La última tertulia de Díaz-Plaja

Alejandro Máximo Paz
Alejandro Máximo Paz PARA LA NACION
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19 de noviembre de 2012  

Hace pocos días murió en Montevideo, a los 94 años, el escritor, ensayista y periodista español Fernando Díaz-Plaja. Hijo de un militar de ideario democrático perteneciente a una vieja familia catalana, tanto él como sus hermanos tuvieron una vida destacada en las letras españolas. Su hermana Aurora fue una buena escritora de literatura infantil y su hermano Guillermo, académico de número de la Real Academia y premio nacional de España, un brillante estudioso de la literatura castellana con cuyos libros se formó, hacia mediados del siglo XX, una parte del alumnado de esta América latina.

Fernando Díaz-Plaja se licenció en Filosofía y Letras en la Universidad de Valencia y se doctoró en Historia en Madrid. Una firme postura liberal le ocasionó algunas dificultades para conseguir trabajo en España y lo impulsó a que muy joven comenzara ese largo y maravilloso viaje que fue su vida. Lo inició haciendo periodismo y enseñando en la Universidad de Milán, para después pasar por Alemania. Allí dio cátedra en la Universidad de Heidelberg, al tiempo que prolongaba la actividad académica en otras universidades de Europa.

Conoció en Italia a su primera mujer, una cantante de ópera norteamericana con quien se instaló en Nueva York y con la que tuvo dos hijas. Más tarde, el viaje continuó hacia el Oeste: enseñó en las universidades de Stanford y Santa Bárbara, en California.

Díaz-Plaja hablaba por igual español y catalán, italiano, alemán, inglés, francés y portugués. Este infatigable trotamundos conoció cerca de cien países de algunas de cuyas sociedades fue, en sus relatos, no sólo un testigo fiel, sino un observador agudo. De todos modos, confirmando que tanto la caridad como la crítica bien entendidas siempre comienzan por casa, su mayor éxito literario fue El español y los siete pecados capitales , de 1966, que en sus 26 ediciones y numerosas reediciones llegó a vender cerca de un millón de ejemplares. Mientras escribo esta nota echo una vistazo a la biblioteca donde lucen unos quince libros de su autoría, lo que significa tan sólo el diez por ciento de su producción, pues Fernando Díaz-Plaja, tal como lo relatan las numerosas notas necrológicas publicadas en estos días en España, escribió algo más de un centenar de libros entre ensayos históricos, biografías, libros de viajes y costumbres y ensayos literarios. Por cierto que su sola enumeración implicaría un extenso listado que excedería estas líneas, por lo que me limitaré a recordar sólo algunos títulos, como Historia de España , La España de los Borbones y La Segunda República ; las biografías de Cervantes, de Felipe III y de Fernando VII, y otras ajenas a la hispanidad, como la de Catalina la Grande o la de George Sand. También La Europa de Lenin , La España de la Inquisición , La España de Goya y los que trataron sobre la Guerra Civil, entre los que se destacan Todos perdimos y Los grandes procesos de la Guerra Civil española.

En los años setenta, ya divorciado de su primer matrimonio, conoció a Haydée Carro, uruguaya, viuda, con la que compartió el resto de su vida. Con ella recaló en Madrid y, hace poco más de diez años, se instalaron en Punta del Este, ciudad en la que varios argentinos, uruguayos y españoles tuvimos el privilegio de disfrutar de su amistad, compartir un poco de esa grata vida veraniega y, muy especialmente, participar de su encantadora tertulia. Fue allí donde el escritor y periodista uruguayo, Rubén Loza Aguerrebere, nos lo presentó a Rodolfo Rabanal y a mí. Unas tardes después, nos reunimos a tomar un café y conversar, dando nacimiento a la tertulia, a la que enseguida se sumaron Gustavo Bossert, José Ignacio García Hamilton y el lingüista español Santiago Malabia. Luego nos acompañó Sergio Renán y más adelante lo hicieron Abel Posse y Fernando Petrella. También alguna tarde concurrieron periodistas, como José Claudio Escribano y Julia Rodríguez Larreta, así como otros amigos que cada tanto fueron invitados.

Al igual que las permanentes Buenos Aires y Montevideo, también Madrid formaba parte de nuestra tertulia, pues a menudo la evocaba su recuerdo. Con humor recordaba el episodio de un amigo extranjero que va a las oficinas madrileñas de un ministerio y, viéndolas cerradas, pregunta al portero: ¿Es que no trabajan por la tarde?, a lo que aquél le responde: "No, señor, verá usted. Por la tarde no vienen; cuando no trabajan es por la mañana". Y así, con humor, con relatos de la Europa que vivió o con recuerdos de Dalí, de Buñuel o de Fernando Fernán Gómez, su anecdotario, tanto dramático como humorístico, era inagotable. Este cariñoso amigo se ha ido, pero quedan sus libros para quien quiera leerlos o releerlos. Los asistentes a la tertulia puntaesteña conservamos el recuerdo de su "duende", mágico y lorquiano, que daba a su palabra la fuerza eterna de España hendida en su refinado ejemplo de cultura universal.

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