Las mejores víctimas

Carolina Arenes
Carolina Arenes LA NACION
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3 de mayo de 2003  

En los últimos dos meses, chicos y jóvenes tuvieron un protagonismo inusual en la televisión, en programas en los que se denunciaron distintas situaciones de abuso y maltrato. Como suele ocurrir, un caso funciona como disparador de la serie, un hecho que no sólo sacude por su fuerza individual sino por su revelación metonímica: es una parte que está hablando de un todo. El origen de esta última oleada de chicos víctimas en la televisión se remonta al caso de la nena hallada en un hotel alojamiento de Salta con el abogado Simón Hoyos, patrón de su mamá.

Los medios de comunicación y en especial la pantalla chica, cada vez más volcados a la difusión de historias de contenido dramático, empezaron a dedicar atención no sólo a ese caso sino a otros de similar gravedad. Así, noticieros y magazines de la tarde han exhibido con total liviandad el video grabado por una madre colombiana en el momento en que su marido abusaba de la hijita de ambos, o han puesto al aire testimonios de chicos con detalles íntimos y escabrosos (en una cumbre de amarillismo, Va por vos exhibió el testimonio de un niño víctima de su papá y mientras el chico hablaba, el videograph en pantalla destacaba: "El padre le metía un destornillador en la cola").

"Como a tu propio hijo"

También distintos programas de investigación periodística se ocuparon en los últimos dos meses de este tema tan delicado. Día D puso en el aire una entrevista de Martín Caparrós con una mujer que había sido víctima del abogado Simón Hoyos cuando ella tenía doce años. A la semana siguiente, Informe central presentó su muy promocionado documento sobre la existencia de una red de prostitución de menores en Misiones y mostró imágenes registradas por una cámara oculta en la plaza central de Posadas, en el momento en que una madre entrega su hija de siete años a un hombre que le da dinero y luego se dirige con la nena a un hotel. Días después, Periodistas analizó el incomprensible desempeño del juez Eduardo Mugaburu, empeñado en separar a tres hermanos víctimas de malos tratos y abusos sexuales por parte del padre, y exhibió además el testimonio de los chicos, que, con lujo de detalles y a instancias del entrevistador, hicieron público su infierno privado. Si bien en todos los casos se convocó a especialistas para analizar y poner en contexto los hechos (fue especialmente agudo el trabajo de Martín Caparrós, que reveló la vigencia del medieval derecho de pernada en plena Modernidad), también en todos los casos se descuidó a las víctimas.

El papel que debe desempeñar la prensa ante casos de abuso sexual infantil es uno de los temas más estudiados y discutidos en el campo de la investigación sobre comunicación y periodismo. En "Child Abuse and the Media", los australianos Chris Goddard y Bernadette J. Saunders revisaron los enfoques teóricos sobre el tema y analizaron el tratamiento dado en distintos periódicos de Australia, Estados Unidos y Gran Bretaña ( The Washington Post , The Guardian , The Age , The Herald Sun , The Sunday Times , entre otros) a casos que tuvieron gran resonancia pública en la última década. Entre las fallas más graves del periodismo mencionan: que los hechos suelen ser presentados de manera sensacionalista, con lo que se vuelve a imprimir sobre las víctimas la marca de un nuevo abuso al violar su sensibilidad, su derecho a la privacidad y su legítimo interés; que el tema tienen una aparición fugaz, casi siempre espectacular y no sostenida en el tiempo ni en la investigación, y que se tergiversan y trivializan causas y consecuencias.

Aunque la discusión persiste, se coincide en que el periodismo de esos países hizo su aprendizaje: del total silenciamiento (en los Estados Unidos, las primeras noticias sobre malos tratos domésticos empezaron en los años 60; en Gran Bretaña en los 70; en nuestro país, también en los 70) al inevitable sensacionalismo; del escándalo al periodismo de investigación, que derivó en algunos casos en periodismo de cruzada y en las name and shame campaigns , campañas enarboladas por algunos medios para dar los nombres y revelar los rostros de distintos abusadores. Así, concluye el estudio, la publicación de casos de abuso sexual (aunque el sensacionalismo, por supuesto, no ha desaparecido) contribuyó a formar conciencia en la opinión pública y logró, sólo en algunos casos pero al menos en ellos, que la persistencia de la denuncia mediática forzara cambios en las políticas para la infancia amenazada, lo que algunos llaman legislation by media .

Sin embargo, pese al extendido y rico debate teórico sobre el rol que deberían desempeñar los medios en relación con el abuso sexual infantil, en ANDI, la jovencísima agencia de noticias brasileña creada con el apoyo de Unicef para mejorar y enriquecer las "coberturas de infancia", proponen un método muy poco sofisticado: "No hagas con un chico lo que no aconsejarías para tu propio hijo".

Seguramente, en algunos periodistas serios y bienintencionados, en la decisión de revelar intimidades pesa enormemente la convicción de que hacerlo ayudará a las víctimas: se sensibiliza a la opinión pública y, a través de ella, se presiona ante la Justicia. Pero, aun así, es difícil imaginar que, ante un hipotético caso de agresión sexual a uno de sus hijos o sobrinos o hijos de sus amigos, alguno de los periodistas mencionados o los productores de sus programas o los directivos de un medio de comunicación aconsejaran brindar un testimonio en la televisión (aunque fuera de espaldas).

María Orsenigo, vicepresidenta de la Comisión de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes de la Ciudad, lo presenta de esta manera: "Hay una gran ambivalencia en los periodistas: por un lado quieren ayudar con su denuncia, pero por el otro no pueden resistir la tentación del impacto periodístico que da el escándalo. Denunciar es necesario, pero los detalles íntimos no lo son: eso ya forma parte del espectáculo". En ese contexto, dice la socióloga norteamericana Susan Moeller, los chicos son las mejores víctimas: ninguna pieza periodística tiene garantizada su intensidad dramática como aquella cuyo eje narrativo es la historia de un niño.

Cuando los medios exponen la intimidad de las víctimas, sea por ignorancia o por crudo cálculo, vuelven a abusar de ellas. Esa es la principal preocupación de los especialistas. Maltratados por el abusador y por procesos judiciales en los que se ven obligados a revivir lo sucedido una y otra vez ante extraños y a poner su cuerpo a merced de un adulto en interminables peritajes, los chicos vuelven a ser descuidados. Dice Orsenigo: "Todo ese maltrato del proceso judicial, en el que se actúa como si el niño fuera un objeto y no sujeto de derecho, a veces se reproduce en los medios cuando el niño es impulsado a contar otra vez ante las cámaras su tormento".

Solos ante las miradas

Cuando los chicos golpeados, víctimas de abuso, vejados, entran en la televisión con sus historias al desnudo, suelen devenir, como todo en la televisión, mero espectáculo, espectáculo de un circo morboso, "pasen y vean", para el goce malsano de algún espectador. ¿Es necesario el relato minucioso (el dolor que sintió, las posiciones, la sangre) de una mujer joven, violada a sus doce años? Cuando se apaguen las cámaras, estará sola ante la mirada de la gente y es muy probable que descubra entonces que se le ha hecho un flaco favor. Como escribió A. Sadozai en su estudio "Exploiting Children through Print Media in Pakistan", "en una cultura en la que la honra femenina es definida en términos de la sexualidad, noticias como éstas pueden contribuir a su estigmatización social y hasta tornarla potencialmente víctima de nuevos abusos".

Lo mismo puede decirse de los menores sexualmente agredidos. Después de hacer pública su historia, tendrán que enfrentar solos en sus escuelas, en el barrio, en el club, la mirada de los otros. Para la sociedad, dice Orsenigo, ellos dejan de ser niños que juegan, ríen, sufren y crecen, para pasar a ser únicamente abanderados del abuso sexual, un estigma que les convendría superar y dejar atrás cuanto antes.

Por otra parte, coinciden los especialistas en abuso infantil, la difusión no del hecho en sí mismo sino de las imágenes y los relatos más escabrosos puede profundizar el problema al contribuir a forjar un foco fetichista y confirmar el cuerpo infantil como objeto de deseo. Hace unos años, tuvo gran difusión el caso de la menor que se había fugado con su profesor. Los medios exhibieron hasta el hartazgo fotos de ella en biquini, en minifalda; la mostraban como mujer, la confirmaban en el lugar de Lolita apetecible.

Muchas veces con buena voluntad pero casi siempre con movimientos erráticos, el periodismo argentino no ha logrado convertirse aún en un elemento de presión sostenida para instalar el debate sobre la situación de la infancia amenazada. Todavía hoy, en abierta contradicción con la Convención de los Derechos del Niño, que fue incorporada a la Constitución Nacional en 1994, el sistema de protección de menores de nuestro país "protege" a un chico del que ha abusado su padre internándolo en un instituto en donde, tal vez, además de sufrir la separación de su familia, compartirá su encierro con otro chico acusado de violación (no es mera hipótesis: auditorías realizadas en el Consejo del Menor y la Familia en años anteriores confirmaron la existencia de este tipo de barbaridad).

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