Las fotos más sentidas del año que se va

Héctor M. Guyot
Héctor M. Guyot LA NACION
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29 de diciembre de 2018  

Es difícil saber en qué consiste la propia identidad. Nunca sabemos del todo quiénes somos y andamos siempre buscándonos. De allí la fascinación que despiertan las fotos viejas. Las miramos como si en ellas -en ese momento cristalizado más próximo a un supuesto origen- se escondiera una clave capaz de revelarnos un aspecto desconocido de nosotros mismos o un rasgo esencial de nuestro ser.

En esas imágenes del pasado buscamos una verdad, sobre todo cuando el presente se vuelve hostil o confuso. Restablecen una conexión que habíamos olvidado o perdido. Eso es lo que le sucede a Travis en uno de los pasajes más logrados de la película Paris, Texas. Ante la proyección de un video casero con antiguas escenas domésticas, en la penumbra, este personaje extraviado empieza a unir las fichas rotas de su memoria. A partir de allí buscará reunir a su familia dispersa, en una travesía por las distancias norteamericanas que es también un viaje hacia sí mismo.

Mirar imágenes del propio pasado en la oscuridad de una sala es como asomarse a la mente de Dios, donde uno imagina que podría estar archivado todo, cada escena vivida, pero también aquellas por vivir. Por eso es un rito que tiene algo de sagrado. La Navidad que acaba de pasar estuvo marcada, en mi caso, por esa ceremonia.

Esperábamos junto a mis suegros que se hicieran las 12 cuando una de mis hijas apareció con una gran caja de cartón corrugado. De allí empezó a sacar fotos que, de tan viejas, no encontraron lugar en un álbum. Nos reunimos alrededor de la caja y las imágenes empezaron a pasar de mano en mano. Ante nuestros ojos desfilaron la juventud de mis suegros y la de mis padres, la infancia de mi mujer y la mía, los años de noviazgo, mis hijas en sus primeros pasos. Yo había olvidado por completo la existencia de esas fotos que mi mujer guardó por las suyas. Cuando se hicieron las 12 no nos enteramos. Seguimos de largo, ocupados en sacar perlas del mar del pasado.

Al día siguiente fui a buscar a mi madre para traerla a casa a almorzar. Le pregunté por las diapositivas que solíamos mirar muy cada tanto cuando era chico. Estaban en el fondo de un placard. Pero, agregó, no sabía si aún existía el proyector. Lo encontramos junto a la caja donde mi padre guardaba los carretes con las diapositivas. Llevé todo a casa y después de almorzar colgué una pantalla de la pared, oscurecí el living y, ante la expectativa de mi familia, enchufé el proyector encomendándome a los hermanos Lumière. El Paximat Triumph, lo más parecido a un animal prehistórico que he visto, respondió: de sus entrañas sencillas salió el sonido parejo de un ventilador. Pulsé la única perilla que tiene y se hizo el milagro: un perfecto haz de luz se derramó sobre la pantalla mientras a todos se nos escapaba un suspiro de admiración. Así empezó la fiesta.

Ya no era solo mirar la foto. De algún modo, la penumbra apaga el presente y eso permite que entremos al pasado que la imagen convoca. De pronto yo estaba allí, en el patio de la casa de Mar del Plata de mis abuelos, montado sobre mi primera bicicleta, todavía con rueditas, o en plena carrera de embolsados con mis hermanos y mis primos. En verdad, no yo, sino aquel que alguna vez fui y ahora reencontraba. Mis hijas se asomaban por primera vez a aquellas imágenes de mi infancia. La actividad un poco desbocada en la que casi siempre se me veía las sorprendió tanto como la figura de sus abuelos paternos en sus días de juventud: con la ropa de época, los anteojos oscuros y un aire existencialista, parecían salidos de una película de Godard.

En la sucesión de diapositivas, quien aparecía poco era mi padre. De pronto comprendí que esa ausencia era en realidad una clase de presencia mayor. Mi padre estaba siempre detrás de la cámara, registrando esos momentos en que mis hermanos y yo crecíamos para atesorarlos de algún modo. Pertenecía a la escena, aunque no apareciera en ella, pero al mismo tiempo estaba a cierta distancia, como muchas veces hacemos los padres, consciente acaso de que la ola del tiempo se llevaría aquello que su ojo enfocaba con tanto amor, esa imagen que ahora, medio siglo después, teníamos ante nuestros ojos.

Mis hijas le sacaron foto a muchas de las diapositivas proyectadas. Desde sus celulares, les mandaron una selección a mis hermanos, lo que nos permitió compartirlas con ellos. Hoy las fotos no salen de los celulares, pensé yo. ¿Cómo llegarán a nuestros nietos y más allá? Tal vez convenga, cada 31 de diciembre, elegir las veinte fotos del año, pasarlas a papel y guardarlas como si nada en una gran caja de cartón corrugado, como hizo mi mujer. Los que vienen detrás lo agradecerán.

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