La utopía despolitizadora

Por Adalberto Zelmar Barbosa Para LA NACION
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14 de mayo de 2003  

Los argentinos estamos perplejos, agobiados ante el derrumbe institucional, moral, educativo, económico y social del país. Este estado de angustia ha dado origen a una serie de propuestas de las cuales podríamos decir, si tuviéramos que buscarles una raíz común, que son peligrosamente despolitizadoras.

Los políticos han pasado a convertirse en personajes sospechados, cuando no pesan directamente sobre ellos denuncias de venalidad, corrupción o insanable incompetencia.

Pero lo curioso es que la aversión a los políticos ha avanzado sobre el campo total de la política, por lo que el pueril reclamo de que se vayan todos se ha convertido, más que en un clamor de recambio generacional, en un franco cuestionamiento de la existencia misma de la política. Después de ese reclamo, se han ensayado propuestas que parten de distintos enfoques sectoriales, que, por parciales, resultan ineficaces.

Buscando la redención

Así, están los que creen que sólo la educación nos salvará, o que en la alquimia de los números y pronósticos que rara vez se cumplen proponen la redención a través de nuevos programas económicos. No faltan tampoco quienes, olvidando la experiencia de más de dos mil años de historia, esperan encontrar en la democracia directa -bajo los distintos ropajes del asambleísmo barrial- el secreto para la eliminación de los parásitos de la forma representativa o, para decirlo con las siglas en boga, quienes han descubierto en las ONG un formidable ariete para terminar con el sistema de partidos.

Lo malo de todas estas propuestas no pasa tanto por el esfuerzo inútil que los bienintencionados puedan hacer desde cada sector sino por su trágico desconocimiento de la esencia de la política y de las exigencias que impone lo público a todos aquellos que quieren penetrar en su mundo. Lo que podría conducir, lisa y llanamente, a adherir a una nueva utopía despolitizadora, que en su intento de torcer la realidad terminará, como siempre ha pasado con los esquemas ideales, engendrando una tragedia mayor que la que se ha querido evitar. Y esto es así porque no existe posibilidad alguna de constituir una sociedad que prescinda de la política, que es una de las esencias organizativas de la vida social. Como enseñaban los clásicos, el hombre es un zoon politikon , un animal político.

Claro que, por otra parte, aceptar la política implica aceptar sus propias reglas, que, si bien están subordinadas a la ética, son como son y no como a cada ciudadano le gustaría que fuesen. Confundir la política con la religión, o con el asistencialismo, o con determinado plan económico, o con la Pastoral Social, muestra que no se entiende la esencia de lo político. Es que la política plantea inicialmente los temas del poder, de la autoridad, de la conducción, y sólo después las cuestiones que tienen que ver con su causa final, es decir el servicio, la gestión del bien común, etcétera. Anteponer su finalidad o creer que lo óptimo es lograr una política que desdeñe el tema del poder y lo cambie por una vocación de servir cuyo modelo puede ser una figura de la talla de Teresa de Calcuta podría resultar altruísta y hasta atractivo para muchos decepcionados de la vida partidaria. Pero no dejaría de constituir un intento vano, que iría contra la naturaleza de las cosas y, como tal, terminaría alentando una suerte de praxis anarquista que conduciría gradualmente a la disgregación social.

Aceptar la necesidad de la política, pero negar su entraña de poder, sería como admitir la existencia de la cirugía siempre que no tuviese nada que ver con la sangre.

Sin embargo, el problema no reside tanto en la gente de buena voluntad que quiere construir una política despolitizada, que en última instancia estaría condenada al fracaso, sino en aquellos que, advirtiendo el hastío ciudadano, presumen de ir tras una política que castigue el poder y la representación tradicional, mientras proponen la entronización de las asambleas barriales, la politización de las ONG, la justicia popular y la movilización permanente. Vale decir, procuran el asalto del poder predicando la muerte del poder y la necesaria desaparición de los políticos. Sabemos por la historia cómo terminaron experiencias semejantes: recordamos el despotismo de los soviets, la crueldad de las SS y los lamentables experimentos con los que en América latina se quiso purificar , una y otra vez, la vida cívica.

Lo cierto es que, mal que nos pese, y más allá de los nuevos mesianismos de quienes quieren buscar atajos por afuera de la política, no hay otros caminos que los que la propia política nos brinda. Sin entender que es en el seno de la política donde deben dirimirse los conflictos y buscarse las soluciones, y sin aceptar que para ello se necesitan políticos y no asistentes sociales, será muy difícil terminar con el proceso de disolución en el que estamos inmersos.

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