La trampa de una campaña electoral

Javier Correa
Javier Correa PARA LA NACION
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8 de agosto de 2019  • 18:51

Las campañas políticas son procesos vitales para la democracia, pero exacerban el conflicto, refuerzan las falsas dicotomías, disimulan la verdad y viven del slogan. Quien pueda escapar de esta lógica sin perder su identidad tendrá más chances de ganar la elección.

"En un conflicto armado, la primera víctima es la verdad". Sin autor certero, los corresponsales de guerra adoptaron esta frase como una máxima, que bien podría aplicarse a las campañas electorales. No hablamos solo de las llamadas fake news, un viejo fenómeno con nuevas capacidades de producción, sino también de una dinámica antagónica de extraordinario volumen comunicacional que propone esencialmente un "nosotros" y un "ellos". El cielo o el infierno.

Aun siendo legitimadores por excelencia de las democracias, los procesos electorales sirven cada vez menos para brindar información a la ciudadanía y son cada vez más utilizados para movilizar al electorado duro y regar con negatividad al candidato ajeno. En los casos más sofisticados, las campañas sirven para lo más importante si de ganar se trata: identificar al electorado que un candidato no tiene, pero que podría llegar a tener.

Sin embargo, incluso en casos como este último, las campañas han perdido la capacidad para establecer una agenda de valores e intereses que estén por fuera de cada tribu, de sus creencias y de su forma de mirar el mundo. La comunicación electoral moderna acompaña cada vez mejor la demanda de cada segmento de la población y retroalimenta la inevitable distorsión que producen los sesgos. Que la verdad no arruine una buena campaña.

Este escenario, muy poco propenso a la verdad y en el que escasean incentivos para el debate productivo se agudiza cuando la oferta electoral se reduce a una dualidad extrema. Es el caso de nuestro país, que transita la elección presidencial que probablemente sea la más polarizada en los últimos 20 años. En las elecciones de 1999 los dos principales competidores concentraron el 86% de los votos y este año, según las encuestas más confiables, esa cifra ascendería al 80%. El sociólogo Juan José Linz decía que la competencia "rompe con la unidad, el consenso y con la idea que una solución puede ser buena para todos". Si esta competencia es prácticamente dicotómica, la tendencia al maniqueísmo se acelera y la moderación resulta cada vez más lejana.

¿Qué supone la moderación? Mauricio Macri lo expresó bien el 19 de julio de 2015. Luego de que Horacio Rodríguez Larreta venciera a Martín Lousteau en el balotaje por la jefatura de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, el actual presidente planteó con un discurso que sorprendió a más de uno: "Debemos aceptar que en algunas cosas se ha avanzado y no podemos volver atrás". Acababa de reconocer el valor la Asignación Universal por Hijo, ratificar el carácter estatal que mantendría Aerolíneas Argentinas y garantizar que las jubilaciones seguirían en manos de la ANSES.

Moderarse no significa exclusivamente no confrontar. Además, supone dejar de hablarle a los propios para ir en busca del votante ajeno. Para Alberto Fernández o Mauricio Macri, es escapar de los extremos, pero sin perderlos. Ir a pasear por el barrio de los indecisos genera desconfianza en la casa de los fanáticos, pero solo así se puede ganar.

Indudablemente, ser creíble para quien no se siente representado por las actitudes, ni por el discurso, ni por el pasado de un candidato no es una tarea sencilla. Las campañas se desarrollan en contextos turbulentos plagados de dificultades que obstaculizan las chances de los candidatos de acceder al electorado indeciso, o de terceras fuerzas marginales.

Algunos escollos para la moderación podemos encontrarlos en la esfera pública por la que navegan las campañas electorales. Como dice Manuel Castells "cualquier tipo de poder tiene que pasar por el espacio de la comunicación para llegar a nuestras mentes". La esfera pública que componen los medios de comunicación y las redes no invita precisamente a la moderación, sino más bien todo lo contrario.

En 2018 se estimó que en la televisión argentina trabajaban 154 personas que se desempañaban como panelistas. El formato, que aún sigue vigente, propone el conflicto como eje. Una opinión es válida en la medida que exista otra contraria. Ambas son imprescindibles, pero deben ser contradictorias. Los tiempos del debate son naturalmente mínimos y la calidad argumentativa es, ciertamente, baja.

Las redes sociales no conforman un mundo mucho más amigable para administrar las diferencias políticas. Las aldeas del odio se tiran con todo, especialmente en redes abiertas como Twitter, la meca de la agresividad. Encontrar un discurso moderado en medio de las piedras es casi una entelequia.

Otras causas que atentan contra la capacidad de huir de los extremos podemos encontrarlas en la intimidad de una campaña: entrar en contacto con un electorado en guardia requiere más tiempo y además es más incómodo, porque el terreno que se transita es más hostil. Allí no hay sonrisas, sino dudas y cuestionamientos.

Por otra parte, las mesas de campaña suelen debatirse entre lo que se cree y lo que se necesita. El entorno de los candidatos nunca es representativo de los votos que se buscan y el microclima que envuelve al poder puede incluso llegar a despreciar a los sectores que es preciso conquistar.

Así, si la propia dinámica de la competencia electoral, los medios, las redes y el entorno de los candidatos, tienden a estimular los posicionamientos extremos, ¿es posible moderarse? Esa es la trampa. Que candidatos y ciudadanos creamos que no.

No obstante, la moderación no sólo puede ser una herramienta exitosa en contextos polarizados, sino que además es necesaria para lo más importante: gobernar bien. Mientras que una campaña se apoya en el disenso, un buen gobierno se construye sobre la base del consenso. Si la campaña le habla a una porción del electorado, o a minorías, un buen gobierno trabaja para las mayorías. Si la campaña es un eslogan, un buen gobierno es un programa. Si la campaña es impacto, el gobierno debería ser huella.

Entre otras variables, será presidente quien mejor logre contener el disenso, una capacidad que será determinante para hacer bien lo que sigue a partir del 10 de diciembre. Que no nos enceguezcan los éxitos de corto plazo, gobernar bien es una tarea infinitamente más difícil que ganar una elección.

El autor es consultor político

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