Las dos caras de Capitanich: ¿renovación o vieja política?

Ambicioso, obsesivo y conservador, el rostro de la etapa moderada del gobierno K escaló dentro del peronismo a fuerza de habilidad y contactos. De origen humilde, el gobernador de Chaco es dueño de una fortuna, arrastra turbulencias familiares y se muestra como un administrador eficaz, mientras su gestión intenta ocultar la pobreza en la provincia
Ambicioso, obsesivo y conservador, el rostro de la etapa moderada del gobierno K escaló dentro del peronismo a fuerza de habilidad y contactos. De origen humilde, el gobernador de Chaco es dueño de una fortuna, arrastra turbulencias familiares y se muestra como un administrador eficaz, mientras su gestión intenta ocultar la pobreza en la provincia
Gerardo Young
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1 de diciembre de 2013  

Buena parte de la dirigencia política y empresaria le atribuye seriedad, experiencia y hasta se lo percibe como la voz sensata y racional de un gobierno acostumbrado a la exuberancia. Pero Jorge Milton Capitanich, el hombre más poderoso del momento, esconde una cara de sombras y dislates: dueño de una fortuna insondable, tiene una tortuosa relación con su ex esposa, mientras hace lo imposible por ocultar la marginalidad de su provincia y administra el poder con los mismos métodos que el kirchnerismo más extremo.

Aunque él se niega a hablar del futuro mediato, está a la vista de todos que su nombramiento como jefe de Gabinete lo ha subido a la carrera de los presidenciables rumbo a 2015. Algunos de sus asesores han hecho las valijas y viajaron desde Resistencia hasta Buenos Aires para organizar la mayor aventura, la de ser los herederos naturales del kirchnerismo. Pero, ¿es Capitanich el representante de un nuevo tiempo político? ¿O es apenas un cambio en los modales?

Para empezar a indagar en la vida de este hombre de 49 años –siempre pareció mayor de lo que es–, hay que decir que gusta de los grandes desafíos. Como ahora, que Cristina le ha delegado la administración pública mientras ella se reserva para las grandes definiciones.

O como antes, en el primer día del año 2002, cuando a los 37 años condujo su auto desde Resistencia hasta la Casa Rosada para asumir como jefe de Gabinete de Eduardo Duhalde. También en ese tiempo hablaba y hablaba frente a los periodistas. También en ese tiempo puso su cara y su cuerpo sin inmutarse ante los micrófonos… ni ante la realidad.

Tras el período de reposo de Cristina, Capitanich se convirtió en el vocero oficial del Gobierno. Pero, además, es quien lleva la agenda del día a día y el que conduce las reuniones con dirigentes opositores, sindicalistas y empresarios. El nuevo jefe de Gabinete administra la coyuntura como ninguno de sus antecesores, hace diagnósticos y propone soluciones, siempre reservando y cuidando su aspecto de hombre moderado entre los destemplados. Por eso cuesta imaginar a otro funcionario más ocupado que él. Y eso le gusta. Está en su ser. Es capaz de trabajar 16 horas por día. Ni siquiera le molestan los cachetazos de los micrófonos.

De La Montenegrina a Palermo

Hay que buscar en su historia el origen de esa conducta casi robótica. Capitanich fue siempre un hombre esforzado y sistemático, acaso porque fueron las únicas herramientas que tuvo a mano para acceder al poder que ambicionó. De otro modo, no hubiera progresado como lo hizo. Hijo de una familia de agricultores de clase media baja, se crió en el profundo Chaco, en una colonia conocida como La Montenegrina, a cientos de kilómetros del lujo que hoy disfruta. Desde allí se mudó a Resistencia para estudiar y recibirse de contador público. En la capital provincial se recuerda al joven Capitanich como a un muchacho tímido, introvertido y riguroso, aplicado y sin vicios conocidos. Durante años ocupó una pieza en una pensión pobre y sus únicas pasiones eran la asistencia perfecta a la misa de los domingos y a los partidos de su cuadro de fútbol, el club Atlético Sarmiento, en donde soñó con jugar de wing izquierdo y del que terminaría siendo benefactor vitalicio y presidente.

La suerte de Capitanich estuvo, desde ese tiempo, atada a la política. En sus años de estudiante se enamoró de Sandra Mendoza, aspirante a kinesióloga e hija de don Guillermo Mendoza, una eminencia del peronismo provincial. Fue su familia política la que le abrió su primera gran puerta, al conseguirle el trabajo de secretario privado del gobernador Danilo Baroni, en 1988. Allí empezaron a decirle Coqui, por los cachetes inflados que lo emparentaban (aún hoy) con el personaje de la serie del Chavo. Y allí tuvo su primer contacto con el poder real, donde aprendió la importancia de manejar las llaves de los despachos privados y las agendas de contactos.

Los años de inocencia empezaron a cerrarse con el casamiento en la catedral del Chaco y su luna de miel en Camboriú, Brasil, a donde viajó en un Renault 4 prestado y con plata de la familia de la novia. Capitanich tendría que esperar un puñado de años, hasta los primeros de la década del noventa, para ganar su primera plata grande. ¿Cuándo empezó a hacerse rico? Pudo haber sido como funcionario de la Secretaría de Acción Social del menemismo. O más tarde, como contador junior en los equipos de Domingo Cavallo. O como asesor de la Universidad de Belgrano, donde estuvo por años. Pero muchos apuestan a que empezó a hacerse rico como asesor de varias provincias (Formosa, Tucumán, Misiones) en la refinanciación de sus deudas provinciales con acreedores privados, tarea en la que, dicen, se lució por su imaginación financiera. Nadie tiene certezas sobre el primer millón de Capitanich. Lo seguro es que aprovechó sus conocidos en el peronismo para ascender en, apenas diez años, varios niveles sociales juntos. De la pensión de Resistencia pasó a un dos ambientes en Almagro y de ahí casi sin respiro a un chalet con pileta en Palermo. Un nuevo salto lo colocó en el piso 27 de la torre Quartier, un edificio de lujo con vista al Río de la Plata, en la avenida Dorrego al 3000. Ya veraneaba en Miami o en Punta del Este.

¿Es Capitanich el representante de un nuevo tiempo político?

En paralelo a su progreso económico, se fue convirtiendo en un hombre con aspiraciones en el peronismo chaqueño, que en 2001 lo empujó a ser elegido senador nacional. El lugar de exposición que le ofreció Duhalde, por consejo de Eduardo Amadeo (uno de sus padrinos políticos), terminó de convertirlo en un hombre fuerte del peronismo provincial. El camino a la gobernación pareció inevitable y la consiguió en 2007, para repetirla cuatro años más tarde.

Pero, atención, la vida no suele ser una línea recta. Su ascenso político fue contemporáneo al deterioro de su vida matrimonial. Deterioro es poco: se trató de un derrumbe. "La Sandra", como conocen a ella en Chaco, es una mujer de salud frágil y de carácter rabioso. Coqui intentó dejarla de lado en 2003, pero ella lo frenó con una amenaza aún latente: guardó en una escribanía documentación sensible sobre su fortuna y juró darla a conocer si no hacían las paces. "Capitanich es el corrupto más dulce de la Argentina", dijo hace poco Elisa Carrió, que lo conoce de chiquito. En verdad, nadie accedió jamás a los documentos de la escribanía. Sólo se conoce su última declaración jurada, en la que Capitanich asegura tener cinco departamentos, dos autos y acciones en un puñado de empresas menores. Ha valuado todo eso en 4 millones de pesos, una verdadera ganga si se tiene en cuenta que el piso 27 de la torre no debe costar menos de dos millones de dólares.

Batalla matrimonial

A pesar de su encanto por los medios, o tal vez por eso mismo, Capitanich intentó evitar los líos públicos. De excelente relación con la curia provincial (nunca abandonó la sacristía ni las celebraciones religiosas), se ocupó de tapar el conflicto con "la Sandra" ofreciéndole lo que tenía a mano: más poder e influencia, hasta convertirla en ministra de Salud provincial, cargo del que se tuvo que ir años más tarde en medio de una escandalosa epidemia de dengue.

Recién entonces, él decidió avanzar sobre ella hasta doblegarle la voluntad. Con el auxilio de la justicia chaqueña, la declaró "peligrosa para la integridad de sus dos hijas", Jorgelina Ema y María Guillermina, hoy adolescentes. De ello hay registro en el expediente número 3843 del Juzgado de Familia N° 6 de Resistencia, donde se decidió que Sandra se mantenga a una distancia prudente de ellas, la sangre de su sangre. Lo más curioso (o delirante) es que en medio de esa pelea él ayudó a Sandra a convertirse en diputada nacional, en 2009, y a repetir en las últimas elecciones. Así es: según él, ella no puede manejar una casa, pero sí un sillón de diputada. Las hijas del matrimonio pasaron a vivir con una amiga de la familia en otra torre de lujo, en Belgrano. El gobernador prefirió eso a tenerlas con él en Resistencia. Trabaja demasiado.

¿Es Capitanich el representante de un nuevo tiempo político?

Entre tanto ruido privado, debió mostrarse como un administrador eficaz. Y siempre apostó alto, incluso a una distancia irreal. A su cuadro de fútbol, el Club Atlético Sarmiento, le construyó un estadio para partidos internacionales, muy bonito cuando no falla el sistema lumínico. Gran parte de esa obra se financió con plata del Fondo Provincial de Vivienda. También creó una línea aérea propia de provincias con recursos –Aerochaco–, a costa de millones de pesos de pérdidas anuales y con un contrato que nunca se hizo público, porque el secreto es parte fundamental de la forma de administrar de Capitanich. Tanto como los fideicomisos, invento financiero que heredó de Néstor Kirchner y que aplicó para tercerizar gastos públicos sin necesidad de someterlos a controles molestos. No es por desconfiado: entre otras cosas, compró un avión de lujo para la gobernación –un Lear Jet– y lo usó para irse de paseo con sus hijas.

Su cercanía con el matrimonio Kirchner le sirvió para recibir subsidios y créditos millonarios. Y lo que no arreglaron esos fondos, lo hizo la creatividad financiera o los números retocados. El año pasado, se la jugó y pesificó unos bonos de deuda provincial que se habían emitido en dólares. Los bonos, hasta que se dieron cuenta, se llamaron Bonos Garantizados del Chaco (BoGarCha).

Otra de sus cualidades: como Guillermo Moreno en el Indec, Capitanich ha decidido no creer en las estadísticas adversas. Por eso suspendió el índice de precios de la provincia –que decía que había muchos pobres– y optó por el índice de Moreno, lo que le permitió anunciar la casi eliminación de los indigentes chaqueños. También regó de subsidios el centro visible de Resistencia. Y a los desocupados les cambió el lugar de cobro de la Asignación Universal: ya no es el banco provincial, frente a las confiterías y la plaza central, sino el estadio del club Sarmiento, en las afueras de la ciudad.

Tanta insistencia en los números tuvo su premio. En 2012, el Indec sostuvo que en Resistencia se encontraba el nivel más bajo de desempleo del país, con apenas el 0,4% de personas sin trabajo. Es simple: la desocupación real supera el 20% según el Instituto para el Desarrollo Social Argentino (Idesa), pero en la fórmula de Capitanich ninguno de ellos pretende trabajar, prefieren quedarse en su casa.

De La Montenegrina a la Casa Rosada han pasado muchos años. Pero no tantos como para borrar los pliegos de su ascenso. Es un hombre que sabe ser amable, que habla mirando a los ojos, que se enfrenta a los periodistas sin miedo y que tiene relación y diálogo con casi todos los sectores del peronismo, especialmente en las provincias. Ahora sueña con heredar el premio mayor. ¿Es Capitanich el representante de un nuevo tiempo político? ¿O encarna apenas un cambio de modales?

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