La tragedia que hundió a Europa en la barbarie

Nuevos estudios dejan al desnudo la miopía política que, en 1914, hizo añicos el frágil equilibrio de poderes en un continente que aún no tenía instituciones sólidas para resolver pacíficamente sus diferencias
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3 de febrero de 2014  

BERLÍN.- El 28 de junio de 1914 se difundió por los telégrafos la noticia de la muerte violenta del heredero al trono austrohúngaro en Sarajevo. Cinco semanas después, estalló la Primera Guerra Mundial . En la memoria colectiva de los alemanes, aquella contienda quedó a menudo soterrada por la Segunda Guerra Mundial y el crimen de lesa humanidad que fue la Shoá. Pero en muchos de nuestros países vecinos, en cuyos territorios tuvieron lugar las sangrientas batallas y la horrenda matanza de las trincheras, la Primera Guerra Mundial está marcada a fuego en la memoria hasta el mismo día de hoy; en Francia sigue llamándose sin más la Grande Guerre , la Gran Guerra . George Kennan reconoció en ella la "catástrofe originaria" del siglo XX.

La historia de aquellas cinco semanas transcurridas entre el atentado en una convulsa región periférica del Imperio Austrohúngaro y el estallido de la guerra entre las grandes potencias europeas se ha dscripto muchas veces. Con ocasión del centenario de la catástrofe, han aparecido numerosos estudios nuevos que tratan de hacernos comprender lo inconcebible. Exponen detalladamente el cálculo de los actores en las capitales europeas, los temerarios pronósticos sobre una campaña que supuestamente conduciría a una rápida victoria, la fijación de objetivos bélicos descabellados, los errores de apreciación sobre el comportamiento de los adversarios y de los propios aliados.

El estallido de la guerra hace cien años y el desmoronamiento del frágil equilibrio de poderes europeo en el verano de 1914 es una historia tan impresionante como angustiosa del fracaso de las elites y de los militares, pero también de la diplomacia. Ello es aplicable no sólo a los decisivos días de julio de 1914. Las relaciones entre las grandes potencias del continente y sus dinastías reinantes, muchas de ellas incluso emparentadas entre sí, tenían los pies de barro mucho antes de que la fatídica concatenación de errores de apreciación política y movilizaciones militares siguiera su curso. Las pautas de pensamiento del Congreso de Viena ya no eran capaces de responder a la realidad de la Europa de principios del siglo XX, presidida por complejas interrelaciones e inmersa en una fase temprana de la globalización de sus economías nacionales. La política exterior de aquel entonces no disponía ni de la voluntad ni de los instrumentos para generar confianza y alcanzar un equilibrio de intereses pacífico. Estaba marcada por una profunda desconfianza recíproca, confiaba en los medios de la diplomacia secreta y no tenía empacho en solventar las rivalidades de poder a costa de terceros. No conformó instituciones sólidas para el arreglo pacífico de controversias a través de negociaciones.

Que de la documentación histórica de los beligerantes se desprenda con absoluta nitidez hasta qué punto predominaban por doquier las percepciones erróneas y la miopía política no nos da pie a los alemanes para relativizar el fracaso de la política exterior alemana en aquellas aciagas semanas. En lugar de buscar el entendimiento, en Berlín se impuso la voluntad de ir hasta las últimas consecuencias. Durante la Primera Guerra Mundial, perdieron la vida 17 millones de personas en todo el mundo, y un número incalculable la sufrió en su propio cuerpo y padeció secuelas de por vida.

Este año rendiremos homenaje a las víctimas en los campos de batalla de entonces, en Alsacia, en Flandes, en el Marne y el Somme, en Ypern y también en el Este. Es una gran suerte que hoy en día haya llegado a ser inconcebible que pueda estallar una guerra en el corazón de Europa. Tras el cataclismo civilizatorio de la Segunda Guerra Mundial, que partió de Alemania, establecimos una comunidad jurídica europea que desecha el siempre precario equilibrio de alianzas cambiantes que caracterizó a nuestro continente cien años atrás. Con la Unión Europea hallamos un camino para resolver pacíficamente nuestras diferencias de intereses. Entre europeos, en lugar de la ley del más fuerte, rige la fuerza de la ley. A algunos buscar compromisos alrededor de la mesa común de negociaciones en Bruselas les resulta demasiado trabajoso, demasiado prolijo, demasiado parsimonioso. La admonición de este año conmemorativo consiste en que seamos permanentemente conscientes del formidable logro civilizatorio que representa el hecho de que Estados miembros, pequeños y grandes, antaño adversarios en innumerables guerras libradas en nuestro desgarrado continente, pugnen hoy pacífica y civilizadamente por hallar soluciones conjuntas en largas noches de negociación.

La pérdida de confianza en el proyecto europeo registrada a lo largo de los años de la crisis económica europea, en particular entre la generación joven, acuciada en muchos lugares de la UE por el desempleo y la falta de expectativas de futuro, entraña grandes peligros. En semejante tesitura es fácil entonar sonsonetes nacionalistas, envueltos en la consabida musiquilla de la crítica a Europa. Ante el trasfondo de la historia tenemos el deber de hacerles frente con determinación.

En muchas partes del mundo, el quebradizo sistema del "balance of power" no se ha superado hasta el día de hoy. Veinticinco años después de la caída del Muro de Berlín y de la Cortina de Hierro, son numerosos los focos de crisis. En Medio Oriente y parte de África se carece de una arquitectura de seguridad regional estable. En Asia oriental las pulsiones nacionalistas y las ambiciones encontradas amenazan con convertirse en un grave riesgo para la paz y la estabilidad mucho más allá de la región.

El estallido de la guerra en 1914 hizo añicos la primera globalización. Tan estrechamente entrelazadas estaban las economías nacionales y las culturas europeas que a muchos coetáneos la guerra se les antojaba lisa y llanamente imposible, irracional y contraria a los propios intereses. Pero, con todo, estalló. Hoy, nuestro mundo está más interconectado que nunca. Ello abre numerosas oportunidades, genera prosperidad y espacios de libertad. Pero nuestro mundo también es vulnerable y está lleno de puntos de fricción y conflictos de intereses. En este mundo, la sagacidad de la política exterior y el oficio diplomático son más importantes que nunca. Una mirada desapasionada, no sólo sobre los propios intereses sino también sobre los de los vecinos y socios, una actuación responsable y una consideración objetiva de las consecuencias son irrenunciables para salvaguardar la paz. Evitar tomas de posición precipitadas y sondear tenazmente espacios de compromiso son dos principios básicos de una diplomacia prudente. El año 1914 nos ofrece abundantes muestras de adónde conduce ignorarlos. ¿Debía la crisis de julio abocar entonces inexorablemente a la catástrofe? Seguramente no. Pero en aquella época el pathos y la presunta audacia eran tenidos en mayor estima que el valor de luchar por un laborioso equilibrio de intereses. ¿Queda descartado que hoy pueda repetirse algo parecido? Sólo depende de nosotros, los responsables actuales, y de las lecciones que sepamos sacar de la historia.



© LA NACION

El autor es ministro federal de Relaciones Exteriores de Alemania

Frank-Walter Steinmeier

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