La tragedia de Medio Oriente

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30 de enero de 2002  

ISRAELIES y palestinos están recorriendo un camino desdichado que podría imposibilitar por un tiempo incalculable toda avenencia o negociación viable en Medio Oriente. Es necesario que ambos pueblos y sus dirigentes adviertan el abismo que se abre ante ellos y detengan sus pasos. No es comprensible ni puede aceptarse que las imposiciones del odio y el anhelo de venganza llenen todo el panorama y no dejen espacio para ninguna alternativa como no sea el exterminio del adversario.

Ese hipotético desiderátum del fanatismo es destructivo y trágico para los dos sectores en pugna. El acuerdo, a estas alturas de los hechos, no es ya una pura aspiración moral o una mera función del pacifismo sino una acuciante cuestión de supervivencia para ambos pueblos. La mirada de un estadista no puede dejar de ver que cada atentado retacea la posibilidad de que la patria libre de los palestinos llegue a existir; tampoco puede dejar de percibir que cada represalia es una piedra más en la trabajosa jornada que debe cumplir Israel en defensa de su seguridad y en procura del necesario consenso internacional.

Es forzoso, pues, que los hombres de Estado, o, al menos, de conciencia y de patriotismo de un lado y del otro se resuelvan a detener la avalancha de odio que se desata día tras día y a trabajar mancomunadamente para que el entendimiento renazca entre las ruinas.

Infortunadamente, nada de eso está sucediendo. Una secuencia horrible de acciones y de reacciones despiadadas aumenta cotidianamente la brecha de sangre que divide a esos pueblos. En ese agobiado rincón del mundo, el terror gobierna las decisiones y la furia es el único lenguaje que se escucha. Ello condiciona al extremo a los jefes políticos, pues se ha conformado una realidad atroz en medio de la cual nadie osa hacer gestos de contención por temor a ser tenido por débil.

Se trata, en rigor, de una pugna que no nació ayer ni se origina en los desencuentros diplomáticos de los últimos años, sino que recorre todo el siglo XX, desde el mismo momento en que empezó a corporizarse el regreso histórico de los judíos a lo que consideran su hogar nacional. A partir de entonces su relación con los árabes que habitaban esa zona conoció altos y bajos, primero bajo la forma de agitación popular y, más tarde, tras la creación del Estado de Israel, de choques orgánicos entre un país y sus vecinos; más recientemente, entre un gobierno y una parte inasimilada de la población que rige o ansía controlar.

Una contienda tan larga -y la comprobación de que el encono lejos de extinguirse se realimenta- impone, urgentemente, un enorme esfuerzo destinado a construir nuevas formas culturales de convivencia, a atemperar las pasiones desatadas, a reducir paulatinamente las llamas de ese incendio cada vez más voraz. Al respecto, se habla a menudo de guerra religiosa o de choque de civilizaciones; son ideas muy amplias y ciertamente no desdeñables, pero de ningún modo se puede aceptar resignadamente, como un fatalismo, la constante apelación a la violencia y al aniquilamiento del adversario.

Judaísmo e islamismo, Occidente y Oriente, han sido, sin duda, causas de persecuciones y de enfrentamientos sin cuento, pero son, también, riquísimos veneros de tradición humanista, de estudio trascendente y de compasión hacia las mil calamidades que asechan la vida del hombre. Según enseñan la sabiduría y la experiencia, nadie debe esperar la muerte de determinadas religiones o civilizaciones, sino su transmutación por medio del perfeccionamiento secular de sus valores morales.

A nada puede llevar una contienda generada por el deseo salvaje de destruir a un pueblo o a una cultura, sino a oscurecer la historia y a envilecer la vida humana. La paz que judíos y árabes tienen la obligación de edificar nace de profundos mandatos metafísicos, pero también de causas políticas reales y visibles, tales como la demarcación territorial y el destino de los desplazados por esa delimitación. En el medio, como gran tema pendiente, se alza la intrincada cuestión jurídico-institucional de la autonomía palestina.

Hay, sin duda, entremezclados muchos otros problemas, anclados en el amor propio de personas y de comunidades. El principal desafío que afrontan las dirigencias tiene que ver con la búsqueda de los caminos que permitan circunscribir esos conflictos a su limitada esfera. La paz, la verdadera paz, surgirá cuando las dos partes encaren con entera decisión la remoción de los obstáculos emocionales que dificultan la consolidación de formas de convivencia basadas en el respeto irrestricto a la dignidad de la persona humana. En la propia doctrina y en el propio particularismo cultural de ambos pueblos están las semillas de esa coexistencia pacífica que hoy parece distante.

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