La tentación kirchnerista de reescribir Malvinas

Jorge Fernández Díaz
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12 de febrero de 2012  

Sabrán disculpar una confesión sentimental: éramos muy jóvenes e imprudentes. Odiábamos la dictadura militar y escribíamos contra ella en una revista alternativa que nosotros mismos repartíamos en los pocos quioscos que la aceptaban. No hacía mucho tiempo que habíamos salido de la colimba y al estallar la guerra sentimos entonces, en partes iguales, miedo y repugnancia. Miedo a ser convocados a esas frías trincheras y repugnancia frente a los militares, que intentaban perpetuarse en el poder con semejante operación demagógica. A medida que avanzaban aquellos agitados días de 1982 nuestro punto de vista fue cambiando. El pueblo argentino, la clase trabajadora organizada, la dirigencia política que pugnaba por la democracia, el peronismo y el comunismo, los países latinoamericanos, la intelectualidad progresista nacional y extranjera, la revolución cubana, el Frente Sandinista, y por supuesto toda la "derecha" de entonces -una parte de ella aliada al Proceso-, estaban comprometidos con la causa. Los buenos, los malos y los peores. Todos juntos en una peligrosa epifanía. Para quienes merodeábamos la izquierda nacional comenzó a tomar fuerza la idea de que era una guerra anticolonial conducida por hombres siniestros. A veces, pensábamos, las revoluciones también las hacen los canallas.

Cuando faltaba una semana para la capitulación de Puerto Argentino, habíamos perdido el miedo y la repugnancia: queríamos anotarnos como voluntarios para defender a la patria. El 14 de junio, cuando se anunció el final, fuimos a Plaza de Mayo a repudiar a los incompetentes y a reclamar que la lucha continuara: nos gasearon y persiguieron a palazos por las calles.

Ya se sabe: la derrota militar derrumbó a la dictadura pero también la verdad. Al tiempo nadie había apoyado esa "locura", los soldados no eran héroes sino "chicos", los ex combatientes eran la peste, y acaso el único que se había opuesto a la guerra, Raúl Alfonsín, era el nuevo presidente de los argentinos. Como siempre, la sociedad negó lo que había hecho. Como luego negaría, sucesivamente, haber votado a Menem y a De la Rúa. Y como alguna vez negará también haber sufragado por el kirchnerismo.

La "desmalvinización" era, para nosotros, inadmisible. Recuerdo que participamos en una manifestación contra el gobierno alfonsinista: marchamos junto con ex combatientes hasta la Plaza de la Torre de los Ingleses y tiramos abajo con una soga la estatua de George Canning. No estoy orgulloso de nada de eso, y creo que les debo una disculpa a Alfonsín y a los pocos que, como Beatriz Sarlo, trataban de convencernos de nuestro error. Luego aquellos jóvenes imprudentes detestamos para siempre las soluciones bélicas, fueran o no justas. Aunque lo hicimos sin olvidar a los héroes que fueron largamente ignorados por todos. Todavía lo son.

Cuento todo esto porque me pasó enterita por dentro la película personal de Malvinas al escuchar el discurso de la Presidenta. Admito que me parecen interesantes las acciones diplomáticas que ella impulsa. Pero no puedo estar de acuerdo con su reinterpretación de los hechos. Vislumbré en su narración la idea de que la sociedad fue simplemente manipulada por los medios de comunicación, y que era inocente de los sucesos. Como en este caso soy testigo de cargo, su señoría, tengo que recordarle que el triunfalismo de la prensa fue nefasto, pero que su influencia no resultó decisiva para que Jorge Abelardo Ramos (su ideólogo), los intelectuales nacionales y populares, la militancia peronista, la resistencia progresista, la CGT y tantos hombres y sectores que usted estima como parte integral de su proyecto hayan acompañado aquel "desvarío". Fidel Castro, Tomás Borge y García Márquez no fueron manipulados por los medios. Néstor Kirchner tampoco.

Cristina dijo algo cierto: el plan original era izar la bandera en Puerto Argentino y después retirarse. Pero su explicación de lo que pasó luego no es justa: la Presidenta acusa a los medios de haber lavado el cerebro de la gente y de haber convertido a Malvinas en "una causa masiva". Fueron los medios, siempre lo son. Qué fácil, ¿no? De esa manera todos los demás resultan inocentes. El problema es que el ímpetu malvinero anidaba en el inconsciente colectivo, antecedió al periodismo, sobrepasó a los militares, se extendió por el continente y logró una cohesión política inédita. La guerra de mi generación fue un acontecimiento extraño, aún no debidamente elucidado por los intelectuales, una asignatura pendiente del pensamiento, que exige cierta fineza en el análisis. Sólo nos avergüenza lo que fue genuino. Y la guerra nos avergüenza. ¿Por qué? No tengo respuestas. Nadie las tiene.

Mi temor es que el aparato propagandístico del Gobierno haya recibido la orden de articular un nuevo relato sobre Malvinas, y que éste sólo sirva una vez más para castigar a los adversarios del presente.

Bucear en el pasado es necesario y saludable. Lo saben bien los psicoanalistas. Se trata de entrar en dolorosas contradicciones, comprender nuestro lado oscuro y aceptar la ambigüedad que nos domina. Porque sólo a través de ese duro ejercicio se entiende, se cura y se cicatriza. Si le mentimos al psicoanalista o buscamos uno que soslaye la verdad indecible y nos invente un pasado a conveniencia, lo que haremos es profundizar nuestra neurosis. Que ya es mucha.

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