Las comparaciones son ociosas

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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21 de febrero de 2018  

Lo hacemos a diario. Sin darnos cuenta. Imagino que está en nuestra naturaleza y que, un poquito, se nos enseña a marchar en esa dirección. La cuestión es que nos comparamos. Nos comparamos con los demás todo el tiempo. Tendemos a definirnos por oposición. Contrastamos nuestros estados físicos, nuestros patrimonios, nuestras suertes y hasta el césped del vecino, que siempre será más verde.

¿Sirve de algo? Sí, por supuesto. Sirve para amargarnos innecesariamente unos instantes, una tarde, una semana entera. Extraviamos, a manos de estas odiosas comparaciones, el más precioso de nuestros bienes, el tiempo. No es el único método que empleamos para reducir nuestra tasa total de felicidad, que será de las pocas cosas que nos llevaremos de este mundo, pero es una de las más usuales. Es también la que suele ofrecernos dichas espurias. Somos o tenemos más que aquel otro. ¿Estamos seguros de que es así?

Nos definimos por aquello que no somos ni obtuvimos. O, viceversa, nuestro retrato posee rasgos que se destacan tan solo porque creemos que no están en el prójimo. Una rara clase de ontología, si me permiten una humilde opinión.

La clave está, paradójicamente, en el tiempo. Quizá porque el presente es por completo inasible, vivimos obsesionados con él. Nuestro modo de ver la realidad es en presente del indicativo activo. Estamos ciegos ante la portentosa dimensión del tiempo. Porque no somos, sino que vamos siendo. No hay nada como el ahora soy, ahora tengo. Es un río. Heráclito tenía razón.

Pero cuesta un enorme esfuerzo, y no poca fe, aceptar la vida como un largo periplo en el que solo comprenderemos las dificultades y las caídas cuando lleguemos al final. Como decía Steve Jobs, solo entonces podremos unir los puntos. Tengo un amigo que amargó muchas jornadas -idas para siempre- al comparar su inglés con el de otros que, más afortunados, lo habían abrevado desde la infancia. Cinco años después no solo lo hablaba fluidamente, sino que había aprendido otros idiomas con idéntico desparpajo.

Tiempo. Tiempo. Tiempo. Tenemos que intentar darnos cuenta de que no estamos hechos sino de tiempo. Las primeras escalas y arpegios le costaron lo mismo a un Barenboim que al que claudicó ante las fatigas de la práctica. Dicen que el tiempo lo cura todo. Tal vez sea cierto. Pero, sobre todo, nos moldea. Si lo empleamos para ejercitarnos, seremos un día pianistas. Si lo usamos para compararnos y buscar excusas, nos hará músicos frustrados. Depende de nosotros.

Recuerdo mi primer día en el Colegio Nacional de Buenos Aires. El recorrido iniciático incluía el claustro central, donde vi uno de esos pizarrones de sexto año, tapizados con los arcanos del análisis matemático. Se me heló la sangre. Luego de una primaria mediocre, tuve la más adamantina convicción de que jamás lo lograría. Me estaba comparando. Me estaba definiendo por oposición, y pasé una larga temporada de muda angustia.

Seis años después, en alguna tarde perdida de 1979, me encontré sentado en una de las aulas del claustro central frente a un pizarrón que ahora ya no guardaba secretos. No había habido magia. Había habido tiempo y empeño.

Somos la caja de resonancia del pasado donde el presente debería reverberar en el futuro, no en el césped del vecino o en el salario de un colega. Somos la música del tiempo. Cada vez que nos comparamos y nos sentimos injustamente infelices o en vano contentos, desafinamos, dejamos de tocar nuestra canción. Estamos perdiendo el tiempo, literalmente. Nada hay más ocioso.

Ignoramos las desdichas de aquel al que solemos envidiar. Ignoramos la felicidad de aquel al que miramos con desdén. Pero todos luchamos, y cada instante que malgastamos en esas comparaciones es una molécula de tiempo que no hemos invertido en lo que realmente importa: nuestro propio camino.

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