La sociedad y las razones de la victoria

Joaquín Morales Solá
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21 de agosto de 2011  

Puerto Madero votó como la villa 31. Cristina Kirchner ganó en La Rioja pobre y en la rica Pergamino. Algunos votantes de Mauricio Macri también lo fueron de la Presidenta, aunque la Capital se mantuvo intransigentemente opositora. Electores de Miguel del Sel y de José Manuel de la Sota, antikirchneristas confesos o enmascarados, se fugaron el domingo último hacia enclaves cristinistas. Las recientes derrotas kirchneristas en la Capital, Santa Fe y Córdoba se convirtieron en un arrasador triunfo nacional de la Presidenta, con votos obtenidos en esas provincias opositoras hasta hace pocos días. ¿Qué pasó?

La viudez no explica todo. Los sentimientos sensibilizan, pero nadie elige un gobierno sólo para consolar a una viuda. La ideología como trasfondo es un exceso de análisis. De hecho, La Cámpora, la represa ideológica del cristinismo, perdió en todos los lugares donde se presentó como tal. La sociedad argentina sólo suscribió en la historia algunas pasajeras pautas culturales de un poder triunfante. ¿O acaso una enorme mayoría social no fue pronorteamericana, capitalista y liberal durante el reinado de Menem? La marea pasó cuando pasó el menemismo.

La política argentina es renuente a analizar la clave económica con la que se mueven todas las sociedades. Tampoco es Tinelli o el pago del plasma, según la desgraciada simplificación de Hugo Biolcati, presidente de la Sociedad Rural, convertido en el Fito Páez del 14 de agosto. Biolcati tiene menos derecho que Fito Páez a equivocarse. Hay que hurgar en napas más profundas. Las decisiones sociales merecen ser comprendidas según su contexto y sus circunstancias.

Los ocho años de kirchnerismo significaron el período de crecimiento económico más grande y extendido desde fines de la Segunda Guerra. ¿Milagro argentino? No. Paraguay creció el 14 por ciento el año pasado, y este año podría terminar con un crecimiento del 8%. Paraguay es sólo el más explícito de los ejemplos.

Todas las economías emergentes están creciendo intensamente, mientras los principales países occidentales sufren la recesión, la retracción o la depresión. Hay viento de cola, le guste o no al kirchnerismo. Es cierto, además, que el Gobierno decidió disponer de esos beneficios externos de una manera que le dio buenos frutos electorales. ¿Estrategia corta? Es probable. El kirchnerismo se parece a veces a esos enfermos que venden el seguro de salud.

Sea como sea, el salario promedio de los empleados estatales y de las grandes empresas es hoy de unos 1300 dólares cuando en el furor de la convertibilidad llegaba apenas a los 980 dólares. Los que trabajan en la informalidad no ganan esa suma, pero la compensan con una enorme red de subsidios estatales. Unos 15 millones de argentinos viven directa o indirectamente del Estado. No son sólo los trabajadores. Las 500 empresas más grandes del país cuadruplicaron sus ganancias en dólares, comparadas con los tiempos de la convertibilidad, el último período de estabilidad económica.

El precio de la tierra también se cuadruplicó o se quintuplicó. El crédito para el consumo aumentó un 40 por ciento en el último año; pasó de 50.000 millones de pesos en 2010 a 70.000 millones en 2011. ¿Hay inflación? Nada es más cierto que su existencia, ni menos disimulable. El malestar que necesariamente produce el constante aumento del costo de vida parece amortiguarse por los aumentos salariales y el crédito para el consumo.

Los economistas dicen que esta política de dispendios podría durar entre seis meses o un año más, si antes no se metiera un viento externo de frente. Hay que creerles. De otro modo, sería el triunfo de la esperanza sobre la experiencia. Pero las sociedades no votan de acuerdo con el pronóstico de los economistas, ni de las ideas de los analistas políticos, ni según las deducciones de los intelectuales. Felizmente, porque todos ellos se apropiarían, en caso contrario, de un poder indebido.

Economistas, analistas e intelectuales tienen el deber, no obstante, de ser coherentes con sus ideas y persistir en ellas. Es también la responsabilidad del periodismo; su renuncia a ser lo que es, independiente y crítico, significaría la muerte de su razón de ser. El periodismo crítico no se equivocó. La sociedad hizo su propia selección. Es su derecho. El deber del periodismo es otro.

Durante los últimos dos años, la masa de jubilados aumentó de tres a seis millones de beneficiarios. Se duplicó. Muchos de los que se agregaron no contaban con los requisitos mínimos para obtener una jubilación. Eran argentinos que se aproximaban a la vejez en medio de la incertidumbre económica. La oposición pudo decir que sus bloques parlamentarios obligaron al Congreso a sancionar el 82% móvil y que fue Cristina la que vetó esa ley. No lo hizo. Los jubilados sólo se sienten deudores del kirchnerismo, que ha hecho de los fondos jubilatorios una caja inmensa de distribución social. El futuro de los jubilados por venir está en juego, pero el futuro lejano no forma parte de un domingo de elecciones.

La asignación universal por hijo fue otra iniciativa de la oposición, que la Presidenta se la arrebató en uno de los muchos momentos de descuido de sus opositores. Sus favorecidos estuvieron ahora entre los muchos votantes de la Presidenta. La oposición tampoco puso el centro de su gestión electoral en esa conquista que era más suya que de otros. Los fracasos están hechos de sucesivos descuidos.

Empresarios, trabajadores (formales o informales) y jubilados perciben que viven cierta estabilidad económica. El mundo es una sorpresa cotidiana, mala, cada vez peor. Londres fue saqueada. Madrid parece vivir la agitación social argentina de la gran crisis. Los Estados Unidos estuvieron a horas de un default. La crisis internacional terminó beneficiando al gobierno argentino, aunque nadie sabe cómo ni cuándo llegará al país. Esos trazos profundos del destino son ignorados por una mayoría social. Valió más aquella comparación. Algunos candidatos opositores planteaban la inserción en el mundo. Necesaria, cómo no. Pero ¿a qué mundo? ¿A ese que reflejan la televisión y los diarios? Esas fueron las preguntas básicas de la sociedad.

El kirchnerismo es un naufragio institucional. La corrupción y los jueces paraoficialistas podrían sentir ahora que han sido indultados. No es así, sin embargo. Las sociedades no olvidan esas tropelías, pero las recuerdan sólo cuando reparan en que les vaciaron el bolsillo. Nunca antes.

¿Hacia dónde saltaría esa mayoría social si hubiera decidido subvaluar la estabilidad económica y sobrevalorar otros asuntos? Los partidos históricos están terminados en la Argentina. El radicalismo es una mueca de lo que fue en su larga historia. El peronismo clásico no pudo hacer nada. Ordenó votar a Duhalde en Santa Fe y en Córdoba. Duhalde salió tercero en Santa Fe y quinto en Córdoba. El propio kirchnerismo es, hoy por hoy, sólo Cristina Kirchner y el poder del Estado. Se terminaría en 24 horas si le faltara la Presidenta o si el Estado se quedara sin dinero.

Habrá enormes riesgos institucionales si el kirchnerismo se hiciera con una mayoría parlamentaria en octubre. Pero la sociedad no fue llamada el último domingo para construir esos equilibrios, sino para dar, básicamente, su opinión sobre los candidatos presidenciales. Lo hizo como pudo. Sólo se salta al vacío cuando cualquier cosa es mejor que la inestable cornisa. Una mayoría social, pragmática, realista y desideologizada prefirió quedarse en tierra firme. La tierra firme es lo que hay, aquí y ahora.

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