La virtud de saber equivocarse

Pablo Gianera
Pablo Gianera LA NACION
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31 de octubre de 2019  

Ejercer el oficio de la crítica en cualquiera de sus variedades implica exponerse al error, y ahí habita su mayor mérito. El crítico debe constituirse a sí mismo como autoridad (si no fuera así, ¿quién querría leerlo?), pero su autoridad no se rige por una infalibilidad papal. Es más bien al revés: se basa en una primera persona que puede no tanto equivocarse, sino poner el juicio en perspectiva. Eso hizo Guillermo Cabrera Infante cuando recopiló, en Un oficio del siglo XX, sus viejas críticas cinematográficas: las publicó tal cual y agregó comentarios que en ocasiones refutaban esa impresión temprana.

Hace algunos años, Gramophone, revista inglesa de música clásica, decidió exhumar algunas críticas con un criterio muy claro: cuál había sido el juicio de los críticos de la revista acerca de los debuts de músicos cuyo arte suele ser celebrado ahora con unanimidad. Lo primero que hay que decir es que el gesto es valiente: ¿qué revista querría poner nuevamente en circulación sus viejos errores? Es verdad que hay aciertos, pero el acierto parece resultar siempre menos espectacular que el error. Lo segundo: que no todos son errores.

Veamos algunos ejemplos sorprendentes.

En 1967, se comentó la Séptima sinfonía de Beethoven con Claudio Abbado al frente de la Filarmónica de Viena: "Una decepción. Después de haber escuchado tantos elogios de este joven director, yo esperaba grandes cosas, pero para los estándares de Gramophone esta es una interpretación floja. El director debe aprender todavía cómo mantener el ritmo... No puedo imaginar nada menos parecido a 'la apoteosis de la danza...'".

Ligeramente más benigna, la crítica que se publicó en 1962 sobre Martha Argerich es también desconcertante: "No faltan pianistas con la técnica necesaria para abordar cualquier cosa, y ahora se suma otra más. Antes que nada, uno debería decir que Martha Argerich puede reclamar para sí que se la considere una especie de fenómeno incluso entre los virtuosos: su técnica es prodigiosa y tiene solo 21 años. Cuando ella comprenda que existe más en un presto que mera velocidad... más en la música que eficacia. Estoy seguro de que será una gran pianista. No pretendo adoctrinarla, pero no puedo evitar la sensación de que es una pena que la calidez musical que se esconde detrás de sus intenciones quede asfixiada por la pura pretenciosidad de su interpretación".

Eso para no hablar de lo que se publicó sobre Barenboim en 1956: " Daniel Barenboim es el pianista argentino-israelí de 12 años que apareció en las noticias últimamente, y yo puedo solamente esperar que no vuelva a aparecer por un buen tiempo. Su técnica es milagrosa y si pasara menos tiempo en giras de conciertos y más educándose a sí mismo en cuestiones musicales y no musicales, es difícil que no se convierta en uno de los grandes pianistas de estos días. No lo es aún, pero el hecho de que sepa 14 conciertos de memoria y estudie composición con Nadia Boulanger y dirección con Markevitch es un buen comienzo". Es raro que para el autor semejantes antecedentes en un músico de 12 años sean apenas "un buen comienzo".

Más justa parece la crítica de la grabación de Glenn Gould de las Variaciones Goldberg: "Un debut interesante para el sello Columbia es el de Glenn Gould, un joven pianista canadiense que tocó las Variaciones Goldberg con algunas ideas originales que nunca sonaron excéntricas". Y sobre todo esta de 1951 de Dietrich Fischer-Dieskau, que tenía entonces 26 años, parece profética: "No hay duda de que si conserva sus recursos y no se dedica, como hacen muchos artistas jóvenes y exitosos, a cantar todo en todas partes, Fischer-Dieskau está destinado a convertirse en el más refinado de los cantantes de lieder de nuestra época".

Este tipo de prefiguraciones son posiblemente uno de los momentos más fascinantes de toda crítica.

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