Las encuestas, en la hoguera

Por Ricardo Rouvier Para LA NACION
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22 de mayo de 2003  

¿De qué se habla cuando se habla de encuestas? Las dudas remiten a los abordajes conceptuales que se efectúan desde diversos ámbitos públicos sobre este ícono de las sociedades modernas. ¿Los resultados de una encuesta son juicios categóricos o describen grandes tendencias de la población? La voracidad de los medios requiere deglutirse las encuestas como juicios de verdad o convertirlas en parte del escándalo cotidiano de la televisión.

Es importante que nos situemos y pongamos en orden el caos reinante. La encuesta es uno de los instrumentos de investigación social y constituye un auxiliar indispensable para conocer las actitudes y opiniones de la población, como también para contar con información básica sobre variables sociodemográficas. Como todo instrumento fundado en ciencias blandas, es falible. Por lo tanto, es importante desarmar esta hegemonía de las encuestas en el pináculo de las expectativas nacionales, por exageradas y equívocas, y evitar que sean tanto deificadas como demonizadas.

Cuando los estudios electorales son cooptados por los formatos mediáticos, se transforman en una competencia deportiva que condiciona fuertemente el origen de la información y nos convierte en relatores de goles y no del juego de los equipos. Sin pausas para la reflexión, la encuesta, desde el rol de enunciador de los medios, puede ser un día una fuente prepotente de verdad y al día siguiente un despropósito sospechado de ser parte de una operación. Es curioso observar que los políticos y parte del periodismo encabezan esta caza de brujas, cuando por su actividad profesional deberían aprovechar las extensiones conceptuales que surgen desde el número.

La sociedad espectáculo convierte el trabajo de investigación en un tráfico de resultados, y devalúa así el campo de la sociología empírica. Es patético ver cómo los políticos desechan las encuestas y luego, en privado, van corriendo a ver cómo les está yendo, o se enjuicia con interés mezquino el origen de los resultados. Nos gustaría confesar que, cuando Elisa Carrió iba primera en la intención de voto, no era porque pagaba encuestas, sino porque realmente iba primera y, cuando dejó de encabezar las mediciones, no fue porque otros se lanzaron a comprar resultados, sino por su propio desarrollo de campaña.

A veces se cometen errores de lectura por falta de preparación y de capacitación suficiente. Por ejemplo, si una consultora hubiera pronosticado que Néstor Kirchner ganaba en primera vuelta por un punto sobre Carlos Menem, con una muestra probabilística que tiene un margen de error de más de un punto, la información suministrada es correcta dentro de los parámetros estadísticos, pero sería condenada por la voracidad mediática, que convierte una investigación en una carrera de caballos.

En este sentido, es importante situar el instrumento dentro de un campo de conocimiento más amplio y complejo, correspondiente a la sociología empírica o a las ciencias sociales en general. Nosotros no somos encuestadores, somos analistas de opinión pública, enfatizando de este modo nuestra formación universitaria, en la cual las técnicas de investigación son una pequeña parte de un plan de estudios que incluye formación teórica. Es frecuente que se olvide el aporte que la investigación social y política ha efectuado a la sociedad en temas cruciales. Por ejemplo, estudios sobre la cuasi desaparición del voto cautivo, la crisis de los partidos políticos, la evolución de las expectativas económicas, cómo se forjan las nuevas identidades políticas, los cambios ideológicos posteriores a los años 90, la evolución del estado anímico de la población. Se podrían agregar a la lista las importantes investigaciones llevadas a cabo por el Indec, la Cepal, el BID y el Banco Mundial, en las cuales también se utilizan esos objetos tan sospechados llamados encuestas.

Es importante señalar que los investigadores no somos inocentes. Esto quiere decir que formamos parte de un circuito de conveniencia profesional constituido por políticos, periodistas y consultores. Este triángulo es utilitario: a los medios les conviene tener primicias y competir con otros medios; la publicación de información de nuestras empresas favorece nuestra ubicación profesional, y a los políticos las encuestas publicadas, cuando les son favorables, les sirve para posicionarse. También es verdad que hay algo de narcisismo en nuestras apariciones en los medios y en la atracción que ejerce el hecho de suponer que una encuesta tiene poder de influencia. Por otra parte, es cierto, como ocurre en toda profesión, que hay corruptelas y complicidades o distorsiones, pero eso no niega la excelente capacidad de los consultores argentinos. Incluso hay colegas que han sustituido la profesión por la práctica del lobby y deberían anunciar el cambio del rol para no seguir usando el atributo de neutralidad de los investigadores.

A nosotros nos cabe la función de Polonio, que lleva y trae mensajes a la pareja real, vigila al díscolo Hamlet y termina atravesado por una espada detrás de la cortina por comedido. En esta época nos sacrifican, luego nos resucitan para mantener vigente este dispositivo de conveniencia de esta mesa de tres patas.

La reciente deserción de Menem por el resultado de encuestas que lo mostraban muy lejos de poder competir con Kirchner entroniza por primera vez el reemplazo del mecanismo constitucional por las encuestas. Esto es un disparate, porque las investigaciones no deben ni pueden sustituir la voluntad popular.

Sería oportuno volver a situar nuestro trabajo profesional, difundir suficiente información esclarecedora y aliviar ansiedades respecto de la naturaleza y límites de las técnicas de investigación. Y los políticos deben saber que, si las encuestas han adquirido tan desmedida importancia, esto se debe al vaciamiento de la política y no a un mérito excepcional de las técnicas. Esto los obligaría a mirarse a sí mismos y dejar de usar excusas que, a estas alturas de la crisis, suenan ridículas.

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