La universidad ante el nuevo mundo del trabajo

Ezequiel Bramajo
Ezequiel Bramajo PARA LA NACION
(0)
2 de septiembre de 2016  

La cuestión de la titulación académica como condición necesaria y suficiente para un desarrollo laboral y económico exitoso comienza a declinar entre las generaciones de los jóvenes de hoy. La cantidad de ejemplos de desarrolladores y emprendedores laborales sin titulación conforma una copiosa lista que no es ajena a quienes hoy se enfrentan a la decisión de comenzar a construir su futuro laboral.

El mundo de la ficción, incluso, trae algunos ejemplos de ello. La serie televisiva Suits, altamente difundida entre las generaciones de hoy, cuenta la historia de un joven que, sin titulación, pero forzado desde muy temprana edad a enfrentar las diferentes situaciones de la vida, consigue un puesto de trabajo en el bufete de abogados más importante de Manhattan.

Tiempo atrás, el vicepresidente de Recursos Humanos de Google "escandalizaba" al mundo académico minimizando los antecedentes académicos como criterio de contratación de personal, y añadía, finalmente, que la proporción de trabajadores que ingresaban a Google sin título universitario se incrementaba significativamente año tras año.

En algunos casos, incluso, la radicalidad del planteo sugiere que el paso por la universidad no sólo no es imprescindible sino que obstaculiza y retrasa la incorporación de las habilidades adecuadas. Un eslogan recurrente entre los jóvenes de hoy es que la realización del sabático travel-working, una vez finalizado el colegio secundario, es tanto o más formativo que varios años de facultad.

Aun cuando pueda parecer contradictorio, las propias universidades han aportado también en esta dirección. Influidas por las condiciones y lógicas del mercado de intercambio y presionadas por el avance prepotente de la tecnología que, con solo apretar un botón, suprime la necesidad de bibliotecas enteras, avanzan, en su gran mayoría, bajo el paradigma de la utilidad y la optimización. Desde allí proponen una "formación" para sus alumnos proyectada hacia el mundo del trabajo. Aferradas, sin embargo, a la tradición de la estabilidad y solidez del conocimiento científico, se alejan sin posibilidad de respuesta de las necesidades del mundo real del trabajo, desregulado, flexible e inestable.

¿Qué ha sucedido? La respuesta es más sencilla de lo que se podría suponer. Mientras la universidad construye y transmite enormes edificios de conocimientos sólidos, el mundo del trabajo, concomitantemente con los otros diferentes aspectos de la vida, se vuelve -parafraseando a Bauman- cada vez más "líquido". El mundo en general y, especialmente el del trabajo, fluye incesante y huidizo como el río de Heráclito sin la posibilidad de que el saber sólido de la conceptualización científica lo pueda asir. Como afirma el epíteto de Modernidad líquida "la interrupción, la incoherencia, la sorpresa, son las condiciones habituales de nuestra vida. Se han convertido incluso en necesidades reales para muchas personas, cuyas mentes sólo se alimentan (...) de cambios súbitos y de estímulos permanentemente renovados (...) Ya no toleramos nada que dure..."

Así las cosas, la universidad se enfrenta hoy día a una inédita disyuntiva: continuar por el camino, evidentemente estéril, de brindar conocimientos sólidos para un mundo cada vez más líquido o, por el contrario, abrir sus puertas y dejarse impregnar por las nuevas condiciones de la vida y focalizarse en desarrollar en sus alumnos habilidades y competencias que les permitan acomodarse a la lógica del cambio.

Ir tras el vertiginoso y cambiante mundo del trabajo sin considerar las características y el estatuto de lo que se enseña, parecería asegurar su imposibilidad de articular adecuadamente formación y trabajo, confirmando, de esta manera, la tesis de que la universidad no prepara suficientemente bien para los desafíos del mundo laboral de hoy.

Si, por el contrario, la universidad, reconociendo y revitalizando su origen como movimiento de búsqueda, abriera sus espacios a las nuevas condiciones de la vida, se pondría quizás en situación de forjar una mejor conexión. Esto implicaría, entre otras cosas, abandonar procesos formativos unidisciplinarios, monolíticos y jerárquicos, revisar las prácticas y didácticas de apropiación de los conocimientos e introducir en el contacto con los contenidos y los docentes la posibilidad del movimiento, esto es, la contradicción, la incertidumbre, la contingencia, la variedad, la ambigüedad y lo aleatorio. Incorporar y enfrentar estas situaciones abriría la posibilidad de desarrollar habilidades y competencias para afrontar, también, el nuevo escenario de la vida, y no sólo el del mundo trabajo. Así, entonces, resultaría posible todavía la participación de la universidad en la construcción de la sociedad del futuro.

Docente universitario

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.