La sociedad que fabrica hinchas, no ciudadanos

Por Fernando A. Iglesias Para LA NACION
Por Fernando A. Iglesias Para LA NACION
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25 de septiembre de 2005  

Desde siempre, la opinión de los argentinos sobre sí mismos ha seguido dos lógicas divergentes. De un lado, el discurso público del "pueblo maravilloso y solidario, eternamente traicionado por sus clases dirigentes" que se han endilgado mutuamente pueblo y clases dirigentes. Del otro, la despiadada opinión que se expresa privadamente en casas, bares y otros ambientes de confianza, de los colectiveros sobre los taxistas, de los taxistas sobre los colectiveros y de los peatones y automovilistas sobre todos ellos, entre mil ejemplos posibles. Cualquier psicólogo que pusiera el edificante discurso público argentino al lado de los ominosos anatemas privados obtendría un diagnóstico claro sobre la sociedad que los produce: esquizofrenia aguda.

La realidad, ese fantasma incorruptible, ha podido más que las frases hechas y revelado que la patria de las mieses, la de todos los climas del mundo y el pueblo maravilloso, ha dejado de ser el éxito de los tiempos en los que la concentración de recursos naturales per cápita determinaba la riqueza, para transformarse en uno de los fracasos más rotundos del planeta apenas la capacidad de trabajar organizadamente y en equipo, de respetar reglas y establecer contratos basados en la mutua confianza se tornaron decisivas.

La tan reivindicada identidad nacional es el otro yo del Doctor Merengue escondido en cada ciudadano argentino. No tan sorprendentemente, la encuesta de TNS-Gallup lo saca a la luz y expresa un alto grado de autoconciencia sobre las razones de la debacle nacional. Al mismo tiempo, semejante capacidad de autocrítica torna misteriosa la inexistencia de un discurso político que la refleje e insoportable la supervivencia del monólogo, logorreico y autista, con el que se sigue discurriendo en términos de "las cosas que nos pasaron a los argentinos" con el mismo tono en que se habla de la lluvia.

Lo que conduce a un par de reflexiones. Primero: ¿están seguros nuestros políticos de que la sociedad argentina necesita seguir siendo exculpada mediante el recurso al "pueblo maravilloso de la Patria"? Segundo: ¿no es claro aún que esta estrategia es suicida para la propia clase política, que termina siendo única responsable del desastre general en una "república" en que los sindicatos, la policía, los clubes de fútbol y los consorcios de propiedad horizontal presentan niveles corrupción e inoperancia similares al del Senado de la Nación? Tercero: en un país en el que ha fracasado no sólo el neoliberalismo sino todos y cada uno de los "ismos" políticos, ¿es pensable que un cambio positivo sea posible sin que el discurso de la autorresponsabilidad se extienda desde los bares y las encuestas-confesión a la esfera pública? Finalmente: ¿están nuestros dirigentes convencidos de que la demagogia del "pueblo maravilloso" es preferible en términos electorales a una convocatoria general contra su hipocresía, especialmente en una sociedad que cada día se soporta menos a sí misma como demuestran las batallas de todos contra todos desatadas en torno al Garrahan, las calles de la Capital, las elecciones en la Provincia?

Educación nacionalista

La otra responsable, nada menor, de que los argentinos no respeten las leyes ni los acuerdos, miren más al pasado que al futuro y prefieran los caminos fáciles, es la educación pública. No sólo por su insuficiencia presupuestaria sino por su orientación, desenfadadamente nacionalista. Durante décadas, generaciones de argentinos hemos sido educados bajo el supuesto de que quien "ama a la patria" es un buen ciudadano, es decir: de que el nacionalismo crea ciudadanía. En la escuela argentina, con cualquier excusa, se izan y arrían banderas, se cantan himnos guerreros, se exigen escarapelas, se explica a niños aún carentes de espíritu crítico que la Nación es fuente de toda solidaridad, sentido y justicia. En la escuela argentina se festejan cada año seis feriados nacionales y un solo feriado cívico, la lucha entre unitarios y federales ocupa en el programa tres veces el espacio de la entera civilización grecorromana, los accidentes de la costa patagónica se aprenden de memoria en tanto se ignora la localización de Nueva Zelanda, las cátedras de Historia Argentina y Geografía Nacional tienen excelentes profesores, en tanto las de Educación Democrática (o como sea que le hayan puesto ahora) son desempeñadas por la sobrina del director, que está estudiando abogacía.

El resultado previsible es un excelente hincha de la selección de fútbol y un pésimo ciudadano, especialista en pagar la mitad de sus impuestos y en ignorar redondamente el funcionamiento de las instituciones. Un hincha de la selección adiestrado para embanderar el taxi con el que pasa semáforos en rojo y para festejar las hazañas bélicas de un poder dictatorial como si fueran triunfos de un equipo de fútbol. Un ciudadano a medias, incapaz de participar en la vida pública si no es a fuerza de cacerolazos y pasible de ser convencido de que interrumpir el orden institucional mediante saqueos es "progresista" o de que las elecciones legislativas son una forma disimulada del plebiscito.

Del guiño cómplice de Carlos Menem, anticipado por las máscaras de un ídolo nac & pop, Alberto Olmedo, los argentinos pasamos a las promesas purificadoras de la Alianza, con resultados bien conocidos. ¿No se equivoca el actual Gobierno al insistir en esta estrategia que lo deja -como el ejemplo de Lula muestra- desguarnecido ante sus propias faltas? ¿No sería mejor, y más democrático, admitir que el desastre es general, como sugiere la encuesta de TNS-Gallup, y convocar a una tarea común en la que el poder político abandone la pantomima de la cruzada purificadora, en la que nadie cree, para limitarse a dar el buen ejemplo, lo que tampoco hace?

Acaso, después de tanta autocomplacencia y chivos expiatorios, la sociedad argentina esté finalmente madura para aceptar que el rey, el maravilloso pueblo de la Patria, está desnudo, y hacer algo en primera persona para remediarlo. Estamos lejos de tener un Noam Chomsky o una Susan Sontag argentinos, capaces de construir su prestigio a través de la crítica a su propia sociedad sin por eso perder el respeto de sus conciudadanos ni sus cátedras universitarias. Sin embargo, no deja de ser un buen signo la aparición de solitarios quijotes, como en las catástrofes de Lapa y Cromagnon, capaces de exceder el tópico "poder = caca" y de extender la crítica al conjunto de la sociedad, rompiendo el tabú establecido por la cultura de la víctima, esa versión local de lo políticamente correcto. También el auge del género literario autodenigratorio estilo El pelotudo argentino sea, a pesar de su pobreza conceptual, un síntoma de que algo está cambiando sin que nuestros dirigentes lo perciban. No es mucho, pero es algo.

A la clase dirigente, no sólo a los políticos sino a los empresarios, periodistas, intelectuales, educadores y líderes de la sociedad civil, les corresponde buena parte del resto del trabajo. Un trabajo que empieza necesariamente por desechar el victimismo colectivo y la epopeya nacionalista que han impregnado la Argentina de la decadencia y reemplazarlos por la responsabilidad individual y el desarrollo de ciudadanía.

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