Largo verano

Silvia Hopenhayn Para LA NACION
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16 de diciembre de 2009  

Algúnos temen perder el tiempo con las miles de páginas de En busca del tiempo perdido , de Marcel Proust. No sólo intimida la extensión de esta novela, también su título es provocador. Pero en más de mil páginas, lo que se pierde no es tanto el tiempo, sino la plomiza sensación de su transcurso. En lugar de lo que le pasa a uno (o le deja de pasar), lo que importa es el devenir del protagonista. Y en lugar de los minutos, lo que cuentan son las páginas. Parece incluso que el tiempo se detuviera para el lector, desde el momento en que empieza a correr para los personajes.

Ocurre con Proust, pero también con best sellers maltratados (por ser tratados sólo como best sellers) como Los pilares de la tierra , la vertiginosa novela de Ken Follet, reeditada en bolsillo, y que en estos momentos Ridley Scott (director de Blade Runner ) y su hermano Tony están produciendo en una serie de ocho capítulos para estrenarse en 2010.

La historia gira alrededor de la construcción de una catedral gótica en Kingsbridge, en tiempos de la anarquía inglesa, en pleno Medioevo. Levantar semejante edificio en aquel entonces podía tardar decenas de años, durante los cuales se sucedían matanzas, robos y todo tipo de vejaciones. La docena de personajes que protagonizan esta novela de 1300 páginas -que comienza con un juglar ahorcado y termina con la humillación de un rey- parecen adquirir vida propia en la ambientación histórica que Follet hace de la época y de la vivacidad con la que cuenta la historia.

Si bien este autor comenzó en los años setenta con novelas de espionaje clásicas, como La isla de las tormentas o La clave está en Rebeca , su obra pilar corresponde a una segunda etapa, más ligada a la novela histórica.

Y a quienes no les baste con este libro monumental para hacer del verano una aventura múltiple, o si el siglo XII aburre a los sedientos de contemporaneidad, vayan otras miles de páginas de la saga Millenium del escritor sueco, tempranamente fallecido, Stieg Larsson, del que ya hemos recomendado La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina , y ahora volvemos a insistir en la última novela de su trilogía, La reina en el palacio de las corrientes de aire .

Se trata de un thriller estremecedor y, a pesar de su dureza, profundamente romántico, protagonizado por Mikael Blomkvist y una de las más radiantes figuras femeninas de la ficción actual, Lisbeth Salander.

La tensión entre ellos se agudiza, al tiempo que se acercan (a ella "le irrita que una de las pocas personas en las que confiaba fuera un hombre al que evitaba ver constantemente"). Es brillante el giro histórico que antecede a cada una de las cuatro partes del libro, que da cuenta de las mujeres guerreras de la historia: desde las seiscientas mujeres que se alistaron disfrazadas de hombres en la guerra civil norteamericana, hasta las amazonas de Libia, en el siglo I a.C., donde "sólo la mujer que había matado a un hombre en la batalla tenía derecho a perder su virginidad."

Un escritor francés, Gérard de Nerval, decía que el sueño es una segunda vida. Novelas largas como éstas hay que tomarlas así: como una vida ajena que se vuelve nuestra en la lectura. No es tiempo perdido ni ganado. Es otro tiempo.

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