundo cómo el gobierno de Cristina permitió que el grave problema de los holdouts llegara tan lejos y le explotara en la cara; cómo puede ser que no haya obturado ese orificio cuando había dólares y cómo es posible que estemos de nuevo inmersos en un laberinto de pesadilla.

El desenlace del caso Boudou, por su parte, constituye efectivamente la crónica de un fallo anunciado. No se puede acusar al Gobierno de completa pasividad. Se ocupó con ahínco en defender lo indefendible y en tapar los hechos de corrupción: se cargó en su momento al procurador, al juez y al fiscal, y realizó todo tipo de maniobras para embarrar la cancha, amedrentar a testigos y calumniar a los periodistas de investigación, que son los verdaderos triunfadores de la hora. Es cierto que existió un plan sistemático de pulverización del expediente, pero ese programa ya había fracasado hacía varias semanas, cuando Lijo visitó al papa Francisco y resolvió ir a fondo con su pesquisa. "No nos sorprendió el procesamiento", dijeron ayer los abogados del vicepresidente. A la Presidenta, tampoco. Pero ¿qué hizo ella para ganarle de mano al cataclismo? Podría haberle pedido a Boudou que solicitara licencia y saliera del foco de atención para así defenderlo con menos presiones públicas. Eso le habría recomendado cualquier profesional de la política, por ejemplo, la mayoría de sus ex jefes de Gabinete. En licencia, el procesamiento habría llegado como una ola que viene cortada y sin tanta fuerza y estruendo. Habría significado un cimbronazo político, pero seguramente con menos costos de los que se pagarán ahora. A pesar de que todavía quedan muchas instancias y apelaciones, el cadáver político pesa hoy diez veces más de lo que pesaba el jueves y Cristina debe cargarlo al hombro por la empinada cuesta de su fin de ciclo.

Esa ladera tenía, al principio, la inclinación contraria. Trámites mucho más delicados y onerosos que el de fondos buitre (la refinanciación casi total de la deuda externa) o la famosa causa por enriquecimiento ilícito que enfrentaba el matrimonio de Santa Cruz (en el juzgado de Oyarbide) se deslizaban por caminos muy felices para los ascendentes príncipes de Balcarce 50. En estos epílogos agónicos, sin embargo, las cosas empiezan a salir mal, la botonera falla y cuesta mucho repechar el barranco con la mochila llena de piedras. Igualmente, algunos dirigentes del peronismo y de la oposición coinciden, desde el amor a Néstor o incluso desde la crítica y el desprecio, que estas desventuras no se deben a la transición del final ni a la actual decadencia económica, sino a la ausencia en el mando estratégico del líder, que tenía respeto sagrado por algunos factores desequilibrantes. "Si llegara a abrir de nuevo los ojos y viera que estamos con cepo al dólar, default técnico y vicepresidente procesado, volvería a morirse de espanto", se alarma uno de sus viejos amigos.

Puede conjeturarse, con algo de sentido común, que a la jefa del Estado la espanta el miedo de Boudou. "No se sabe qué haría bajo presión este muchacho; la Jefa no puede soltarle la mano", susurran en oficinas próximas al despacho presidencial. Insisten allí mismo en que Cristina no estaba al tanto del negocio original con los Ciccone, aunque el silencio público de ella frente al escándalo y las órdenes administrativas que dio después para proteger al playboy marplatense la colocarían en una difícil situación si la Justicia decidiera ascender por la cadena superior de responsabilidades. El texto de Lijo no se detiene en la simple figura de "negocios incompatibles con la función pública". Avanza sobre el cargo de cohecho, que es un delito mayor. Abunda además en detalles espinosos sobre decisiones facilitadas y encubrimientos llevados a cabo en los más altos rangos del Gobierno. Recordemos que compraron la máquina de hacer billetes, que después el Frente para la Victoria imprimió allí las boletas electorales que llevaban las imágenes de Cristina y de Amado. Que el Gobierno contrató más tarde la máquina para hacer el trabajo de la Casa de Moneda y que finalmente la estatizó al ver que la prensa estaba cercando a Boudou. Sumemos a esto el hecho de que esta administración no se ha caracterizado precisamente por tomar decisiones dispersas y autónomas, sino por todo lo contrario: desde hace once años nada se resuelve sin la aquiescencia del número uno. "No es que Cristina no quiera pedirle la licencia al vice, es que no puede", se desesperan en los pasillos oficiales. Otros son menos tremendistas: "Ella puede pedirla y a la vez acordar con Amado que no se lo abandonará en la estacada".

Para desentrañar lo que piensa el otro gran actor político de la Argentina habría que regresar al momento en el que Lijo se encontró con Bergoglio en Roma. El Papa conocía al magistrado por sus sentencias contra el trabajo esclavo y por su militancia católica. Según reveló el titular de la organización La Alameda, Gustavo Vera, amigo personal de Francisco, el encuentro duró una hora y media. Después de hablar de cuestiones familiares y amistosas, ambos entraron en los temas políticos. "Francisco le dijo que siempre había que respetar los mandatos institucionales y ser cuidadoso con los tiempos, pero que los jueces debían tener más independencia y profundizar sus investigaciones sin temor -le reveló Vera a Clarín, y jamás fue desmentido. Creo que con esas palabras Lijo entendió que podía tener algún tipo de luz verde o de respaldo espiritual para avanzar con los expedientes más incómodos para el poder." El Papa se interesó entonces por saber si el juez federal estaba en la mira del Consejo de la Magistratura. "No respondió el juez. Tenemos que ser muy prudentes." Vera jura que el Papa respondió: "Está bien, pero si la prudencia se convierte en inacción, eso es cobardía".

Monseñor Jorge Casaretto participó esta semana de un desayuno con sindicalistas. Les llevó la palabra del jefe espiritual del peronismo: Francisco quiere que este gobierno termine cuando corresponde, que no le suceda lo mismo que a De la Rúa. Queda claro que Bergoglio teme, a la vez, por la estabilidad del Gobierno y por la impunidad de Boudou. Algo que podría traducirse en una nueva frase: cuiden a la Presidenta, y sobre todo cuídenla de sí misma.

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