La sucesión política en América latina

Natalio Botana
Natalio Botana LA NACION
En términos históricos, la democracia constitucional configura un reto constante y una sumatoria de pruebas cruciales
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26 de agosto de 2001  

La crisis que actualmente corre el riesgo de difundirse desde la Argentina al Cono Sur tiene dos dimensiones principales. La primera es de carácter económico fiscal. La combinación de economías maltrechas y Estados indigentes (agravada en nuestro país) es un rasgo compartido por Brasil y la Argentina.

La segunda dimensión tiene que ver con el régimen democrático que gobierna al Estado, la economía y, en términos generales, la sociedad. Sabemos que la democracia constitucional no sólo es la mejor forma política de cuantas se han inventado hasta el presente, sino también la más compleja. En términos históricos la democracia constitucional configura un reto constante y una sumatoria de pruebas cruciales. Entre ellas, la más destacable es la de la sucesión política o alternancia pacífica de los partidos en el ejercicio del gobierno.

Desde luego, la sucesión política no es la única condición de una democracia legítima, pero es, sin duda, una condición necesaria. Si adoptamos el punto de vista de la política comparada, el panorama de América latina es, al respecto, tan plural como incierto. Países ejemplares en esta materia como Colombia, donde la sucesión pacífica entre liberales y conservadores se ha extendido durante un largo período, aún no han logrado sortear el escollo del conflicto armado y de la fragmentación de la soberanía del Estado. La decadencia de un juego político viciado por malas prácticas y la esclerosis de la dirigencia partidaria dieron lugar en Venezuela al ascenso de un liderazgo populista que oscila entre el autoritarismo y el respeto a las libertades públicas.

En el extremo opuesto a estas experiencias, lo que aconteció recientemente en México y Perú abre paso a una expectativa más optimista. En las sociedades civiles de esos países, la sucesión política permitió librarse, por medio de elecciones sinceras y competitivas, de la dictadura encubierta de Fujimori en Perú y del régimen hegemónico del PRI, que gobernó México durante prácticamente todo el siglo XX. Va de suyo que los presidentes Toledo y Fox tienen que enfrentar ahora el reto de la gobernabilidad, otra de las pruebas cruciales de las democracias del siglo XXI.

En el Cono Sur sólo dos países (la Argentina y Bolivia) han forjado un régimen de alternancia entre los partidos de gobierno y oposición. En los tres restantes hay diferencias. En Brasil y en Uruguay existen fuertes formaciones de izquierda que no se han incorporado -en el nivel nacional- a las responsabilidades de gobierno. En Chile, la democracia que siguió al régimen autoritario de Pinochet ha sido gobernada por tres presidentes de centroizquierda sin abrir paso, hasta el momento, a los partidos de derecha.

Dado este contexto, la pregunta se impone por sí misma. ¿Ofrecen acaso los regímenes de alternancia de la Argentina y Bolivia una política de mejor calidad que los regímenes sin alternancia de Brasil, Uruguay y Chile? Desde luego que no. A poco que ajustemos la mira, estas circunstancias obedecen al hecho de que alguna clase de alternancia ya tuvo lugar en Uruguay entre los partidos tradicionales Colorado y Blanco, y en Brasil con la apertura hacia el Partido Socialdemócrata del presidente Cardoso luego del fracaso de Collor de Melo. Sólo en Chile la alternancia brilla por su ausencia. Pero en los tres casos existe un umbral de admisión que aún no ha sido franqueado por amplias franjas de la opinión. Aunque gobiernan provincias y ciudades, la presidencia sigue siendo, para ellos, un premio esquivo.

Si abordamos un nivel de análisis más profundo, el tema de la sucesión política y de la alternancia sigue planeando como una nube que oscurece el ambiente. Hay muchas maneras de poner en marcha el delicado engranaje de la sucesión política. Las próximas alternancias en el Cono Sur se inscribirán en el contexto de un sacudón agudo de los consensos que, para bien o para mal, pretendieron consolidarse en el mundo luego de la caída del Muro de Berlín. Con o sin alternancia, con calidad en la administración de los recursos o fatídicos signos de irresponsabilidad, esos programas buscaron que en nuestros países florecieran sociedades abiertas, con economías modernas y competitivas.

Basta padecer las turbulencias diarias para percatarse de que esos propósitos no llegaron a buen puerto. Los frustraron nuestra propia incompetencia y la durísima contraglobalización que impera en el comercio internacional de los productos agropecuarios. En los albores del siglo XXI, el mercantilismo que en este campo imponen la Unión Europea y los Estados Unidos llenaría de gozo a un proteccionista francés de los siglos XVII y XVIII.

Es en este escenario de penuria y encierro que la sucesión política y las alternancias posibles perturban a los actores internos y a los observadores externos. Sin ir más lejos, cuando el mundo entró en la era poscomunista la derrota electoral del sandinismo en Nicaragua mostraba que el temperamento revolucionario caía sepultado por un nuevo clima de ideas. Hoy, a pocos meses de los comicios presidenciales, la opinión se inquieta por la hipotética victoria del líder sandinista Daniel Ortega. El mismo sentimiento se hace carne en Brasil en vista de las encuestas que, tras la impopularidad de Cardoso, descuentan el triunfo del candidato de izquierda Lula (o de centroizquierda, según su cambio de estilo).

Es temprano para hacer pronósticos definitivos (las encuestas se equivocan con una frecuencia que hace las delicias de los críticos), y, en todo caso, lo que esos líderes podrán hacer en el porvenir cercano guarda escasa relación con los antiguos mitos revolucionarios. Pero si pugnan por alcanzar el éxito y concitan la adhesión de poblaciones en naciones vastas o pequeñas es porque están creciendo entre nosotros el desencanto y la frustración. Todavía está por verse si ese descontento habrá de orientarse en procura de una política inspirada en la reforma y no en la mera retórica de la denuncia o de un vociferante regeneracionismo. Cuando cae el telón electoral y comienza la dura tarea del gobierno, estas maneras de actuar sólo acrecientan la declinación.

Aun así, y por más criticables que sean, estos mensajeros del descontento revelan sobre todo un acelerado resquebrajamiento en las condiciones materiales y culturales de nuestras sociedades. Hay conciencia de que no se puede seguir así, viajando hacia la degradación en círculos descendentes. Pero no existe aún la conciencia capaz de discernir las líneas maestras de un nuevo reformismo. Sobran diagnósticos en nuestros países y faltan respuestas.

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