La última "murguiseñal"

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7 de marzo de 2020  

Los flamencos la tienen fácil: le llaman "duende". Se trata de un don algo intangible. Mágico y misterioso. Es intrínseco al artista, y forma parte de un imaginario cultural poderoso y místico. Aparece en los conciertos y todo brilla. (Cuando se ausenta, estamos en problemas). El miércoles pasado, ese duende cambió de tablado: se pintó la cara, se vistió de galera y levita, y se apareció por el Café Vinilo. Pero, primero, déjenme contarles sobre este boliche palermitano. Desde hace más de una década es uno de los espacios mejor curados de la escena porteña, un refugio íntimo para la música popular. Un patio hace las veces de antesala a cielo abierto a un auditorio que ostenta una calidez acogedora, por sus paredes con ladrillos a la vista y sus dimensiones ideales para disfrutar de la música en vivo.

Hace unos días, el epílogo del ciclo Carnaval de Vinilo, craneado y coordinado por Francisco Frulla, fue un concierto inolvidable. Un nuevo miércoles de cenizas hizo de bis, y funcionó como una coda inesperada, una "murguiseñal" para los húsares de Momo, en forma de las luces de esa guirnalda de bombitas coloridas que ambientaban el escenario. Y fue, también una evocación de aquél Buenos Aires en camiseta, el formidable tratado sobre la vida cotidiana porteña que Calé publicaba en los años 50 en las páginas de Rico Tipo.

Un aura de nostalgia recubre a Las Orillas, el grupo encargado de abrir la velada. A fuerza de tangos, murgas, milongas y candombes, este cuarteto rescata un cancionero de la primera mitad del siglo pasado y traza un puente entre los dos márgenes del Río de la Plata. Entre el sonido primitivo de los tambores de candombe y los bombos de murga porteña de Berni Santiago, la guitarra de Matías Bulgarelli y la expresión romántica del acordeón de Julio Locatelli, la voz encantadora de Bárbara Aguirre -una de las artistas más inquietas y talentosas de la escena criolla- nos guía a través de un tour vintage, pero saludablemente aggiornado al lenguaje inclusivo. Hay piezas de Francisco Lomuto, de Romeo Gavioli, de Homero Manzi, en una selección donde la elección del repertorio hace parte fundamental de la obra, tan conceptual como ese bombo de murga XS con un fileteado con la sonrisa eterna del Zorzal del Abasto debajo del platillo. Dos murguistas (él, de Los Inconscientes de Almagro; ella, de La Locura de Boedo) salen a bailar entre el público y a pesar de lo reducido del espacio se las arreglan para tirar sus pasos de triple salto y matanza.

El cierre de la velada estuvo a cargo de un pionero en la cruza de la murga porteña con el rock y la canción de autor (de pie, señores): el maestro Alejandro del Prado. La mención a Calé, un párrafo más atrás, no era casual: Alejandro es su hijo, heredero musical de esa impronta porteña. El año pasado, el periodista Mariano del Mazo y el cineasta Marcelo Schapces, estrenaron el documental Alejandro del Prado, El eslabón perdido, un film indispensable que explora, reivindica y pone en valor la obra de este artista superlativo y oculto que fue el primero en incorporar el bombo de murga a un formato de banda. Una figura, por empatía generacional y búsqueda estética, equiparable a la del uruguayo Jaime Roos. Aunque, claro, la discografía de Del Prado es mucho menos prolífica. Sin embargo, muchas de sus canciones de los 80 se volvieron clásicos generacionales, como "Aquel Tanguito de Almendra" o "Los locos de Buenos Aires". Del Prado es un referente para todos los artistas que pasaron por el ciclo: Coco Romero, Beto Asurey, el Trío Piraña, Las Bicicletas de Saturno, entre otros. Emblema, también, de la tradición interrumpida del carnaval porteño. En tiempos de dictadura, a fines de los 70, Del Prado se refugió en México, donde grabó su primer disco (Dejo constancia, 1980) y acompañó a otra leyenda oriental, Don Alfredo Zitarrosa. De Zitarrosa cantó una emotiva versión de las "Coplas para el compadre Juan Miguel". Y en otro de sus clásicos, "Aquella murguita de Villa Real", sumó a Los Habitués, un coro impecable, guardián de la tradición carnavalera.

Cada concierto de Alejandro Del Prado es una experiencia extraordinaria, trascendente, inolvidable. Entre el público estaba, fascinada, la cantante y compositora Sofía Viola, compinche de Barby Aguirre, que está alcanzando una merecida repercusión expandiendo su música al resto del continente. "Aunque te parezca mentira, no lo conocía", me contó después del show. "Para mí, es un privilegio poder ver a un artista así. Me hice fan. Y todo el tiempo pensé en Eduardo Mateo."

El poeta Horacio Buscaglia, parceiro de Mateo, lo ejemplificó así: "¡Qué sponsor la muerte!". Hablaba del mito post mortem alrededor de Mateo, y la frase puede aplicarse al Príncipe Gustavo Pena, y a tantos otros. Escuchar a Alejandro del Prado, vivito y carnavaleando, no es una oportunidad para dejar pasar.

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