Las dudas del tercer elector

Mariano Grondona
Mariano Grondona LA NACION
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29 de octubre de 2000  

¿Como puede ser que en sólo diez meses de gobierno la popularidad del Presidente haya caído tanto? De la Rúa subió al poder con un índice de popularidad que rondaba el 70 por ciento. Hoy, diversas encuestas lo muestran navegando en la zona del 20 por ciento. Este deterioro es similar al que experimentó el Menem terminal si se lo compara con el Menem inicial. Pero De la Rúa ha sufrido en sólo diez meses el retroceso que Menem consiguió estirar durante diez años.

Padecer desgaste ante la opinión pública después de una década de poder es natural: el poder, como las personas, envejece. Pero experimentar un descenso equivalente en sólo diez meses ya no es envejecimiento, sino una enfermedad.

Dos mensajes contradictorios le llegan a De la Rúa. Uno de ellos le dice que porque el 24 de octubre de 1999 ganó las elecciones es el presidente legítimo de los argentinos. El otro le dice que muchos de los argentinos que lo votaron hace un año ya no lo votarían. El primer mensaje le dice que tiene tres años por delante hasta 2003, cuando los argentinos decidirán si lo reeligen o no lo hacen. El segundo mensaje le dice que tiene que hacer algo ya para remontar su impopularidad.

La única manera de resolver esta contradicción es advertir que el curso de la democracia no se define solamente por las elecciones presidenciales formales que ocurren, en nuestro caso, cada cuatro años, sino también a través de otras dos elecciones informales , cuya periodicidad no es cuatrienal, sino prácticamente cotidiana.

La primera de estas dos elecciones informales se expresa mediante las encuestas. No pasa una semana sin que algún encuestador mida la temperatura de ese mismo cuerpo electoral que se expresó en las elecciones formales.

Tanto la primera como la segunda elección son democráticas en cuanto representan, aunque según métodos diferentes, la voluntad mayoritaria de los argentinos en un momento dado. La tercera elección, en cambio, ya no es mayoritaria según el principio de "cada persona un voto", sino desigual, porque en ella algunas personas tienen más votos que otras cuando compran o venden acciones, cotizan en alza o en baja los bonos de la deuda argentina, exigen tasas de interés atadas al llamado "riesgo argentino", invierten o desinvierten en sus empresas productivas, consumen o dejan de consumir los productos y servicios que ellas ofrecen. En la tercera elección ya no votan los ciudadanos, sino "los mercados".

Si un Gobierno ha ganado la elección formal, es legítimo. Si está perdiendo la elección de las encuestas, se le plantea el problema de la gobernabilidad, porque ya no ejerce el liderazgo. Si está perdiendo la elección de los mercados, el país se empantana en la recesión.

En las democracias contemporáneas no vota un solo elector, sino tres. Si el "segundo elector" de las encuestas vota en contra, amenaza con que a su debido tiempo llegará la derrota a manos del "primer elector", que es el que más importa institucionalmente. Si el "tercer elector" de los mercados vota en contra, el consiguiente retroceso de la economía terminará por afectar a los otros dos electores.

Tendremos que resignarnos, por lo visto, a la idea de que la democracia contemporánea no es íntegramente democrática, sino un sistema mixto entre dos elementos democráticos: el voto formal y las encuestas; y un elemento oligárquico: el poder económico.

Una secuencia lógica

Los pronunciamientos del elector formal son irreversibles. Hace un año De la Rúa ganó y Duhalde perdió: eso ya nadie puede modificarlo. Los pronunciamientos de los electores informales son, al contrario, reversibles: las encuestas y los mercados pueden cambiar.

Esta distinción le abre posibilidades estratégicas al Gobierno. Si llega a la elección formal de 2003 con los electores informales en contra, perderá irreversiblemente el poder. Este horizonte podría delinearse si el Gobierno perdiera las elecciones formales no presidenciales que se realizarán en 2001. Para evitar este indeseable trayecto, el Gobierno tiene que dedicarse desde ahora a revertir el pronunciamiento de los electores informales.

El Gobierno tenía dos maneras de modificar el pronunciamiento adverso del segundo elector de las encuestas. Uno de ellos, cumplir la promesa de saneamiento moral de la política que formuló en octubre de 1999. Al salir del Gobierno, parecería que Carlos Alvarez se hubiera llevado consigo esta bandera. Pero queda otro camino: cumplir al menos la segunda promesa de la reactivación económica con equidad social que también se formuló hace un año. Esta es la prioridad detrás de la cual se ubica De la Rúa.

Para conseguir lo que persigue, el Presidente tendrá que revertir primero la votación de los mercados para mejorar el proceso económico. Si vuelve el crecimiento, el ánimo de la gente mejorará. Si esto ocurre, el pronunciamiento favorable del segundo elector lo llevará a ganar la elección formal del año venidero con vistas a la reelección en 2003.

Hay aquí una secuencia lógica. Para recuperar el voto favorable del primer elector formal de nuestro sistema, De la Rúa necesita recuperar el apoyo del segundo elector informal de las encuestas y, para ello, tendrá que recuperar previamente el voto del tercer elector informal de los mercados.

Hacedor de reyes

El tercer elector de los mercados se cayó en la primera mitad y se recuperó en la segunda mitad de la semana que acaba de transcurrir.

La caída, que siguió al conjunto de medidas económicas anunciadas por el ministro Machinea al comenzar la semana, mostró que a De la Rúa le seguía faltando el voto del tercer elector. La suba de la segunda mitad de la semana coincidió con el acercamiento de Domingo Cavallo al Gobierno. ¿Bastó esta noticia para estimular los mercados? ¿O la suba respondió a los persistentes rumores de que Cavallo podría no sólo "apoyar", sino también "sumarse" al Gobierno?

El ideal de De la Rúa es que el apoyo de Cavallo desde fuera del Gobierno alcance para promover la recuperación de los mercados. Pero si no se concreta esta esperanza, deberá enfrentar una decisión desgarradora: confiarle o no confiarle a Cavallo la dirección de la política económica.

¿Aceptarían la Alianza, y particularmente Alfonsín, este audaz paso político? Las últimas semanas no han hecho más que subrayar el papel protagónico del ex presidente. Cuando habló contra la convertibilidad, se cayeron los mercados. Cuando recibió a Cavallo, los mercados subieron.

Es casi imposible que Alfonsín vuelva un día a ser presidente. Ello no quita que en los últimos años haya desempeñado el papel que los anglosajones llaman "hacedor de reyes" ( king maker ). Alfonsín ya no es el cacique, pero aún es el adivino de nuestra tribu. En 1993, al firmar con Menem el Pacto de Olivos, le aseguró la reelección de 1995. En 1997, al renunciar a su candidatura de diputado, le abrió el camino a la Alianza entre el radicalismo y el Frepaso que culminaría en 1999 con el triunfo de De la Rúa. Hoy, según se reconcilie o rompa lanzas con Cavallo, determinará la votación del tercer elector de los mercados.

Dos jinetes cabalgan al lado del Presidente. Uno de ellos, Cavallo, podrá devolverle el voto del tercer elector en la medida en que el otro, Alfonsín, no se lo impida.

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