Las cartas de Italo Calvino

Por Rodolfo Rabanal
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24 de enero de 2002  

Lo verdaderamente bueno sobre Italo Calvino -lo verdaderamente bueno, en suma, sobre todo clásico- es que el placer que depara su obra resulta siempre nuevo, además de incesante. A más de quince años de su muerte, la casa Mondadori, de Milán, acaba de editar las cartas que Italo Calvino escribió desde 1940 hasta 1985, en un volumen de 1624 páginas obvia y sensatamente titulado "Lettere", siendo estas cartas no necesariamente íntimas o privadas, sino más bien profesionales, aunque en muchísimos casos adopten un tono personal de confianza por ser dirigidas a amigos suyos.

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El inolvidable autor de "Las ciudades invisibles", "Los amores difíciles" o de ese compendio postrero de fina y penetrante inteligencia que son las "Seis propuestas para el próximo milenio", nos permite a lo largo de esta correspondencia asistir a momentos capitales de la literatura italiana del siglo XX.

Desde su posición de editor en una de las oficinas de la casa editorial Einaudi, en Turín, Calvino tuvo la oportunidad de publicar las correspondencias de Cesare Pavese y de Elio Vittorini, precisamente dos de sus mentores en el delicioso y a veces áspero oficio de escribir, o de discutir con Pier Paolo Pasolini la importancia de una frase sencilla sobre una frase compleja: "¿Por qué diablos escribes de esa manera tan obscura?", se ofusca ante un texto del futuro cineasta.

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Cuando en 1970 encara la edición de una serie de cuentos clásicos para la casa Einaudi, alecciona a uno de los prologuistas contratados de la manera siguiente: "Ustedes, académicos, tienen una cabeza bastante extraña: prefieren ser ilegibles y sacrificar ese mínimo de estilizada elegancia, que es realmente un deber social, antes de tachar un párrafo de erudición seca que a nadie beneficia".

En muchos casos, su intransigencia es todo un programa de vida. Cuando Michelangelo Antonioni encaraba el proyecto de filmar "Blow up" (basado en el cuento "Las babas del diablo", de Julio Cortázar) deseaba que Calvino escribiera el guión, pero éste rehusó el ofrecimiento por considerarse incapaz de abordar ese género.

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Calvino era amigo de Cortázar y de Aurora Bernárdez, ambos padrino y madrina, respectivamente, de su hija. Esther, la viuda de Calvino, es argentina y los dos se conocieron en París en los tiempos en que Calvino residía allí y frecuentaba el mismo círculo de amistades de Cortázar, al que pertenecía naturalmente Esther.

Lamentablemente, no aparecen en este volumen las cartas privadas que, se dicen, suman otras mil y donde, seguramente, abundarán las referencias a los años de las amistades argentinas en Francia.

Llegará el día, sin embargo, en que también esas cartas serán conocidas y entonces habrá renovados motivos para seguir disfrutando de Calvino.

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