Las maravillosas contratapas de un editor algo gallego y bastante marxista

Maximiliano Tomas
Maximiliano Tomas PARA LA NACION
Bértolo demostró que podían convertirse en espacios para la reflexión política y editorial, para la memoria, la discusión y la chanza
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25 de septiembre de 2014  • 02:55

Lo malo de tener amigos talentosos e inteligentes no es que nos recuerden todo el tiempo nuestra ignorancia (eso, en todo caso, siempre viene bien), sino el hecho de no poder hablar de ellos en columnas como esta, no al menos sin resultar sospechosos. Pero hoy voy a hacer una excepción, amparado en la distancia (hay un océano de por medio), en que este amigo acaba de publicar un libro extraordinario, y en que además ese libro no solo no se vende sino que tampoco se consigue en la Argentina, lo que espero que elimine una parte de las sospechas. Constantino Bértolo (Lugo, España, 1946) tiene una larga carrera como crítico literario y editor , pero para resumir diremos aquí que entre el 2004 y el 2014 llevó adelante una de las paradojas más memorables de la industria editorial: creó y comandó el sello de carácter independiente Caballo de Troya, abocado a descubrir y publicar nuevos talentos literarios, sello que pertenece al grupo editorial más poderoso del mundo, Random House. Pasando en limpio, o más o menos, Bértolo fue un editor atípico para una aventura literaria anómala, un militante comunista formado en literatura al frente de un emprendimiento marginal integrado a su vez en un conglomerado transnacional. Una aventura que, por si fuera poco, duró diez años y dio como resultado unos ochenta títulos, que conforman un mapa de lectura que bien puede envidiar más de una editorial independiente argentina.

Bértolo fue un editor atípico para una aventura literaria anómala, un militante comunista
Como lo bueno puede durar bastante, pero nada es eterno, Bértolo fue invitado a jubilarse a principios de este año. Y poco después, en abril, publicado por Caballo de Troya en una edición no venal, apareció el libro del que les hablo, llamado Avisos de lectura . Allí se recogen todos los "avisos de lectura", es decir, todas las contratapas que Bértolo publicó a lo largo de una década. ¿Las contratapas? Sí, esos dos o tres párrafos que entre nosotros han caído en desgracia hace ya mucho tiempo, que pocos leen y a los que ya nadie les cree, un espacio cedido a la desidia de los editores y a publicistas sin imaginación porque, al parecer, algo hay que poner en la espalda de un compendio de hojas encuadernadas. Y es una desgracia que habla bastante de la situación de la industria editorial, porque lo cierto es que la contratapa es el paratexto más importante de un libro. Como sucede con toda situación que se naturaliza, el día en que alguien decide romper el hechizo, y lo hace bien, lo que fulgura es algo nuevo. Y Bértolo demostró, con sus "avisos de lectura", que las contratapas podían volver a convertirse en otra cosa: en espacios para la reflexión política y editorial, para la memoria, la discusión, el desafío y la chanza.

Escritas con humor, complicidad y una honestidad del todo inusual, cada contratapa es un pequeño ejercicio de estilo diferente: Bértolo puede comenzar con una idea, una sentencia, un diálogo, una cita o una narración. A veces cuenta cómo llegó a sus manos el libro que está publicando. Otras, que después de discutir con el autor no quedó del todo conforme con el título final (y devela cuáles fueron las alternativas). A veces puede citar canciones enteras, o textos críticos en inglés y sin traducir. En algunas ocasiones llega a quejarse de los pedidos del departamento de marketing de la editorial donde trabaja, o directamente le exige (no en una, sino hasta en dos y tres contratapas distintas) un aumento de sueldo a su jefe. Casi nunca deja de mencionar que la contratapa es un texto que pretende vender una novela (es decir, una mercancía), de sembrar la duda acerca de sus propios juicios, ni de referirse a la situación social del momento en que el libro se distribuye.

Escritas con humor, complicidad y una honestidad del todo inusual, cada contratapa es un pequeño ejercicio de estilo diferente
Copio algunos casos concretos. La contratapa de una novela de Julián Rodríguez, por ejemplo, empieza así: "Este libro no cabe en una frase y eso es mala cosa, me dice la responsable de marketing. Qué le vamos a hacer. Tampoco veo que esté escrito con vocación de llegar a la lista de libros más vendidos". Otra de Alberto Lema termina de esta manera: "Solo una advertencia: esta novela no ha ganado ninguno de los tropecientos mil premios literarios que se conceden, siguiendo el sistema literario en lengua gallega el mal ejemplo del sistema literario en castellano. No parece mala señal". Este es el comienzo de una contratapa de Juan de Luna: "Si a usted le va bien en la vida y está contento con lo que pasa a su alrededor, este libro no creo que le interese. Aunque a lo mejor le entra curiosidad. Pero si usted es un fracasado, es decir, alguien que se siente obligado a sonreír al jefe o a la jefa, no lo dude: este libro es una ventana". Para una novela de Sergio Bizzio advierte: "Todo editor es en el fondo (la mayoría incluso en la superficie) un vendedor y como tal su palabra vale menos que un pepino (a 2,30 euros el kilo están ahora)". Otra de Pelayo Cardelús concluye así: "Esta es una novela sobre el matrimonio, es decir, sobre el erotismo, la propiedad privada, el perdón y la muerte. Y por eso esta empresa editorial hace constar que en ningún caso se hará responsable de los posibles efectos colaterales que, para bien o para mal, su lectura pueda producir en aquellos lectores o lectoras que vivan en estado de matrimonio o estuvieran pensando en cometerlo. Que ya somos mayorcitos y todos deberíamos saber en qué libros, líos o matrimonios nos metemos".

Un escritor español que lo visitaba seguido me contó hace algunas semanas lo triste que era entrar al edificio de Random House en Madrid y ver que la oficina de Bértolo ya no estaba allí, al revés del dinosaurio de Monterroso. Hacia esa oficina solían peregrinar los escritores inéditos y algunos bastante más difundidos en busca de publicación o de una conversación estimulante. Allí Bértolo escribió también buena parte de un magnífico libro de ensayos sobre la lectura titulado La cena de los notables (que sí se consigue en alguna que otra librería argentina), y mantenía una repisa de reliquias y memorabilia soviética presidida por un Stalin en miniatura y escoltada por un muñeco articulado de Shakespeare, colección que el visitante ocasional podía admirar. Si a usted le vienen ganas de leer Avisos de lectura (y si se dedica de alguna manera al negocio del libro, esto sería casi una obligación) no le va a quedar otra alternativa que desplazarse a Madrid, o aprovechar el viaje de algún conocido. Si lo hace personalmente, busque antes la dirección de correo electrónico de Bértolo en Internet. Quizá hasta tenga suerte y la encuentre. Escríbale con anticipación, invítelo a un café o a una copa de vino, y recuerde que su salud ya no le permite fumar. Disfrute sus historias, pague la cuenta, y como quien no quiere la cosa pídale un ejemplar. Lo va a leer esa misma noche y no se va a arrepentir. Pero antes de despedirse hágame un favor, y no se olvide de mandarle un gran saludo de mi parte.

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