La vuelta de un género

Por Rodolfo Rabanal
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13 de diciembre de 2001  

Que el género policial duro, imaginado y producido sobre todo en California en los años 30, esté hoy de regreso en el afán de los editores europeos, no sólo indica que las modas suelen asumir un comportamiento pendular -aserción, por otro lado, no demasiado cierta- sino que, muy posiblemente, esta época paradójica esté buscando algún sueño romántico que compense la cruda realidad en la que estamos inmersos. Se ha dicho, quizá con demasiada holgura, que el nuestro es un tiempo sin héroes, donde el progreso y la insatisfacción corren parejos y donde el individuo como figura soberana de la nueva sociedad es menos una realidad concreta que un diseño ideológico.

Ante ese cuadro, no parece inoportuno suponer que necesitemos retomar los modelos (por lo menos en nuestras lecturas) de hombres solitarios, en pugna con la justicia oficial y atentos a sus propios criterios para la empresa de perseguir al delito.

Ese tipo humano es el detective privado, el policía con traje de calle a quien los otros policías uniformados miran siempre con desconfianza porque, además, cuando él los confronta les gruñe. El detective solitario y privado se comporta la mayor parte de las veces como un héroe sin gloria, como un defensor grisáceo de causas perdidas y, aunque declare cínicamente que lo único que lo mueve es el cheque del cliente o el adelanto en efectivo por una investigación difícil, habitualmente termina involucrándose en la causa para la que fue contratado, poniendo en ella más pasión personal de la que hubiera deseado realmente invertir.

* * *

La descripción precedente encaja en la personalidad del investigador privado Philip Marlowe, creación del más notable escritor del género, el enigmático Raymond Chandler, un ejecutivo sin trabajo en medio de la gran depresión de los años 30 que, cansado de su propia carrera administrativa y cansado principalmente de padecer la pobreza, se sentó a escribir novelas y cuentos que pasarían a la historia no sólo del género policial sino, me atrevería a decir, de la literatura de ficción del siglo XX. Chandler (1888-1959), que había sido educado en Inglaterra, volvió a California como un extranjero, quizás un poco excéntrico para los gustos locales, pero sus novelas rápidamente definieron su perfil y muy pronto hasta fueron imitadas.

No olvidaré nunca la impresión que me produjo leer, hacia 1970, "El largo adiós" y poco después "El sueño eterno" y "Adiós, muñeca". Se trataba de una prosa directa, fina y hasta poética sin que se viera el esfuerzo por lograrlo. Por entonces, muchos de nosotros cultivamos la lectura de Chandler buscando, posiblemente, paradigmas de un individualismo poco frecuente en la cultura argentina. El actual redescubrimiento de Raymond Chandler y del género policial "duro" norteamericano quizás obedezca a razones similares.

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