La turbulencia que viene de Asia

Por Alvin y Heidi Toffler Para LA NACION
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4 de diciembre de 2001  

SHANGHAI.- Cuando Japón inició su ascenso vertiginoso seguido por Corea del Sur y otros países asiáticos, hace ya treinta años, la atención de las elites económicas norteamericanas fue virando lentamente de Europa hacia Asia. En los años 90, Wall Street y los medios financieros occidentales empezaron a llamarla “el motor” de la economía mundial. El establishment de Washington en materia de política exterior tardó aún más en apartarse de su visión eurocéntrica del mundo. Sólo en 2001, un presidente norteamericano anunció formalmente que, de ahí en más, los Estados Unidos centrarían su interés en Asia.

En todo ese lapso, el continente pareció políticamente estable, pese a su rápida transformación económica. En China, Deng Xiaoping gobernó durante dos décadas; ni siquiera fue cuestionado tras las protestas en la plaza de Tiananmen, en 1989. En Japón, el Partido Liberal Demócrata imperó ininterrumpidamente en casi todo el período de posguerra. En Corea del Sur hubo cambios de partidos y presidentes, aunque poco tumultuosos. En Indonesia, el general Suharto disfrutó del poder por más de treinta años. Lee Kuan Yew gobernó oficialmente Singapur durante treinta y uno años; luego, fue “ministro principal”. India cambió de partidos, pero en elecciones periódicas; mantuvo un blando abrazo con la Unión Soviética y, después, con Rusia. Entretanto, Paquistán contó con los Estados Unidos y China como contrapesos de India. En suma, los países clave de Asia tuvieron un largo período de desarrollo económico con turbulencias políticas relativamente leves y pocas transferencias de alianzas.

Nudo de conflictos

Hoy, el cambio ha llegado a todas las naciones asiáticas. En Afganistán, asistimos a la primera colisión entre un país premoderno, que apenas si ha completado su transición económica del nomadismo a la agricultura, y un adversario que está dejando atrás rápidamente la modernidad industrial. Al sur, el general Musharraf lidera un Paquistán poseedor de armas nucleares; los norteamericanos lo apremian a que los apoye en Afganistán, una posición tan impopular en su propio entorno, que ha motivado purgas parciales en su ejército y su servicio de inteligencia. Dentro de Paquistán, refugiados afganos partidarios de los talibanes conspiran, intrigan e incitan a sus hijos a luchar por Osama ben Laden. Y al sur, cruzando la frontera, está Cachemira, territorio indio en disputa donde activistas y separatistas musulmanes, apoyados por Paquistán, practican el terrorismo contra una India también provista de armas nucleares. Estos conflictos casi han borrado de la noticia las guerras separatistas de Filipinas e Indonesia.

En cambio, al norte y al este, China aún parece casi un oasis de estabilidad. Pero también ella está entrando en una turbulencia. Pekín afronta sus propias tensiones islámicas, para no hablar de la escasez de agua y la aparición de cultos extraños, como el bien organizado Falun Gong. Si bien podrían iniciar fácilmente una escalada, estos problemas son por ahora secundarios, comparados con las cuestiones de mayor amplitud y alcance. El impulso de China por transformar el modo de vida de casi un 20 por ciento de la población mundial en el término de una generación constituye el mayor cambio económico aislado del Asia actual. Pekín tiene por delante un cambio de guardia político, en 2002, cuando Jiang Jemin deje el liderazgo formal. A nadie sorprenden, pues, las crecientes tensiones o conflictos entre candidatos, facciones o instituciones, desde los reformistas partidarios de las empresas hasta el Ejército Popular de Liberación y sus diversos grupos de poder. Por ahora, estas tensiones serían absolutamente manejables.

En un nivel mucho más profundo, se gesta el choque de intereses fundamentales que separa a los 900 millones de campesinos chinos, que viven en la primera ola, de los 250 a 300 millones del sector industrial urbano (segunda ola) y los 10 a 20 millones, en su mayoría jóvenes, que con sus computadoras personales, palm pilots, cibercafés y métodos financieros al estilo occidental están poniendo en marcha enérgicamente la economía emergente de la tercera ola. He aquí un “conflicto entre olas” que provoca colisiones regionales, étnicas, religiosas y políticas en tantos países y, a veces, derroca regímenes u ocasiona enfrentamientos militares. La Guerra de Secesión (1861-1865) fue un ejemplo sangriento: sólo cuando el Norte, en proceso de industrialización (segunda ola) venció a un Sur agrario y esclavista (primera ola), los Estados Unidos se abocaron decididamente y en bloque a una modernización industrial. En China, quizá se renueven los ataques contra el “prejuicio industrial”, como solía decir una generación anterior, o sea, la tendencia a descapitalizar al campesinado para invertir en la industrialización. Probablemente, las regiones más ricas y desarrolladas intensificarán sus demandas de mayor autonomía. Entre los observadores externos de China, una minoría plantea incluso la posibilidad extremadamente remota (aunque no desechable) de que en los próximos diez años estalle una guerra civil y aun desborde las fronteras chinas.

Tales presiones tal vez requieran cambios profundos en la estrategia de desarrollo general de China. Hoy está demasiado abocada a un desarrollo liderado por las exportaciones. Japón adoptó esta estrategia en los años 70; más tarde, la imitaron casi todos los vecinos de China, desde Taiwán y Corea hasta Malasia. El éxito formidable de sus exportaciones y su apertura paralela a las inversiones extranjeras redituaron enormes beneficios a China. Pero las estrategias eficaces en economías pequeñas no lo son necesariamente en otras mucho mayores. Dada la vastedad de China, su complejidad y la coexistencia de las tres olas de desarrollo, lo que sirvió para los “tigres asiáticos” quizá no sea adaptable al nivel de un “elefante asiático”.

Una tarea ardua

En las dos últimas décadas, mientras los Estados Unidos y Europa podían absorber importaciones de Asia aparentemente inagotables, la tambaleante economía mundial y lo que podríamos llamar la “sobrecarga de exportaciones” fijaron algunos topes a China. Todavía hoy, todos los países cercanos temen que los desaloje del mercado mundial, aun el de la electrónica relativamente sofisticada, desde semiconductores hasta artículos de consumo.

Este salto en las presiones competitivas regionales agravará, en forma simultánea, las tensiones en las relaciones exteriores de China y su temor a una escalada del desasosiego interno. Pekín necesita robustecer su economía interna mediante la transformación conjunta de sus sectores industrial y agrícola. Si quiere reducir el conflicto entre olas en la agricultura, tendrá que aplicar igualmente herramientas propias de la tercera ola: cultivos transgénicos, comunicaciones más eficientes y baratas, una ciberestructura avanzada, satélites para pronosticar las pautas climáticas y un mejoramiento drástico de la educación rural. En el sector industrial, deberá utilizar los instrumentos ya habituales de la economía norteamericana, desde la manufactura basada en el conocimiento hasta una administración flexible, desde el aplanamiento de la jerarquía burocrática hasta el capital de riesgo y los incentivos a la innovación.

Es una tarea ardua. Hasta en el escenario más optimista, veremos turbulencias crecientes en toda Asia. Sin embargo, mientras la lucha en Afganistán va acercándose al final, el “drama asiático” (como dio en llamarlo el sociólogo Gunnar Myrdal) apenas si ha comenzado.

(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)



Alvin y Heidi Toffler son autores de La tercera ola, El choque del futuro, Cambio de poder y Creando una nueva civilización, entre otras obras. Su consultora estratégica asesora a empresas y gobiernos.

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