La vulnerabilidad de un socio clave de Occidente

Ángeles Figueroa Alcorta
Ángeles Figueroa Alcorta PARA LA NACION
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27 de julio de 2016  

El fallido coup d'etat en Turquía puso de manifiesto las tensiones a las que se enfrenta el gigante de Medio Oriente: la debilidad de su ejército, la polarización social interna, las divisiones políticas de su gobierno y la vulnerabilidad de su democracia. Una sorpresa para la comunidad internacional y para expertos en política de la región, que pone en duda la resiliencia de Turquía como socio estratégico no sólo de Estados Unidos y la Unión Europea, sino además de la OTAN, organización de la cual es un miembro clave (su ejército es el más numeroso de la organización, después de Estados Unidos, con unos 500.000 efectivos).

La noche del 15 de julio, una fracción del ejército turco, supuestamente simpatizante del clérigo islamista Fethullah Gülen, exiliado en Estados Unidos, irrumpió en las calles de Estambul y Ankara. El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, no tardó en dirigirse a la población a través de su teléfono celular para pedir a los ciudadanos que salieran a las calles a resistir el golpe. El levantamiento dejó casi 300 muertos y más de 2000 heridos.

¿Un acto improvisado? Hay indicios que indican lo contrario. En primer lugar, Erdogan se encontraba de vacaciones, lejos de la casa de gobierno y, presumiblemente, con la guardia baja. El timing del levantamiento parecía propicio. En segundo lugar, el carácter profesional de las fuerzas armadas turcas dificulta el éxito y consolidación de un posible levantamiento, a diferencia de lo que puede ocurrir en un contexto institucional frágil. Luego, unos días previos al intento de golpe, periodistas independientes informaron que el partido AKP de Erdogan tenía identificados militares simpatizantes de Gülen. Hubo casi 18.000 encarcelamientos y arrestos los días posteriores al golpe.

Lo cierto es que la democracia turca ha sido puesta en jaque. Por un lado, el intento de golpe de Estado a un gobierno democrático, elegido mediante el voto popular, ha sido repudiado por la comunidad internacional. Sin embargo, ha puesto en evidencia el grado de polarización político y social del país. Por otro lado, la permanencia de Erdogan en el poder tras el levantamiento muy posiblemente llevará al primer mandatario turco a tornarse aún más autoritario, insistir en una nueva Constitución y así debilitar el principio de separación de poderes. De una manera u otra, la democracia no ha ganado en Turquía.

En el plano internacional, las consecuencias del fallido golpe son preocupantes. Tanto EE.UU. como la UE han exigido a Erdogan que se respete el Estado de Derecho y que se restrinja el uso de la violencia. La relación con Estados Unidos se ve afectada en tres grandes flancos. Existen dudas en el gobierno americano sobre la fiabilidad del ejército turco en cuestiones de seguridad regional, concretamente en la lucha contra extremistas de Estado Islámico y el proceso de paz descarrilado con los kurdos. Además, algunos integrantes del gobierno turco acusaron a EE.UU. de haber respaldado el levantamiento, así como su postura frente a una posible extradición de Gülen. Por último, preocupa la posible amenaza de una Turquía gobernada por un Erdogan cada vez más autoritario, signado por el acoso a la oposición política y la confrontación con países clave de la región, como Irán, Rusia e Israel.

En cuanto a la relación vis-à-vis con la UE, la situación no es menos compleja. Turquía es candidato a ser miembro de la Unión desde 1999, e inició las negociaciones correspondientes en 2005. La actual situación del país puede resultar muy peligrosa para una Europa en crisis, golpeada por la salida de Reino Unido, la crisis migratoria (de la cual Turquía es una pieza clave para controlar la ola de refugiados sirios a Europa) y la amenaza del jihadismo terrorista tras los ataques en Niza y luego en Alemania. La UE se encuentra en una situación de extrema tensión y, si bien el enamoramiento de Turquía con la UE se ha disipado en los últimos meses debido a la crisis generalizada que atraviesa el Viejo Continente, ambas partes se ven obligadas a mantener un entendimiento, lo que ha fomentado las relaciones bilaterales entre los turcos y los países miembros de la UE.

Europa, abandonada por Londres tras el Brexit, deberá ahora definir su rumbo: o bien promover y fortalecer aún más la integración de sus miembros o bien adoptar una postura más proteccionista, mediante la cual se enfoque en su problemática interna, cerrando la posibilidad a nuevos aspirantes, entre ellos, Turquía. Frente a una democracia turca debilitada, inestable y vulnerable, liderada por un autoritario Erdogan, mantener el statu quo será clave para la región. Cuáles serán las reglas del juego, si aquellas del pragmatismo político de la Realpolitik o las basadas en la búsqueda de la cooperación y la interdependencia del idealismo, está aún por verse.

Profesora de la Escuela de política, gobierno y relaciones internacionales de la Universidad Austral

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