La teoría de Discépolo

Fernando Laborda
Fernando Laborda LA NACION
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25 de agosto de 2000  

Disímiles sentimientos se perciben entre los hombres de la Alianza en el medio del escándalo desatado por el presunto pago de coimas en el Senado de la Nación.

El caso preocupa a casi todos, pero en el seno de la coalición gubernamental hay coincidencia en que este triste episodio perjudica más al Gobierno que al PJ. Se entiende que si hubo senadores sobornados para apoyar una ley, existió alguien que pagó esos favores y que, de confirmarse tal versión, la imagen de pureza con que la Alianza conquistó el poder quedaría ensuciada.

* * *

La bronca ha ganado a dirigentes del radicalismo. "Acá se ha instalado una denuncia sin denunciantes, se le ha dado el valor de una escritura a un simple anónimo y la opinión pública ha dictado sentencia", rezongan senadores de la UCR.

Su mayor temor es que se extienda en la opinión pública la teoría de Discépolo: todo es igual, nada es mejor. Lograr ese efecto -sostienen fuentes aliancistas- no sería difícil para quien desee perjudicar al Gobierno: "Bastaría con pagarles a dos o tres empleados del Congreso para que testifiquen ante la Justicia que en algún momento oyeron algo sobre el pago de coimas, y listo... De esa manera, habría debate para un año más, aunque no haya una sola prueba concreta y todo sea una gran mentira, y el desgaste político del Gobierno y la parálisis legislativa serían enormes", conjeturó un legislador radical.

La actitud del vicepresidente Carlos Alvarez de ponerse al frente de las denuncias despertó recelos entre muchos de sus socios de la UCR. "El Chacho abusó del repertorio y no midió las consecuencias. Si él no hubiese salido con los tapones de punta a plantear sus sospechas, nunca se habría llegado a esta instancia", le reprochan. Las mismas fuentes radicales explican esa posición de Alvarez en función de su "mal momento".

Obviamente, quienes en el Frepaso defienden la actitud de Alvarez señalan que ha sido el único que se animó a denunciar vicios corporativos de la clase senatorial que todo el mundo conocía pero nadie ponía sobre la mesa para debatirlos.

Mientras la discusión interna envuelve a la Alianza, el Gobierno intentó retomar la iniciativa con la sorpresiva presencia del ministro de Trabajo, Alberto Flamarique, en el recinto del Senado para responder a las sospechas. Con ese paso, se buscó refutar la teoría discepoliana y demostrar que Fernando de la Rúa no es igual a Carlos Menem. "Flamarique actuó a la inversa que los funcionarios menemistas involucrados en el escándalo por la venta de armas, que nunca concurrieron al Congreso pese a haber sido citados", dijeron los hombres de la Alianza.

Entretanto, sobrevuelan demasiados interrogantes. Sólo uno para terminar: si nadie se atreve a abrir la caja de Pandora, ¿por cuánto tiempo quedarán los senadores presos en esta olla a presión sin riesgo de evaporarse?

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