La seriedad, como el embarazo, es o no es

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16 de diciembre de 2001  

La reunión de Menem con De la Rúa, la renuncia del viceministro de Economía Daniel Marx, y el simultáneo nombramiento de Miguel Kiguel como jefe de asesores de Cavallo son tres noticias vinculadas no sólo entre ellas sino también con el tema de fondo hacia el cual ambas apuntan: la perspectiva de la dolarización . Después haber vacilado por unos días, Menem reafirmó su postura conocida, proponiéndole a De la Rúa la dolarización. El nombramiento de Kiguel, ex integrante del equipo económico de Roque Fernández, podría ser interpretado, en la misma dirección, como el primer signo de la convergencia política entre el Presidente y su antecesor.

En medio de la crisis, al país se le abren tres alternativas monetarias: la devaluación, el mantenimiento de la convertibilidad y la dolarización. En su reunión del jueves, De la Rúa y Menem coincidieron en rechazar la devaluación. A partir de ahí, sin embargo, sus caminos se bifurcaron. En tanto De la Rúa siguió sosteniendo la convertibilidad, Menem escogió la dolarización.

Quizá las vacilaciones de Menem antes de ratificar su postura ante el Presidente provenían del poco tiempo que tiene por delante la decisión de dolarizar, si se la quiere tomar con el tipo de cambio actual de "uno a uno". Todavía las reservas en dólares del Banco Central cubren a duras penas los pesos circulantes. Si, ante la renuencia del Fondo Monetario Internacional a girar fondos a la Argentina, continuare el drenaje de las reservas del Banco Central, el "uno a uno" sería pronto insostenible. En tal caso, si aún se quisiera dolarizar, habría que devaluar hasta el nivel que pueda cubrir el Banco Central y, casi simultáneamente, pasar a la moneda norteamericana en una relación de un dólar por un peso y algo más.

El acercamiento entre De la Rúa y Menem y el ingreso de Kiguel en el equipo económico, así como el poco tiempo que queda para dolarizar sin devaluar, podrían indicar que el Gobierno se está inclinando por la dolarización a la que, en todo caso, prefiere a la pura y simple devaluación que resultaría de una flotación "a la brasileña" de nuestro peso, pendiente de lo que dijeran los mercados aun cuando fuera "sucia", esto es, sujeta a incursiones del Banco Central para contrarrestar la volatilidad.

El tiempo corre. ¿Agoniza la convertibilidad? "Agonía" significa, en griego, "lucha por la vida" y quizá no ha desaparecido la esperanza de que la convertibilidad, al fin, se salve. Una pregunta de fondo se proyecta sin embargo sobre nosotros. La convertibilidad es un rígido sistema monetario. La dolarización lo sería aún más, puesto que la Argentina en tal caso perdería su propio sistema monetario que proviene de una ley y puede ser modificado por otra. Con el dólar, ya no habría marcha atrás. Como Ecuador y Panamá en nuestro continente, como las monedas de Francia, Alemania, Italia o España en Europa, a las que ha sustituido el euro, nuestro destino monetario sería a partir de ahí inexorable.

La pregunta de fondo es entonces ésta: después de haber sido incapaces de mantener la rigidez monetaria limitada de la convertibilidad, ¿nos sentiríamos capaces de sostener la rigidez absoluta de la dolarización? Con una economía, con una política, con una sociedad del Tercer Mundo, ¿sería lógico plegarnos definitivamente a la moneda más fuerte del Primer Mundo?

Un país "algo" serio

El país que recibió Menem en 1989 no era nada serio . La hiperinflación rondaba el 200 por ciento mensual. Los presupuestos ni siquiera se confeccionaban a tiempo. Los servicios públicos habían entrado en colapso. La paz social se quebraba con los asaltos a los supermercados. Durante los años ochenta, la evolución del producto bruto había descendido a un ritmo del uno por ciento anual. Los capitales se fugaban y las inversiones brillaban por su ausencia. El sueldo promedio del obrero industrial bajó hasta veinte dólares por mes.

En ese panorama caótico, la ley de convertibilidad de 1991 incorporó un elemento de seriedad. Para que constituyera el primer paso en dirección de un país serio , otras medidas de fondo deberían haberla acompañado. Por lo pronto, la reducción del gasto público en busca del superávit fiscal. Además, un seguro de desempleo a tiempo para amenguar la desocupación previsible por la privatización de las empresas públicas que la disimulaban. También un bajo índice de corrupción administrativa. Hubiera sido necesario concentrar la actividad empresaria en dirección de las exportaciones no sólo al Mercosur sino también a Europa, Asia y América, y que la clase política redujera drásticamente el círculo insoportable de sus privilegios.

Pero nada de esto ocurrió. Imaginada como el primer paso hacia una profunda modernización integral, la convertibilidad quedó al fin como un hecho aislado, como un oasis de racionalidad en medio del desierto de la irresponsabilidad. Fue como si a un enfermo que viene de sufrir un terrible accidente, los médicos sólo le revisaran el corazón. ¿Olvidaron acaso los pulmones, los riñones y el hígado también gravemente afectados? Hoy, al enfermo argentino se le agota hasta su otrora fuerte corazón, porque el resto de su cuerpo siguió de mal en peor durante los años noventa.

Pero así como una mujer no puede estar un poquito embarazada, un país no puede ser un poquito serio. Es serio o no lo es. Durante los años noventa, la Argentina fue un país fiscal, social, económica y políticamente del Tercer Mundo con un sistema monetario del Primer Mundo. Los vientos del desierto amenazan ahora al mínimo oasis que había sembrado.

Todo o nada

Lo dijo en su momento el jefe de Gabinete, Colombo: el Gobierno luchará con todas sus fuerzas por la convertibilidad pero, si llegara el caso de tener que abandonarla, preferiría la dolarización antes que la devaluación. Lo que aconseja la experiencia de la década pasada, sin embargo, es pensar bien antes de obrar. Si la convertibilidad se halla ahora a la defensiva, no es porque haya sido en sí misma un método defectuoso sino porque no se la acompañó con igual seriedad en los sectores restantes de la economía. Lo que debe preguntarse ahora el Gobierno no es entonces si la dolarización sería, en sí misma, positiva, sino si está en condiciones de acompañarla, como no lo hizo con la convertibilidad, con un amplio abanico de medidas fiscales, financieras, económicas y sociales igualmente "serias", para que pueda funcionar. Es que si algo nos enseña la crisis es que los países "algo" serios, sencillamente, no funcionan.

¿Qué pasaría si, después de un concienzudo examen, el Gobierno decide que no está en condiciones de acompañar la dolarización -o, para el caso, la agónica lucha por la convertibilidad- con ese amplio abanico de medidas complementarias? ¿Qué pasaría si entreviera que el sistema monetario rígido, sea cual fuere, será acompañado por un país económico y social cada día más precario?

Si se llegara a esta comprobación, ¿hacia adónde habría que encaminarse? Esta es quizá la gran decisión que tenemos por delante los argentinos en esta hora crucial: convertirnos en un país integralmente serio a partir de un gran acuerdo político de amplios alcances o confesar al fin, en un momento de cruel sinceridad, que inclusive nuestro sistema monetario será del Tercer Mundo y que, a partir de un país nuevamente nada serio, será necesario volver a empezar.

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