La violencia, siempre injustificable

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21 de diciembre de 2001  

Desde hace dos jornadas, una execrable y creciente oleada de violencia y de vandalismo intenta llevar al país a los abismos del miedo y el dolor. Nada, ni siquiera el síndrome de exclusión social y de pobreza que afecta a los sectores más postergados de la sociedad, puede justificar el desenfrenado estallido que desde las primeras horas de ayer llegó a su punto culminante en plena zona céntrica de Buenos Aires -además de otras ciudades del interior-, dejando inadmisibles secuelas de víctimas y destrozos.

Invadidos por un razonable estupor, millones de argentinos retendrán por mucho tiempo las penosas y crudas imágenes que a estas horas están dando la vuelta al mundo. Imágenes que incluyeron a civiles obligados a enfrentarse con quienes pretendían saquear sus moradas o comercios próximos.

¿Quién arrojó la primera piedra, tanto en sentido figurado como en la cruda realidad? Por el momento, las cruentas alternativas de la represión policial que, en su primera instancia, tuvo visos de excesiva y de las tropelías delictivas llevadas a cabo por orquestados grupos de activistas políticos y de marginales -detrás de los cuales se movilizan interesados promotores del caos- tornan hasta inútil cualquier intento de despejar esa incógnita.

Una vez más quedó demostrado que la brutalidad, en este caso manifestada a través de sus matices más oscuros, sólo sirve para agravar las dificultades, para tornar más preocupantes las contingencias de por sí críticas que afronta la Argentina y para volver a exacerbar disensos que se suponían superados desde que el Estado de Derecho volvió a tener plena vigencia.

Todas esas razones, e incluso el mero sentido común, tornan aún más imperiosa la necesidad de que todos los argentinos de bien, sin excepciones y tal como ha sido la invariable prédica de LA NACION, se pronuncien masiva y explícitamente por el más rotundo rechazo del ejercicio de la violencia y de su inevitable consecuencia, el predominio de la irracionalidad, sea cual fuere su origen.

Estos inaceptables y gravísimos episodios contrastan, sin duda, con la espontánea convocatoria que anteanoche pobló de pacíficos manifestantes las calles de Buenos Aires. Restándole horas al descanso y sin otra intención que la de expresar sus discrepancias con las últimas medidas gubernamentales, miles de hombres, de mujeres y de niños no sólo dieron ruidosas señales de disconformidad sino que, además, en muchos casos convergieron, en su mayor parte a pie, sobre las plazas de Mayo y del Congreso.

Tan poco frecuente coincidencia de pareceres, opiniones y conductas dejó sentado, por si alguien lo dudase, que es posible disentir en paz y concordia, sin provocar o admitir actitudes agresivas. El contraste de unas y otras experiencias encadenadas marca con trazos indelebles cuál debe ser la senda por seguir. Solamente la sensatez, el entendimiento, la firme convicción de acatar el imperio de la ley y el repudio de toda forma de violencia permitirán que los argentinos convivan pacíficamente y se encaminen hacia el futuro próspero que ellos y la Nación se merecen.

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