Las cosas no serán iguales para Julio De Vido

Joaquín Morales Solá
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25 de noviembre de 2007  

Julio De Vido seguirá siendo ministro en tiempos de Cristina Kirchner, pero su situación no será la misma. Algunos síntomas de esos cambios comienzan a despuntar. Se movió en Brasilia, junto con la presidenta electa, subido a un pequeño colectivo destinado a los comunes mortales; pocos dioses de la política andaban en autos particulares, pero él no estaba entre ellos. Ricardo Jaime tambalea en la Secretaría de Transporte, más fuera que dentro del próximo gabinete, y la esposa del ministro no controlará más la gestión de su marido desde la auditoría interna del gobierno.

Quizá por eso De Vido se expuso en los últimos días como el interlocutor privilegiado de Hugo Moyano. ¿Es ministro de Planificación o de Trabajo? Si fuera lo que parece, el jefe de la cartera de Planificación, lo que está haciendo es desautorizar a su colega en el Ministerio de Trabajo. Es evidente que De Vido eligió mostrarse serenando el poder de fuego del líder sindical, que ya les enseñó las garras a los dos Kirchner.

En cambio, Guillermo Moreno seguirá en el cargo, durante un tiempo al menos, sobre todo porque el propio ministro de Economía designado, Martín Lousteau, suele elogiarlo. Lousteau no conoce todavía la diferencia entre conversar, que es lo que hizo hasta ahora con Moreno, y codearse con él en el mismo ministerio, que es lo que tendrá que hacer. La diferencia podría provocarle una crisis postraumática.

Jaime, el funcionario con más causas abiertas en la Justicia por presuntos delitos públicos, tiene un problema: Cristina Kirchner ya lo había objetado por una cuestión de imagen como candidato a diputado nacional por Córdoba. ¿Qué les diría a los cordobeses si ahora lo aceptara como poderoso secretario de Estado de su próximo gobierno? No, no todo seguirá igual, se oyó decir en el penacho del poder.

Por esas mismas horas, se conoció que la esposa de De Vido, Alessandra Minicelli, se irá como titular adjunta de la Sigen, la agencia encargada de controlar a su marido. Su presencia ahí fue una burda adulteración del sistema de controles internos del Gobierno, que el kirchnerismo se comprometió a enmendar hace tres años. Fue necesario cambiar de presidente para cambiar la auditora.

Sin embargo, la novedad que ha planteado por ahora el futuro gobierno de Cristina Kirchner es la promesa de elaborar acuerdos tripartitos entre las empresas, los sindicatos y el Estado. Ahí aparecen, otra vez, De Vido y Moyano. La política argentina, entendida como una sólida comunidad de oficialistas y opositores, no tiene ahora consistencia suficiente como para remedar el célebre Pacto de la Moncloa, firmado esencialmente por dirigentes políticos.

Un proyecto piloto adoptado por el Gobierno es el que planteó Aerolíneas Argentinas. Se trata de un acuerdo de paz social por cinco años que no legisla sobre las tarifas ni sobre lo salarios, que serán sometidos a periódicas negociaciones. Los dueños de la empresa le dijeron al Gobierno que están dispuestos a invertir unos 4000 millones de dólares en nuevos aviones, pero le advirtieron también que no encontraban financiación para esa operación con una compañía sometida al constante boicoteo de siete sindicatos.

Los dueños españoles de Aerolíneas Argentinas acaban de tomar el control personal de la empresa, sin intermediarios. Uno de ellos, Gerardo Díaz Ferrán, es también el líder de la central empresarial española; su opinión no vale sólo, entonces, para la compañía aérea. El otro, Gonzalo Pascual, se fue a verlo directamente a Moyano para que le destrabara el acuerdo con los pilotos y los técnicos. La reunión, dicen, fue increíblemente buena, y el líder de la CGT hasta propuso la sede de su gremio para firmar lo que sería el primer acuerdo de la política anunciada. Hasta ahora, pilotos y camioneros eran dos cosas distintas en la vida. Pero está claro que Moyano necesita salir de los censurables desmanes en la Legislatura para reelaborarse como un líder sindical serio.

Como si fuera poco, Hugo Chávez volvió a estar en el centro de la política argentina. El presidente venezolano tiene una sola virtud: es rápido para provocar la fuga de sus aliados. Nadie, en su sano juicio, está en condiciones de seguirlo hasta los extremos políticos por los que él se pasea un día sí y otro también. El gobierno argentino dice cosas en público, pero sus conclusiones son distintas en la impenetrable intimidad.

El gobierno de Kirchner debió navegar, en la última semana, en un río caribeño y desordenado que lo llevó incesantemente de una orilla a la otra. Lula y Kirchner suscriben la estrategia según la cual es mejor tener a Chávez más cerca que lejos. Los dos gobiernos se han olvidado de los preceptos institucionales del Mercosur con tal de cumplir con aquella estrategia.

Ni Néstor ni Cristina Kirchner romperán jamás con Chávez y nunca dirán nada contra él. En las conversaciones herméticas de Olivos hay, en cambio, críticas recurrentes a sus empalagosos acercamientos con el régimen teocrático de Irán o a su afición por reformas constitucionales para eternizarse en el poder. A Chávez le gusta escribir que es eterno en textos fundamentales. Esa manía le viene de su formación de militar autoritario; un político sabe que la eternidad no existe por más que esté escrita.

Alberto Fernández pareció disentir del propio Kirchner cuando aseguró que la relación de la Argentina es buena con España y con Venezuela. ¿Por qué el gobierno argentino se metió en ese conflicto? En rigor, el jefe de Gabinete estaba respondiendo a una pregunta periodística que lo obligaba a optar entre esas naciones enfrentadas. Sólo balanceó, a trancas y barrancas.

Altas fuentes oficiales señalaron que la política definitiva del Gobierno es la que expresó Kirchner cuando elogió las cualidades políticas del rey Juan Carlos. No habló de Chávez, pero aquella frase de Kirchner señalaba, indirectamente, quién tuvo razón y quién se equivocó en Santiago de Chile, dijeron. Traducción libre de esa declaración de Kirchner: el rey acertó y Chávez metió la pata.

El Gobierno debería hacer una gestión para que el líder venezolano no convierta la asunción de Cristina en su show unipersonal. ¿Seguirá siendo De Vido el canciller con Venezuela, el mensajero último entre Caracas y Buenos Aires? ¿O, acaso, el canciller de Cristina ante Chávez será su canciller?

La relación con Chávez pega en el centro, también, de una cuestión que se debatió en la última semana en un seminario de destacados empresarios en Madrid. Resultó extraño, pero esos hombres de negocios hicieron pocas referencias a la economía. Centraron sus condiciones para la inversión en la región y en la Argentina en los atributos de las instituciones y en la seguridad jurídica. Nadie pide lo que ya tiene.

La Argentina no puede desaprovechar la oportunidad que le propone el mundo: el valor exagerado del euro está retirando las inversiones europeas de la propia Europa. La Argentina es un destino posible de esas inversiones, pero no el único.

Esa es la otra carta que De Vido no ha sacado aún de la manga. Al igual que Moyano, muchos empresarios prefieren hablar con él, aunque el ministro se perdería en tierra incógnita si aquéllos le empezaran a hablar de las impalpables instituciones. De Vido es un regateador de la cantidad y de la cifra, como si su reino natural fuera un mercado de artículos de segunda mano.

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