La violencia aún es dueña del fútbol

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28 de marzo de 2000  

LOS espectáculos futbolísticos siguen infectados por una ignominiosa retahíla de episodios de violencia. Ni las medidas judiciales, sumidas en el olvido por causa de culposas indiferencias, ni los mecanismos preventivos acatados a regañadientes, han logrado enderezar los aviesos comportamientos del vandalismo disfrazado de pasión deportiva.

El sábado último, por lo menos cuatro estadios de los certámenes de ascenso se convirtieron en vergonzoso escenario de enfrentamientos con la policía, batallas campales libradas a pedrada limpia y desmanes diversos. La barbarie, no siempre minoritaria, excedió con creces los términos de las conductas irreflexivas y de las extralimitaciones pasajeras. Los espectadores imparciales tuvieron motivos sobrados, una vez más, para plantearse nuevas dudas acerca de las pautas éticas y morales de quienes tienen responsabilidades determinantes en la organización de los espectáculos futbolísticos.

Aislados, esos hechos ya serían de por sí preocupantes; en artera reiteración, son manifestaciones gravísimas de un descontrol cuya impunidad debería pesar en la conciencia de toda la sociedad, pues pasa el tiempo y no se encara la adopción de medidas eficaces para poner fin a tanta irracionalidad.

Todavía está cercano en el tiempo el enfrentamiento a balazos entre simpatizantes de Boca Juniors, registrado en Mar del Plata a principios del año actual, con el saldo de una víctima mortal y cinco heridos. Hace pocos días hubo que lamentar el fallecimiento de dos simpatizantes de Chacarita Juniors presuntamente involucrados en un tiroteo provocado por rivalidades de tribuna, y también pereció uno de Colón, de Santa Fe, apaleado vil y cobardemente por partidarios de Unión.

La repetición, por lo general impune, de tamañas atrocidades sería imposible si sus perversos protagonistas no contaran con soterrados respaldos y complicidades, sustentados por las oscuras conveniencias y las desprejuiciadas liviandades que suele exhibir la mayor parte de la dirigencia del sector.

Falta, es evidente, la decisión política de que todo el peso de la ley caiga sobre las bandas de los prepotentes e incluso sobre quienes las apañan. Sin que medien paños tibios, el fútbol debe ser rescatado de la infección de la violencia. Es hora de refrescar el recuerdo de aquella valiente determinación del juez Víctor Perrotta, al que no le tembló la mano para suspender todos los cotejos del fútbol. E insistir en esa medida extrema, si así fuere menester.

Es necesario evitar que por falta de medidas de fondo eficaces, concretas y sostenidas en el tiempo la violencia siga fagocitando víctimas.

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