Las enseñanzas de Hugo Pierre

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6 de junio de 2020  • 00:00

Se llamaba José Celentano y era el verdulero de mi cuadra. Lo conocí a los nueve años, cuando con mis padres nos mudamos al departamento que ellos todavía habitan. Al poco tiempo, empecé a ir solo a la escuela, y mi madre había armado una especie de "sendero escolar". De ida, y de vuelta, lo saludaba a él y a su hijo, Luis; me cruzaba con Nancy, la enfermera que esperaba el transporte escolar con su hija (siempre con su maletín negro, por aplicar inyecciones Nancy le vio la cola a todo el barrio); al muchacho del kiosco que, años después, puso una casa de electricidad; miraba con desconfianza al quinielero (fanático de Independiente); pasaba intrigado por la casona de Xul Solar (antes que se convirtiera en Museo) y al portero de la esquina, un gallego entrañable. Pero a José lo veía a la mañana, a la tarde y a la noche. Cuando murió, a fines de 2004, hacía unos meses que no vivía con mis padres. Esa noche, me puse muy triste e hice un esbozo de poema donde hablaba de todo lo que me había enseñado, sabio y silencioso, Don José. No era de muchas palabras, pero el viejo (desde mi óptica infantil siempre fue viejo), era el hombre que siempre estaba. De él aprendí eso que se llama la cultura del trabajo: con su eterno delantal azul, como un Luis Federico Leloir de las frutas y hortalizas. Siempre atento, nos hizo mil gauchadas. Su hijo, Luis, era fanático de Boca y se parecía un poco a Hugo Arana y, ya en la adolescencia, me gustaba que mi vieja me mandara a comprar algo que le faltaba para la ensalada a la tardecita, así podíamos charlar de fútbol. Y Don José nos miraba, se reía a veces por lo bajo, pero nunca dejaba de atender a la clientela, con elegante parsimonia.

Me acordé de Don José esta semana, porque otro de mis maestros hubiera cumplido años. Me refiero a Hugo Pierre (1936-2013), uno de los saxofonistas y clarinetistas más prestigiosos de la Argentina. Hugo no le daba clases a alumnos principiantes como yo, pero me tomó como un favor a mi padre, que ya había intentado con él, pero con el clarinete, varias décadas atrás. Yo tendría unos quince años y era un pésimo alumno. Me encantaba la música, pero no tenía -no tengo- ni el talento ni la perseverancia que requiere músico, amateur o profesional. De todos modos, todas esas tardes de mediados de los 90, fueron imprescindibles en mi educación sentimental. Y serían, también, de notable importancia en mi vida profesional (dejé de estudiar saxo cuando entré a la facultad). La dinámica era, siempre, más o menos la misma. Llegaba a la clase, Hugo me tomaba la lección (nunca pasé las primeras veinte páginas del método), que era siempre corta y pocas veces tenía atisbos de dignidad. Me sermoneaba un rato, porque, lo entiendo, se sentía frustrado como profesor de saxo. Pero después escuchábamos música, se ponía a tocar arriba de los discos, me contaba miles de historias de su carrera y remataba, siempre, con un par de chistes. Me acuerdo que cada vez que bajaba a abrirme y nos cruzábamos con un vecino en el ascensor, repetía casi siempre el mismo: "Está fresco el día. ¡Cómo no va a estar fresco si es de hoy!".

Cuando digo que era de los mejores instrumentistas del país no exagero. Rosarino y de la misma generación del Gato Barbieri, habían llegado a Buenos Aires casi al mismo tiempo, y compartían la línea de saxos en orquestas como la de Lalo Schiffrin, Buby Lavecchia, Pocho Gatti y Tulio Gallo. Épocas gloriosas donde pululaban el Chivo Borraro, Baby López Fürst, Enrique Varela, el Bicho Casalla, Alfredo Remus y muchos más. Tocó en la orquesta estable de Canal 13, acompañó a Edith Piaf, Nat King Cole, Tony Bennet y Sammy Davis Jr. Recorrió el mundo con Julio Iglesias un par de veces. En los 80, tocó en La Banda Elástica. Y también integró la Orquesta Estable del Teatro Colón y la Sinfónica Nacional. Entre sus discípulos están los notables Yamile Burich y Andrés Hayes.

Varias veces, lo escuchaba estudiando cuando llegaba para mi clase. Alguna vez, tocando "Giant Steps", una de las obras cumbres de John Coltrane, uno de los temas más complejos en la historia del jazz. ¡Qué lujo!

Me acuerdo cuando Hugo me mostró la versión de "Groovin High", un tema de Dizzy Gillespie que el trompetista cubano Arturo Sandoval había grabado en clave latin, y que hoy sigue siendo uno de mis caballitos de batalla en el warm up de mis DJ Sets. Me regaló un compilado extraordinario del guitarrista y pianista Slim Gaillard y Slam Stewart, el contrabajista que tocaba con vara y, al mismo tiempo, cantaba la melodía. Grabaciones históricas de fines de los años 30 a las que vuelvo siempre: cuando escucho la desopilante versión de "Chinatown, My Chinatown", me aparece la cara de Hugo con una sonrisa. A diferencia de Don José, Hugo era risueño y extrovertido. Muchos años después, en el hall de la sala Enrique Muiño del CentroCultural San Martín, lo entrevisté junto al Menchi Sábat después de un concierto en Jazzología, donde había hecho un homenaje a Charlie Parker. Es un video que dura nueve minutos y que atesoro como un testimonio hecho con absoluto cariño y profunda admiración.

Entrevista a Hermenegildo Sábat y Hugo Pierre:

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